Errores del destino Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

—Para entonces ya había cruzado demasiadas veces la puerta del infierno —murmuró Francisco—. «Hay mujeres embarazadas que podrían desaparecer y otras que podrían desaparecer antes y quedarse embarazadas varias veces». Eso dijiste. ¿Lo recuerdas?

—No sé si empleé exactamente esas palabras.

—Yo lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer.

—Ibas demasiado borracho para recordarlo con precisión. Si no me hubieras traído a este despacho para enseñarme quién eras y cuánto poder tenías, y si no nos hubiésemos quedado dormidos en estos sillones hasta la mañana siguiente, al despertar no habrías recordado una mierda —aseguró Álex.

—Supongo que tienes razón —concedió el médico con una sonrisa. No podía saber que la memoria de su socio era todavía menos fiable que la suya.

Un pitido bajo e intermitente en el teléfono multilínea indicó que la secretaria necesitaba hablar con él.

—Por el amor de Dios… Le he dicho por activa y por pasiva que no nos moleste —protestó mientras descolgaba el auricular—. ¿Qué quieres, Sagrario? —La respuesta disipó su enfado—. Sí, pásamelo. —Tapó el micrófono con la mano y miró a Álex—. Es Daniel, mi amigo de Boston. Parece importante.

Mantuvo durante varios minutos una conversación en inglés. Álex solo pudo seguir algunas frases porque no escuchaba al interlocutor, pero la voz de Francisco perdió poco a poco su tono despreocupado.

—A veces la vida castiga a quien menos lo merece —dijo el médico después de colgar.

—¿Es grave?

—Daniel ha sido padre hace dos días. La niña ha nacido con una opacidad congénita en las dos córneas. Si no consiguen tratarlas pronto, no desarrollará una visión útil —explicó, sinceramente entristecido por la desgracia de su amigo.

—¿Te ha llamado solo para contártelo o te estaba pidiendo ayuda? Me ha parecido entender algo de un trasplante.

—Las dos cosas. Quiere saber si puedo conseguir tejido corneal apto a través de alguno de mis contactos europeos.

No necesitan un donante con su mismo grupo sanguíneo ni con el mismo color de ojos; necesitan córneas transparentes, sanas y correctamente conservadas.

La urgencia no se debe a que el rechazo sea menor a esa edad; estas operaciones son especialmente delicadas.

El problema es que su sistema visual tiene que recibir imágenes cuanto antes para poder desarrollarse.

—¿Entonces necesita un trasplante de córnea?

—Una queratoplastia en cada ojo, si el equipo confirma que no existe otra solución. Expresado sin tecnicismos: sí, necesita dos córneas.

—¿Y cuánto pagarían por ellas? —preguntó Álex. La malicia de su mirada hizo que el médico olvidase por un instante la copa que sostenía.

—¿Qué animalada estás proponiendo?

—Un nuevo nicho de negocio. Un bebé se entrega entero y el acuerdo termina con un único pago. Pero si una parte de ese bebé permite que otra criatura vea, valdrá una fortuna. Y no es la única parte que puede aprovecharse. Piénsalo.

—¿Estás hablando de matar a un recién nacido y vender sus órganos?

—Matar es una manera muy desagradable de expresarlo.

Los partos se complican: algunos de verdad y otros porque nosotros decidimos que se han complicado.

Llevamos años viviendo de esa diferencia —respondió Álex—.

Solo propongo que provoquemos determinados desenlaces y creemos una forma de enviar cada tejido al lugar donde estén dispuestos a pagarlo.

Si dos córneas pueden devolver la vista, ¿cuánto crees que valdrán, Francisco?

—Mucho más de lo que pagaría una familia por adoptar al niño completo —admitió el doctor. Su expresión cambió: había empezado a calcular antes de decidir si debía escandalizarse.

—Tú eres el médico. Me dirás qué pruebas, qué conservación y qué tiempos necesita cada tejido. Puede que alguna de las mujeres de la granja vaya a dar a luz a un donante adecuado para la hija de tu amigo. Si no es así, habrá otros niños y otros compradores.

—¿Y las Misericordes? —preguntó, aludiendo a las monjas presentes en la clínica. Solo unas pocas conocían la trama de las adopciones y ninguna había aceptado algo semejante.

—La extracción, la preparación y los envíos se harán en la granja.

No necesitamos que ellas intervengan. Tú reunirás al equipo, seleccionarás a los receptores y fijarás los tiempos de extracción y conservación.

Yo pondré el lugar, el transporte y la seguridad.

Cuando terminéis, me ocuparé del cuerpo y de que nadie pueda reconstruir de dónde salió.

—¿Qué clase de demente eres? —preguntó De Palacios, aunque ya no había indignación en su voz, sino una mezcla de miedo y fascinación.

—El que te ha hecho ganar mucho dinero y va a hacerte ganar muchísimo más —respondió Álex con orgullo.

Francisco guardó silencio. No pensó en la niña ciega de Daniel ni en la criatura que tendría que morir para ayudarla.

Pensó en córneas, tejidos y riñones convertidos en cifras, y en los especialistas dispuestos a cruzar una frontera moral a cambio de dinero.

Cuando terminó de multiplicarlas, comprendió que la decisión estaba tomada.

—Lo haremos.