Errores del destino Capítulo 30
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Capítulo 30

Evolución

—Son asuntos delicados —le había explicado un día a Álex—. Para muchos hombres, no poder engendrar significa que les falta hombría. Se lo ocultarán al mundo entero, pero se lo contarán a alguien que sufra lo mismo si creen que pueden ofrecerle una solución.

La primera pareja con la que habían empleado el «sistema» les envió a otra antes de que transcurrieran tres meses.

La segunda envió a dos y las siguientes hicieron lo propio.

Cuando se cumplió el primer año de funcionamiento, la demanda ya superaba con mucho sus posibilidades de encontrar mujeres, embarazos y recién nacidos con los que atenderla.

El boca a boca había logrado aquello que ningún anuncio habría podido conseguir: convertir un delito en una recomendación personal.

Mucho antes de conocer a Álex, Francisco De Palacios había heredado una cantidad considerable de dinero de dos tíos paternos.

Era hijo único y también el único descendiente de aquella rama familiar, de modo que no existían primos con quienes repartir el patrimonio.

Hasta entonces, el dinero familiar le había servido para distinguirse de sus compañeros de Medicina en algo que nada tenía que ver con la capacidad o los conocimientos: podía permitirse más fiestas, más juergas y más suspensos.

Terminó la carrera con dos años de retraso.

Para entonces, quienes habían empezado con él ya acumulaban experiencia y contactos.

Francisco no los alcanzaría mediante el esfuerzo ordinario, pero poseía una inteligencia rápida, una ambición sin pudor y el convencimiento de que la sanidad privada proporcionaba algo que la pública jamás le daría con la misma facilidad: dinero, prestigio y acceso a la clase poderosa.

Trabajó durante cinco años en hospitales públicos y completó allí su formación pediátrica.

Aprendió a reconocer enfermedades, a interpretar pruebas y a atender a un recién nacido en apuros, pero le interesó todavía más observar a sus padres.

Estudiaba el miedo de las madres, la culpa de los hombres y el modo en que los médicos veteranos dirigían cada conversación: primero hacia ellas y después hacia ellos, siempre en ese orden.

En aquellos pasillos escuchó decenas de veces la misma frase, formulada con palabras distintas: «Daríamos lo que fuera por tener un hijo».

Francisco no oyó una expresión de dolor.

Oyó una promesa de pago. Comprendió que el deseo de engendrar podía empujar a una pareja a aceptar penurias económicas, tratamientos inciertos y condiciones que, en cualquier otra circunstancia, habría considerado intolerables.

Durante aquellos años descubrió también hasta qué punto el personal de enfermería resultaba indispensable en el cuidado de los recién nacidos.

Algunas enfermeras y auxiliares pertenecían a órdenes religiosas y obedecían con una disciplina que a él le fascinaba.

No todas eran sumisas ni aceptaban cualquier instrucción, como llegaría a comprobar, pero las jerarquías de la Iglesia podían asegurar silencios que ningún contrato laboral garantizaba.

En el quinto año recibió la herencia que le cambió la vida.

No había contado con aquel dinero y, cuando el notario le comunicó la cantidad, salió del despacho con la sensación de flotar.

Al día siguiente abandonó su trabajo a tiempo completo, encargó un Mercedes-Benz y renovó el guardarropa.

Durante años se había imaginado elegante y poderoso; antes de construir nada, necesitaba verse como el hombre que pretendía llegar a ser.

Después visitó varias inmobiliarias. Quería un edificio entero en Madrid, no una consulta modesta.

Una aseguradora extranjera acababa de poner a la venta un inmueble adquirido para instalar su sede española, proyecto que la dirección había trasladado finalmente a Barcelona.

La ubicación, las dimensiones y el precio encajaban con sus planes. Francisco firmó la compra sin regatear.

Ordenó reformar primero las dos plantas inferiores para iniciar la actividad cuanto antes.

Publicó ofertas de trabajo en la prensa, contrató al personal imprescindible y, apenas cinco meses después, los primeros pacientes cruzaron la puerta.

El resto del edificio continuaba lleno de obreros, polvo y tabiques a medio levantar, pero las zonas abiertas transmitían ya la apariencia de solvencia que él deseaba.

Al comienzo atendió afecciones pediátricas habituales, revisiones y vacunaciones mientras avanzaban las obras.

Después llegarían los quirófanos, los paritorios, las habitaciones individuales, las salas de espera y de reuniones y, por supuesto, unos despachos desproporcionadamente suntuosos.

Imaginaba una inauguración repleta de políticos, empresarios, artistas y periodistas.

La medicina, pensaba, empezaba antes de que el paciente entrase en la consulta: si la puesta en escena demostraba riqueza y poder, el público daría por supuesta la excelencia.

Un año y medio después, la Clínica De Palacios abrió por completo sus puertas, incorporó nuevos profesionales y anunció un ventajoso acuerdo con la orden religiosa de las Misericordes.

Francisco comenzó entonces a estudiar con más ahínco del que había mostrado en la Facultad de Medicina de la Universidad de California, en San Francisco.

Se interesó por la inducción de la ovulación, la inseminación artificial y los trabajos experimentales que intentaban fecundar óvulos humanos fuera del cuerpo.

Asistió a jornadas, seminarios y congresos internacionales, perfeccionó su inglés médico y recuperó contactos de sus años universitarios en Estados Unidos.

Tras el nacimiento de Louise Brown en 1978, entendió que la fecundación in vitro transformaría el tratamiento de la esterilidad, aunque en España siguiera siendo una frontera experimental.

Su clínica se convirtió pronto en un referente nacional en maternidad y fertilidad.

Francisco estaba exultante: ayudar a quienes no podían concebir de forma natural constituía una fuente inagotable de prestigio, gratitud y dinero.

—Estoy convencido de que el ritmo de vida de las ciudades reduce la capacidad reproductiva de muchos hombres —afirmó durante un simposio en Boston—. El estrés afecta al deseo, a los hábitos y, en determinados casos, también a la calidad seminal.

Ninguno de los presentes objetó la parte prudente de su razonamiento.

De Palacios convirtió aquel silencio en una aprobación completa y empezó a recomendar largas vacaciones en la costa, e incluso en el Caribe, a sus pacientes más adinerados.

No las presentaba como sustitutas de las pruebas ni del tratamiento; las añadía a cuanto estuviese haciendo la pareja y se reservaba después el mérito de cualquier embarazo.

—A usted no le ocurre nada irreversible.

Vive ocupado, preocupado y con la cabeza llena de asuntos que no le permiten descansar.

Siga el tratamiento y váyase unas semanas con su mujer.

Cambien de ambiente, duerman bien y olvídense del calendario.

Ya verá como el embarazo llega cuando dejen de perseguirlo —había repetido, con pequeñas variaciones, en cientos de ocasiones.

Según las cuentas privadas del propio Francisco, aquella metodología alcanzaba una tasa de éxito del setenta por ciento.

El dato tenía trampa: solo incluía a quienes regresaban para comunicar un embarazo, mezclaba parejas sin una causa grave de esterilidad con otras sometidas a medicación y atribuía al descanso resultados obtenidos después de meses de intervención médica.

Nunca permitió que esas limitaciones estropeasen una cifra tan útil.

Los supuestos éxitos le procuraron regalos, agradecimientos y propinas cuantiosas.

Repartía estas últimas entre el personal como incentivos; no salían de su bolsillo, reforzaban la lealtad de la plantilla y contribuían a que todos celebrasen como propio cada nuevo embarazo.

Francisco se sentía cómodo entre la élite y disfrutaba creyéndose uno de los poderosos, pero sabía que la mayor parte del mercado permanecía fuera.

La clase media y los trabajadores constituían el grueso de la población y muchos ni siquiera se atrevían a preguntar cuánto costaba entrar en la clínica.

Para él no eran personas excluidas por el precio, sino dinero que todavía no había encontrado la forma de atraer.

—El filón está ahí fuera, esperando a que alguien lo recoja, y ese alguien seré yo —se prometió una noche mientras contemplaba desde el ventanal el tráfico de Madrid.

La solución llegó en una de sus conversaciones con Daniel Donaldson, un pediatra de Boston al que había conocido durante sus viajes y que terminó convirtiéndose en uno de sus mejores amigos. Daniel le habló del modelo comercial adoptado por una clínica privada de su ciudad.

—Por lo visto —le explicó—, cobran un suplemento voluntario a los pacientes más ricos y emplean ese dinero para reducir la factura de familias con menos recursos.

Incluso tienen dos accesos: uno lujoso y otro más discreto.

Los tratamientos esenciales son los mismos, pero cada grupo recibe el entorno por el que está dispuesto a pagar.

De ese modo, todos saben a qué mundo pertenecen y quién debe sentirse agradecido con quién.

—Brillante —respondió Francisco. Antes de que Daniel terminara de explicárselo, ya había decidido copiar el modelo.