Capítulo 29
Despertares
Abrió los ojos y se descubrió tumbado boca arriba en la cama de un dormitorio matrimonial.
Miró a derecha e izquierda para comprobar si había alguien más.
No recordaba cómo había llegado hasta allí ni qué hacía en aquella casa.
En realidad, no recordaba gran cosa de su existencia anterior a ese instante.
Tenía conciencia de sí mismo y sabía quién era, pero tratar de reconstruir qué había hecho el día anterior, o incluso anteayer, le provocaba un dolor punzante en las sienes.
Sabía cuándo había nacido, cuántos años tenía y a quién odiaba, aunque ignoraba desde cuándo.
Eran conocimientos sin imágenes, certezas alojadas en su cabeza sin un solo recuerdo que las sostuviera.
No necesitaba saber de dónde procedían para sentir que le pertenecían.
Imaginó que al otro le sucedería lo mismo cuando recuperase el control y que también lo odiaría.
¿Cómo no hacerlo? Se sentó en la cama y aguzó el oído.
Ningún sonido, aparte del tenue bullicio de la calle amortiguado por las ventanas, llegó hasta él.
Miró el reloj que sabía que llevaba en la muñeca derecha: eran las diez y media de la mañana.
—Parece que hoy alguien no va a presentarse al trabajo —pensó, satisfecho ante la perspectiva de causarle problemas.
Apartó las sábanas y contempló su miembro erecto, firme como el mástil de una bandera.
Sintió orgullo de aquel rígido pedazo de carne.
Se puso en pie, completamente desnudo, y fue al baño para orinar.
Apuntó al centro de la taza y, de pronto, en vez de un solo chorro, salieron dos, como la lengua bífida de un reptil, salpicando tanto dentro como fuera.
—Maldito cabrón — pensó, sin preocuparse por el suelo mojado—.
Se la ha follado sin que yo haya podido disfrutar de ella.
Se acercó al lavabo, se refrescó la cara y alzó la vista hacia el espejo.
El rostro que le devolvió el cristal era demasiado parecido al del otro.
Abrió los armarios hasta encontrar, entre las cosas de su esposa, un pequeño tarro de pigmento rojizo.
Tomó una mínima cantidad con la yema de dos dedos y la extendió sobre el pómulo izquierdo, dándole una forma irregular.
Retrocedió un paso para contemplar el resultado.
Aquella marca lo diferenciaba del otro. Lo hacía reconocible.
Único. Decidió que la repetiría cada vez que despertase y guardó el tarro antes de comprobar que el afeitado estaba bien apurado.
Un rostro mal afeitado le resultaba intolerable y, aun sin saber de dónde procedía aquella certeza, sabía que siempre prestaba atención a ese detalle.
Después observó el orden impecable del cuarto de baño y, con un gesto de desprecio, barrió de la encimera las cremas, las colonias y los frascos de gel.
Cayeron al suelo entre un estruendo de cristales rotos.
Al regresar al dormitorio vio sobre una de las mesillas una fotografía de boda del cabrón y de su hermosa mujer.
Cogió el portarretratos y lo estampó contra la pared; el marco y el cristal se partieron en pedazos.
Necesitaba salir de allí cuanto antes, así que abrió el armario para buscar algo limpio y decente.
Encontró sin dificultad calzoncillos y calcetines.
El problema llegó al elegir la ropa. —¿Dónde cojones está mi ropa?
—se preguntó—. ¿Qué cojones habrá hecho con ella?
El gran armario estaba dividido en dos partes casi idénticas: una para ella y otra para él.
En la masculina predominaban los trajes, las corbatas y las camisas.
Todo transmitía elegancia, seriedad y una pulcritud que le pareció pedante.
Rebuscó al fondo, en el extremo derecho, y encontró pantalones de pana, vaqueros y algunas prendas más acordes con su gusto.
Eligió unos vaqueros y una camisa blanca, lisa salvo por el pequeño jugador de polo bordado en el pecho.
Se vistió deprisa, se calzó unos cómodos zapatos marrones, inspiró con fuerza y salió decidido de la habitación.
—¿Ya se va, señor? ¿Quiere que le prepare algo de desayunar? —preguntó una servicial voz femenina desde el pasillo, a su espalda.
Se volvió y vio a la empleada doméstica, vestida con uniforme negro y cofia blanca. Era una mujer joven, de unos veinticinco años, con un cuerpo menudo y atractivo. La visión lo complació.
—¡Qué buena estás, hija de puta! —casi le ladró, con los ojos cargados de lujuria, mientras la erección comenzaba a cobrar fuerza bajo la cremallera del pantalón.
—No debería decir esas cosas, señor —respondió ella, encendida por la vergüenza. Se le escapó una sonrisa furtiva y nerviosa que él decidió interpretar como un halago.
—¿Queda alguien en la casa?
—No, señor. La señora se marchó temprano y dijo que no volvería para comer, pero eso ya lo sabrá usted.
—¿Dónde quieres que te folle, en tu cuarto o en la cama de la señora? —preguntó con lascivia mientras liberaba la lengüeta del cinturón.
—¡Ay, señor! Qué cosas tiene. Será mejor que le prepare una tila en vez del desayuno —repuso ella con otra sonrisa, esta vez más tirante.
—Sé cómo me miras siempre, así que no te hagas la remolona. ¿Quieres que te folle o no? —insistió.
—Estaré más cómoda en mi cuarto. Me da cosa hacerlo en la cama de la señora —contestó. Se dio la vuelta y empezó a caminar, moviendo las caderas mientras soltaba la lazada blanca que sujetaba el delantal a su espalda.
—Así me gusta —dijo él mientras la seguía.
En cuanto entraron en la pequeña estancia, la empujó contra la cama.
Ella cayó con el pecho sobre el catre y quedó inclinada ante él.
Le levantó la falda y, de un tirón, le rompió y arrancó las bragas.
La mujer dejó escapar un gemido breve, más de sobresalto que de placer.
Él se bajó los pantalones hasta las rodillas y la penetró con violencia, provocándole un quejido ahogado.
Entraba y salía con furia mientras la sujetaba por el largo cabello castaño.
—¿Quieres que te preñe, zorra?
—¡No, por favor, señor! Eso me costaría el trabajo —suplicó ella, asaltada de pronto por el miedo.
—Tranquila, le daré mis apellidos. No tienes de qué preocuparte —se burló. Después eyaculó, ignorando deliberadamente su súplica.
—Pero, señor, ¿qué me ha hecho? —preguntó ella antes de romper a llorar.
—Deja de llorar de una puta vez y ve a prepararme el desayuno —ordenó sin la menor consideración.
La mujer se bajó la falda, recogió del suelo las bragas rotas y salió del cuarto en dirección a la cocina.
—Una cosa más —la detuvo con maldad—. Mañana, cuando la señora se marche, vendrás a mi dormitorio. Te meterás desnuda en la cama y me despertarás con una buena mamada. ¿Me has oído? —rugió con tono amenazante.
—Pero, señor, yo no…
—Si no lo haces, te acusaré de intentar engatusarme y de haber robado en la casa. Estarás despedida y nadie volverá a contratarte en esta ciudad. Me aseguraré de ello —amenazó.
—Lo haré, señor. Juro que lo haré.
—Así me gusta. ¿Qué hay de ese desayuno? Tengo hambre, joder.
—Ahora mismo, señor —repuso ella antes de salir de inmediato.
—Así aprenderá ese cabrón —gruñó para sí. Sonrió al imaginar el desconcierto que aguardaría al otro a la mañana siguiente, cuando abriese los ojos con la empleada desnuda en su cama. Solo lamentó que, para entonces, probablemente él ya no estaría allí para verlo.