Errores del destino Capítulo 31
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Capítulo 31

Ojos negros

Antes de que llegara el equipo, Álex preparó el sótano: despejó la mesa, comprobó el montacargas, dispuso los recipientes y las etiquetas y dejó libres las rutas de salida.

No iba a operar. Su función era que los médicos encontraran el material, el espacio y el transporte en el orden previsto, y ocuparse después del cuerpo.

De Palacios llegó poco antes de las seis con dos especialistas a los que Álex nunca había visto y cuyos nombres no figuraron en ningún documento.

Uno controló la anestesia y las constantes; el otro dirigió la extracción.

Francisco supervisó los tiempos, las etiquetas y la correspondencia con los receptores.

Algo más de dos horas después, las neveras estaban cerradas.

Álex había observado cada maniobra, pero no confundía aquella proximidad con pericia médica.

Le interesaban los tiempos, los puntos débiles y todo cuanto podría reutilizar en operaciones futuras.

El pequeño permaneció sedado mientras el equipo trabajaba.

Extrajeron los riñones en bloque para un único programa receptor y descartaron el hígado: no disponían de la infraestructura ni del margen de transporte necesarios para incorporarlo a aquella cadena clandestina.

Los recipientes, la solución fría y las etiquetas estaban listos desde antes.

Álex comprendió que el frío no detenía el deterioro; solo compraba unas horas.

Cuando los médicos terminaron y el corazón se detuvo, De Palacios comprobó las etiquetas y se marchó con los dos especialistas.

A partir de ese momento el cuerpo quedó a cargo de Álex.

Aquella era la parte para la que sí lo habían elegido.

No necesitaba conservar los globos oculares completos.

Recortó de cada uno el pequeño disco transparente de la córnea y lo sumergió en la solución fría que Daniel había solicitado.

A diferencia de los órganos urgentes, aquel tejido podía mantenerse viable varios días si no se rompía la cadena de conservación.

Las dos córneas viajarían por una ruta distinta, dentro de un único recipiente, hasta el equipo de Boston.

Cuando terminó, mutiló las cuencas y retiró los restos de los globos.

Ya no lo hizo para obtener nada útil, sino para dificultar que alguien reconstruyera el origen del cuerpo y para satisfacer una curiosidad que no tenía relación con el pedido.

Después cerró la cavidad del torso con una grapadora quirúrgica.

El resultado le recordó a un Frankenstein en miniatura y le arrancó una sonrisa.

Metió el cuerpo en una bolsa negra y selló la abertura con cinta adhesiva transparente. A la envoltura sujetó una etiqueta plastificada con el código interno de aquella entrega: DE-28. Después la dejó en el refrigerador mientras preparaba el envío.

Distribuyó el bloque renal y las córneas en dos neveras portátiles, comprobó los códigos y las colocó en un carrito con ruedas.

Tenía menos de dos horas para alcanzar Barajas.

Condujo con prudencia hasta el punto acordado, más preocupado por no llamar la atención que por el pequeño cadáver que había dejado atrás.

El contacto de Francisco lo esperaba en la entrada del aparcamiento con un chaleco amarillo reflectante y un carro contenedor.

Separó allí las rutas: una nevera fue hacia el King Air 200 que haría una escala europea; la de las córneas quedó en manos de un mensajero médico con enlace transatlántico.

No intercambiaron una sola palabra. Cuando ambos se alejaron con la mercancía, Álex regresó, más relajado, hacia la granja.

De camino, iba pensando en cómo o dónde podría deshacerse del cuerpo.

En un primer momento pensó en enterrarlo en el bosque cercano, pero aquello no terminó de convencerle.

Por un lado, alguien podría verle y, entonces, tendría que matarlo y hacer un agujero mucho más grande; por otro, cavar una fosa no era algo que le apeteciera hacer en ese momento ni nunca, en realidad.

Triturarlo y arrojarlo por el retrete habría sido una opción limpia, pero carecía de un artefacto capaz de ello.

Sin duda, la incineración sería el futuro de los restos que fueran llegando.

—Tengo que decirle a Francisco que compre una incineradora; nos servirá para limpiar muchas cosas —se dijo a modo de nota mental mientras conducía.

Finalmente, decidió que lo llevaría adonde sabía que Ángel Cristo, el domador de leones, tenía alguna de sus fieras.

Era una finca apartada donde él ya se había colado un par de veces por mera curiosidad y a la que se accedía sin mucha dificultad.

El empresario circense tenía allí algunos de sus leones cuando no los necesitaba para los espectáculos en su famoso circo.

Se colaría allí como ya había hecho otras veces para lanzarles pedazos de carne a los felinos y tratar de acercarse a ellos como lo hacía su temerario dueño; solo que, esta vez, uno de aquellos feroces animales se daría un festín algo más grande.

El plan era casi perfecto, y se desharía de los restos con rapidez y con la seguridad de que nadie encontraría nada.

Regresó al sótano y sacó la bolsa de la nevera junto con una manzana que había dejado allí para que estuviese muy fría, como le gustaba la fruta.

Dio un mordisco a la pieza de fruta que le produjo una sensación de acidez y una punzada en el nervio de uno de sus dientes que, en combinación, le proporcionaron un placer que no sabría describir.

Cuando regresó al coche, abrió el maletero y lanzó la bolsa hacia su interior sin ningún cuidado.

Cuando alcanzó la N-I, el vehículo salió de Madrid en dirección a Burgos, para después tomar la N-623 rumbo a Santander, guiado por un obnubilado conductor que no dejaba de pensar en su desaparecida esposa.

Cuando llegó a las cercanías del puerto de la capital cántabra, eran las cuatro de la madrugada.

Se dio cuenta entonces de que tenía tiempo de echar una buena cabezada antes de emprender el regreso para llegar a tiempo a la reunión del día siguiente.

En las ocasiones más tensas, solía tratar de relajarse conduciendo hasta la costa cántabra, pues esta le recordaba los tiempos felices de su niñez.

Apagó el motor, y el limpiaparabrisas, que no había dejado de moverse en las últimas dos horas, se quedó parado en medio del cristal.

Escuchó el repiqueteo de la fina y continua lluvia sobre la chapa del techo del coche y supuso que el sonido le ayudaría a conciliar el poco sueño del que disfrutaba desde que Marta había desaparecido y el insomnio se había apoderado de él.

Se acordó de la manta de cuadros rojos y negros que siempre llevaba en el maletero y decidió salir a por ella para taparse en el asiento trasero, como ya había hecho un buen número de veces antes de aquella noche.

Abrió el generoso portón trasero y, de inmediato, vio el saco negro de plástico con la boca encintada.

No recordaba qué era ni qué hacía aquello allí, por lo que rasgó el plástico con las manos.

La tenue luz artificial que se encendía de forma automática al abrir el maletero iluminó lo suficiente la cabeza de un bebé con las cuencas oculares vacías.

No fue en ese momento, sino un buen número de horas después; aunque, para él, sucedió de forma inmediata: Toni Sepúlveda se despertó en su cama, a cientos de kilómetros de allí, sobresaltado y angustiado por un mal sueño.

Al incorporarse de forma repentina y empapado en sudor, sintió un gran alivio y se dispuso a dormir de nuevo sin preocuparse siquiera de qué hora era.

Álex se vio de pronto empapado por la incesante lluvia e inclinado frente a la bolsa rota que contenía el despojo, que parecía mirarle fijamente con aquellos pozos negros.

Junto al cuerpo encontró la etiqueta DE-28, arrancada de la envoltura al rasgar el plástico.

En lugar de tirarla, abrió la anilla metálica y la atravesó por la oreja derecha del bebé, como si aquel código fuese el único nombre que merecía conservar.

Se incorporó lentamente, mirando a un lado y a otro, tratando de averiguar dónde se encontraba. Las luces de las numerosas farolas encendidas y el sonido del mar por encima del de la lluvia dibujaron en su mente un puerto pesquero que estaba seguro de conocer.

—¿Santander? —se preguntó retóricamente, alegrándose de inmediato de encontrarse frente al poder del mar.

Volvió a mirar en derredor en busca de posibles testigos, pero solo vio a algunos pescadores que trajinaban en sus barcos fondeados en el puerto, lo suficientemente lejos como para que no le prestasen atención.

Se fijó en el espigón, del cual recordaba que tenía un paseo sobre su cuerpo de hormigón, como solía ocurrir en todos los de ese tipo.

Con la idea clara de lo que iba a hacer, cogió la bolsa con la mano derecha y un elegante paraguas automático con la otra antes de cerrar el maletero.

Inspiró con fuerza para embriagarse del frescor de la lluvia mezclado con el salitre y comenzó a caminar con resuelta tranquilidad.

Subió por las estrechas escaleras de la estructura del extremo más cercano a su coche y, cuando se encontró arriba, se detuvo para admirar el agitado mar.

Nunca lo había visto tan embravecido en primera persona, por lo que se quedó allí quieto y solo, como hipnotizado, viendo cómo aquellas masas de agua golpeaban con violencia una y otra vez la protección del puerto cántabro.

Pasaron unos minutos hasta que se puso de nuevo en marcha; poco a poco fue avanzando hasta el extremo de la bocana, pero sin quitar la vista de las olas.

Las miraba tratando de encontrar el ritmo que las ordenaba, pero no lo encontró.

Solo había caos, y parecían seguir una pauta totalmente caprichosa y carente de sentido, lo que le arrancó una sonrisa.

Cuando llegó al final, se deleitó con el estruendo de las olas antes de mirar hacia la bolsa y darse cuenta de que le serviría como artilugio impulsador.

Bamboleó la bolsa y su contenido adelante y atrás varias veces para coger impulso y, después, dio dos giros completos con el brazo, todo lo rápido y fuerte que pudo, antes de soltarla y ver cómo se perdía unos segundos en la negrura de la noche.

La vio chocar con el agua creando una pequeña mota de espuma, pero no la escuchó porque era imposible.

—Buena suerte, pequeño marinero —dijo casi gritando y esbozando una sonrisa.

Supuso que la bolsa se llenaría de agua por la abertura y se llevaría el cuerpecito al fondo, donde algún depredador atraído por el olor a carne y sangre lo devoraría al poco tiempo.

Si no fuera por lo lejos que estaba el mar de Madrid, en cualquiera de las direcciones posibles, lo habría tomado como primera opción antes que la incineradora.

Fantaseó con terminar los subsiguientes trabajos que vendrían como aquel y relajarse después como lo estaba haciendo en ese momento.

Se quedó unos instantes más allí, admirando el poder de la naturaleza mientras se refugiaba bajo el paraguas, antes de dar media vuelta para volver por donde había venido.

—Buenas noches —dijo una voz de hombre a su espalda, que no le sobresaltó, pero le puso en alerta.

—Buenas noches —respondió, dándose la vuelta y comprobando que quien le hablaba era un vigilante jurado.

—¿Qué ha tirado al agua? —preguntó, inquisitivo, el hombre, que iba debidamente armado con porra y revólver y le apuntaba con el haz de su linterna.

—Oh, vaya —dijo Álex, dándose por descubierto—. Era el cachorrillo de mi hija —confesó con total naturalidad y visiblemente apenado—. Contrajo ese virus fatal, ya sabe, la dichosa enfermedad de los gatos, y, pese a que hicimos todo lo posible con nuestro veterinario…

—Comprendo su pérdida —se apiadó el hombre un tanto—, pero eso no le da derecho a…

—Lo sé, lo sé —le interrumpió Álex—. Pero no queríamos que terminase en un contenedor como un despojo cualquiera —se divirtió pensando que lo estaba describiendo exactamente como lo que era para él: un despojo— y vivimos en un piso, por lo que no tenemos un jardín donde haber podido enterrarlo con su crucecita y todo.

Por eso le prometí a mi hijita que lo traería al mar para que pudiese navegar hasta el infinito.

Ya sabe cómo son los niños de seis años.

—Le entiendo. Yo también tengo hijos pequeños —empatizó el fornido hombre, apagando la linterna y enganchándola en la argolla de su cinturón—. Pero la bolsa podía habérsela quedado; el mar no podrá procesarla, ya me entiende.

—Le juro que no lo pensé —se sinceró Álex, visualizando cómo un dentón se estaría dando un banquete con el cuerpecito.

—Que pase buena noche, señor —se despidió el hombre, tocándose la gorra con la mano derecha y dando media vuelta.

Álex se giró una vez más para disfrutar de la marejada antes de volver hacia el coche, pues sabía que tenía un largo camino de vuelta que no había planeado, pero que, sin duda, había valido la pena.