Capítulo 28 #4
En unas fotografías, el sujeto entraba en el coche; en otras, salía de él o caminaba por la calle.
Marco lo había seguido durante toda la mañana y había utilizado la cámara solo cuando quería fijar un instante preciso.
En la última imagen del primer sobre, tomada a las doce menos cinco, Toni entraba con el coche en el aparcamiento subterráneo de un edificio.
El seguimiento había comenzado poco después de las nueve y, pese a haber consumido un carrete completo, yo todavía no entendía qué buscaba Mancini.
Supuse que la llegada a aquel edificio correspondía a una cita concertada al mediodía.
Los seres humanos solemos fijar las reuniones a las horas en punto y, de manera secundaria, a las medias.
No he leído ningún estudio que lo demuestre, pero años de vigilancia me han enseñado que pocos quedan a las doce menos cinco.
Toni se había adelantado unos minutos, algo coherente con la imagen de hombre formal y respetuoso que me había transmitido durante nuestra entrevista.
—¿Tienes algo? —me preguntó Josean al ver que dejaba el sobre, con las fotos dentro, encima del suelo.
—Por el momento, nada. Todavía me faltan otros dos como este —respondí mientras señalaba con la mirada el sobre que acababa de dejar en el suelo.
—No podemos entretenernos mucho más. El dueño de la tarjeta empieza su turno a las seis y quiero estar fuera antes de que alguien revise el registro.
—Deja que eche un vistazo a otro de los paquetes de fotos y nos vamos.
—Muy bien, aunque imagino que querrás llevarte esa carpeta completa.
—Te lo agradecería, sí.
—No hay problema. Eres de la familia —dijo con una sonrisa antes de seguir revisando documentos por su cuenta.
El segundo sobre era idéntico al primero, salvo por su contenido.
La primera fotografía mostraba la fachada del edificio en cuyo aparcamiento había entrado el coche.
«Clínica De Palacios», se leía con claridad en el rótulo situado sobre el gran portal.
El nombre me llevó de inmediato a otra de las subcarpetas.
Giré la cabeza para comprobar que no me equivocaba: Francisco De Palacios.
—Parece que he encontrado la relación con uno de los nombres —le dije a Josean sin apartar la vista de las fotografías.
—Te lo dije —respondió con tono elocuente.
En la segunda instantánea, el mismo coche salía del aparcamiento subterráneo y giraba a la izquierda. Miré el reverso para conocer la hora: las doce y cuarenta y cinco del mediodía. Cincuenta minutos dentro de la clínica. Aquello reforzaba la teoría de la cita.
Sin embargo, junto a la hora había otra anotación, escrita con el mismo bolígrafo y la letra inconfundible de Marco: «Álex».
Yo había dado por sentado que Toni se había reunido con Francisco De Palacios, pero Mancini no estaba identificando al médico, sino al hombre que conducía el coche.
Di la vuelta de nuevo a la fotografía y entonces lo vi.
Aquel tipo no era Toni Sepúlveda. ¿Se lo puede creer?
Llevaba su coche y se parecía a él como una gota de agua a otra, pero lucía otro peinado y otra ropa.
Busqué la última fotografía del sobre anterior y coloqué ambas copias una al lado de la otra.
El conductor que había entrado a las doce menos cinco llevaba el cabello peinado hacia atrás, vestía el traje gris de las primeras imágenes y no presentaba ninguna señal en el rostro.
El que salía a las doce y cuarenta y cinco mostraba el pelo de otra forma, llevaba una camisa distinta y tenía una gran mancha roja en el pómulo izquierdo.
Más tarde supe que a ciertas marcas vasculares las llaman manchas en vino de Oporto.
Aquello, desde luego, no tenía nada de angelical.
Ese hombre tenía que ser el supuesto hermano del que Marta había hablado a sus amigas y que Martina había descrito a Antonio Del Pozo.
Imagínese: sentí que la cabeza estaba a punto de estallarme.
La investigación encargada por la familia concluía que Toni no tenía hermanos y, sin embargo, las fotografías mostraban a dos hombres prácticamente idénticos entrando y saliendo de la clínica con el mismo coche.
Sepúlveda podía haberse cambiado de peinado y de ropa en cincuenta minutos; lo que no podía hacer era crear o borrar una mancha vascular de aquel tamaño.
Al menos, eso era lo que me gritaba la lógica.
—Tengo que entrevistar de nuevo a Toni Sepúlveda. Esta vez tendrá que hablarme de ese hermano suyo —dije, radiante, mientras le mostraba las dos fotografías a Josean.
Recogí la carpeta completa y el material que habíamos separado.
Después deshicimos el camino, apagamos las luces y comprobamos que el contador avanzaba hasta 105 al abrir la puerta desde dentro.
Josean volvió a colocar el candado y las ruedas en su secuencia de control.
Salimos del acceso técnico sin cruzarnos con nadie, aunque la tarjeta había dejado registrada nuestra hora de entrada y también la de salida.
Solo cuando alcanzamos la calle comprendí el riesgo que acabábamos de correr.
Aun así, mientras contemplaba las dos fotografías bajo la luz de una farola, pensé que había merecido la pena.