Errores del destino Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Cuatro meses después, el vestíbulo había sido dividido y la segregación por clases estaba en marcha.

Los pacientes más ricos accedían por un recibidor de mármol y ocupaban habitaciones semejantes a las suites de un hotel de lujo.

Quienes pagaban tarifas reducidas entraban por una puerta distinta.

También disponían de habitaciones individuales y de todas las comodidades clínicas necesarias, pero el mobiliario, el menú y la atención complementaria se parecían más a los de un hotel de tres estrellas.

Seguía siendo una clínica privada y nadie salía barato de allí.

Aun así, todos podían sentirse distinguidos: los ricos, porque el edificio confirmaba su posición; las familias de clase media, porque eran atendidas bajo el mismo nombre y por los mismos médicos que la élite.

Francisco llamaba solidaridad a aquella división.

En sus balances figuraba como ampliación de mercado.

Los anuncios a toda página en la prensa hicieron el resto.

Poco a poco, las parejas que antes no se atrevían siquiera a telefonear comenzaron a cruzar la segunda puerta.

Después corrieron la voz y el negocio entró en otra dimensión.

Sin embargo, algunos pacientes, ricos y modestos, no conseguían concebir pese a las pruebas, la medicación, las inseminaciones y las recomendaciones.

Eran precisamente los que más habían pagado, los que más tiempo llevaban intentándolo y los que estaban dispuestos a entregar cuanto poseían a cambio de un hijo.

—No consigo ayudarlos a todos —le dijo un día a la madre superiora de las Misericordes. La mujer había acudido a su despacho por una cuestión menor y Francisco adoptó una expresión de pesar tan convincente que habría engañado a cualquiera que no lo conociese.

—¿A qué se refiere, Francisco?

—Hay matrimonios buenos y cristianos que se someten a cuanto la ciencia puede ofrecerles y, aun así, siguen sin poder engendrar. Me duele cobrarles tanto dinero y verlos marcharse sin descendencia —se confesó el doctor, como si la religiosa pudiera absolverlo de una culpa económica.

—Ya sabe que los caminos del Señor son inescrutables — respondió ella, consciente de que aquel consuelo no satisfaría a un hombre como él.

—Lo sé, pero no me parece justo. Vemos a diario a indeseables y delincuentes que conciben sin ayuda, no uno ni dos hijos, sino familias enteras.

Mientras tanto, quienes podrían ofrecerles educación, fe y un buen hogar son castigados.

¿Qué clase de justicia divina es esa? —preguntó, mirando a la sierva de Dios como si la respuesta tuviera que convertir su ambición en una obra caritativa.

Y, en cierto modo, ella tenía la respuesta que él deseaba escuchar.

—Francisco, llevamos mucho tiempo trabajando juntos y me consta que es usted un hombre temeroso de Dios —comenzó la madre superiora.

Se levantó y recorrió la estancia con pasos lentos mientras escogía las palabras—.

En mi orden, y en otras congregaciones a lo largo y ancho del mundo, nos hemos formulado esa misma pregunta durante años.

Buscábamos una explicación complicada, pero la respuesta estaba delante de nuestros ojos y no queríamos verla.

—No debía de ser tan evidente, porque yo la he buscado y todavía no la comprendo —repuso Francisco mientras se levantaba para servirse una copa de whisky.

—Como usted dice, a veces los justos parecen castigados y los pecadores reciben hijos que no saben cuidar. —La religiosa observó cómo él asentía, complacido por aquella coincidencia—. ¿Y si contemplásemos el problema desde el prisma equivocado?

—¿A qué se refiere? —preguntó De Palacios.

—¿Y si la recompensa del justo debiera proceder del castigo del pecador?

—Madre, me temo que no la sigo —admitió Francisco. Estaba acostumbrado al lenguaje ambiguo de la mujer, aunque empezaba a intuir adónde pretendía conducirlo.

—La voluntad de Dios puede consistir en retirar el hijo a quien no lo merece y entregárselo a un matrimonio digno, capaz de criarlo conforme a su ley —explicó con un tono tan sereno y maternal que la atrocidad pareció, casi, un acto de misericordia.

—¿Está segura de que eso es lo que quiere Dios?

—Completamente, hijo. Mis hermanas y otras mujeres consagradas llevan décadas corrigiendo esas injusticias en diferentes lugares del mundo —afirmó.

—¿Por qué no me lo había contado antes?

—No me correspondía iniciar ese camino dentro de su casa. Usted debía estar preparado para reconocerlo.

—¿Pero cómo vamos a hacerlo aquí? Nuestros pacientes son personas de bien. No tenemos delincuentes entre ellos —objetó el médico.

—No es oro todo lo que reluce, hijo. Y nuestras pacientes no son las únicas mujeres que dan a luz.

Hay jóvenes solteras, muchachas abandonadas y madres cuya conducta revela que no están preparadas para criar a una criatura.

A veces la indignidad no se muestra de forma evidente, pero nosotras sabemos reconocerla.

—Supongo que tiene razón —aceptó Francisco, aunque lo que en verdad reconocía era una oportunidad.

—La razón no es mía, sino de Dios, y su sabiduría actúa a través de nosotras —sentenció la religiosa—.

Usted podría facilitar que esas mujeres sin medios ni pudor vinieran a dar a luz aquí.

Nosotras convenceríamos a algunas para que entregasen a sus hijos en adopción y pudieran empezar de nuevo.

A las que no comprendiesen qué es lo mejor podríamos hacerles creer que la criatura nació muerta.

Después, esos niños serían confiados a familias respetables y merecedoras.

—Eso sería justo, supongo —murmuró De Palacios. No necesitaba seguir fingiendo horror; la superiora acababa de ofrecerle el método y, sobre todo, el relato moral con el que podría convivir.

—Lo sería —confirmó ella.

—Ya que estamos hablando de asuntos que la mayoría consideraría incomprensibles, quiero plantearle una duda moral que me atormenta desde hace tiempo. Está relacionada precisamente con todo esto.

—Trataré de ayudarlo de la mejor manera posible —dijo la mujer, inclinando la cabeza con un gesto de humildad casi litúrgico.

—Los tratamientos hormonales y la estimulación de la ovulación hacen que algunas pacientes tengan embarazos gemelares.

Y me pregunto si dos hijos constituyen una recompensa por el sufrimiento y el esfuerzo de esos padres o si, por el contrario, uno de ellos es una ofrenda destinada a un matrimonio menos agraciado. No sé si me he explicado, madre.

—Se ha explicado perfectamente, hijo mío. Usted no dispone de los medios espirituales para saberlo, pero nosotras sí, porque trabajamos a su lado y acompañamos a esas madres.

—¿Ustedes pueden saberlo?

—No porque poseamos nada divino, sino porque Dios misericordioso nos muestra quién merece cada don.

—Y, en los partos gemelares que ha presenciado aquí, ¿qué ha observado?

—Hasta ahora, en todos ellos uno de los recién nacidos debería haber sido entregado a otra familia. No actuamos porque no nos correspondía tomar esa decisión en su casa sin su consentimiento.

—¿Entonces he desobedecido a Dios no una vez, sino muchas? —preguntó Francisco. Su preocupación no estaba en las criaturas que podía haber separado, sino en las oportunidades que había perdido.

—No se atormente. Usted no tenía forma de conocer el designio, por lo que ninguna culpa puede atribuírsele.

—Pero ahora sí lo conozco. Usted me lo ha revelado.

—Y sé que, a partir de hoy, hará cuanto esté en su mano para cumplir la voluntad de Dios.

Desde aquel día, la Clínica De Palacios abrió una puerta distinta a jóvenes embarazadas de cualquier clase y condición.

Algunas llegaron por voluntad propia; otras, engañadas por familias que deseaban ocultar una deshonra.

Las Misericordes se ocupaban de convencerlas, de preparar los documentos y, cuando era necesario, de comunicar una muerte que nunca había ocurrido.

Francisco no registraba los pagos como precio de los recién nacidos.

Los repartía entre gastos médicos, donaciones y aportaciones caritativas.

Los nombres eran distintos, pero el resultado siempre era el mismo: su fortuna crecía cada vez que una familia recibía uno de aquellos supuestos dones por voluntad divina.

* * *

A finales de agosto de 1983, De Palacios se encontraba en su despacho con el hombre que había transformado aquella red limitada de adopciones clandestinas en un sistema mucho más productivo.

—El negocio va bien, Álex. Nos estamos forrando y debemos brindar por ello —dijo a su despiadado socio, sentado frente a él—. Sirve dos copas de lo que prefieras y choquemos los vasos.

Álex se levantó sin responder y sacó del mueble bar una botella de ginebra MG y dos vasos de tubo.

—Para recordar los comienzos —dijo mientras alzaba la botella. Era la misma ginebra que habían bebido la noche en que se conocieron.

—Madre mía —sonrió Francisco—. Menuda borrachera llevabas. Nunca más te he visto en aquel estado.

—Ni me verás. Pero tú tampoco ibas precisamente sobrio, conviene recordarlo —repuso Álex con su seriedad habitual.

—Es cierto. Ya llevaba unas cuantas copas cuando empecé a hablar contigo. Estaba muy cabreado con el sistema —se justificó el doctor.

—Estabas cabreado contigo mismo porque no eras capaz de conseguir suficientes recién nacidos para cobrar más adopciones —lo corrigió Álex, sin acritud.

—De acuerdo, eso también es verdad. Pero aquellas familias habían pagado sus buenos miles y yo quería que recibieran la recompensa prometida.

—Y entonces se te apareció la Virgen en forma de Álex —se vanaglorió el hombre de la mancha en el pómulo.

—Al principio pensé que eras policía y querías tenderme una trampa. Después decidí que eras un puto chiflado, quizá un psicópata.

—En lo primero te equivocaste. Sobre lo segundo, tengo mis propias dudas —respondió Álex mientras llenaba los dos vasos casi hasta el borde—. A mí me sorprendió que tomases en serio una ocurrencia que había dicho de broma y sin pensarlo. Creí que tenías que ser alguien demoníaco o algo peor.