Errores del destino Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

—Podría ser, pero, conociéndolo, habría llevado solo una copia de unos cuantos documentos: lo justo para rendir cuentas a su cliente.

Era demasiado celoso de sus archivos. Si investigó a Sepúlveda, el grueso del expediente tiene que estar aquí — me aseguró, mirándome a los ojos con una serenidad que contrastaba con mi impaciencia.

—¿Y si lo ocultó con otro código? —sugerí, esperando que no fuese así porque sabía lo que supondría—. Podría haber desordenado el apellido, asignado un apodo o empleado un alias que nosotros no conocemos.

—Lo he pensado hace un rato y espero que no sea así, porque nos llevaría semanas descartar todo esto —respondió mientras paseaba la mirada por las hileras—.

Pero este era un lugar seguro, ¿me explico?

¿Por qué iba a ocultar un solo expediente con un segundo código si confiaba por completo en la guarida?

Si hubiese dudado de ella, se habría llevado todo el material a otra parte.

Y, cuando digo todo, me refiero al archivo entero, no solo a este caso.

—No sabes las ganas que tengo de que lleves razón. No me apetece revisar todas estas malditas cajas y, si el expediente no está aquí, no tendremos forma de encontrarlo.

—¿Te suena el nombre de un tal Álex relacionado con tu investigación? —me preguntó mientras me mostraba un grueso dosier.

—No —le aseguré con rotundidad—, ese nombre no ha salido hasta ahora.

—Pues tiene un expediente considerable para él solo, mientras los demás están agrupados en carpetas de familiares, amigos y cosas así.

La curiosidad pudo conmigo. Le pedí la gruesa carpeta para averiguar quién era aquel hombre y, sobre todo, qué relevancia podía tener para mi investigación.

—¿Un amante quizás? —sugirió Josean con malicia.

—No sería extraño. En una desaparición así, una relación sentimental oculta siempre figura entre las primeras hipótesis — comenté, aun sabiendo que aquello era obvio para alguien como él.

Abrí el dosier y encontré de inmediato tres subcarpetas de cartón, cada una rotulada con un nombre:

Álex.

Francisco De Palacios.

Toni Sepúlveda.

—¡Está aquí, Josean! —exclamé, pletórico—. ¡Bien, coño! Lo que no entiendo es qué hace su expediente mezclado con los de esos dos; y entiendo todavía menos por qué estaba dentro de la carpeta rotulada «Álex».

Entre las hojas sueltas había también un recibo de depósito, sin nombre de ordenante, beneficiario ni cuenta bancaria. Solo figuraban una fecha, una cantidad y un descriptor alfanumérico: E-71-4C. No entendí qué relación guardaba con el caso y lo dejé dentro del dosier.

—Marco tendría un buen motivo. No te quepa duda de que los tres estaban vinculados de una forma importante. Puede que hayas encontrado mucho más de lo que esperabas, después de todo —dijo mientras arqueaba una ceja.

—Quiero que tengas razón. Mejor dicho: necesito que la tengas —respondí con una sonrisa.

Como era de esperar, empecé por la carpeta marcada con el nombre de Toni.

Contenía tres de aquellos sobres Kodak divididos en dos compartimentos que entregaban las tiendas de revelado: uno para las copias y otro para los negativos.

Había también hojas sueltas, algunas mecanografiadas y otras cubiertas con anotaciones a bolígrafo.

Tomé el primer sobre y vi que, entre las dos opciones de la solapa —veinticuatro o treinta y seis exposiciones—, estaba marcada la segunda.

Marco había utilizado carretes de treinta y seis exposiciones en los tres sobres.

También había señalado el tamaño de las copias, quince por veintiún centímetros, y había anotado que la película era de doscientos ISO.

No voy a fingir que entonces dominaba esos detalles técnicos; durante mis primeros años compraba lo que me recomendaban en la tienda.

Sabía lo imprescindible: cuanto más alto era el número, mayor era la sensibilidad a la luz, aunque también podía aumentar el grano de la imagen.

Abrí la solapa y, antes incluso de sacar el manojo de fotografías, regresaron a mí numerosos recuerdos desordenados de mis comienzos en el oficio.

Volteé un par de copias y comprobé que Marco las había numerado siguiendo el orden de los negativos.

Además, había escrito al dorso la fecha y la hora de cada disparo.

Aquello permitía reconstruir la vigilancia sin depender de la memoria y localizar después el fotograma exacto si necesitaba nuevas copias.

Ahora basta con duplicar un archivo; entonces había que conservar las tiras de negativos como si fuesen la investigación misma.

En la primera imagen, el señor Sepúlveda salía del portal de un edificio de viviendas vestido con un traje gris claro.

La segunda lo mostraba algo más cerca, caminando hacia la izquierda.

La tercera era un plano de medio cuerpo tomado desde su perfil derecho.

No entendí por qué Marco había gastado tres exposiciones casi seguidas en un sujeto que no aparecía acompañado ni hacía nada sospechoso.

Entonces recordé la principal limitación del trabajo con película: cada disparo consumía una de las treinta y seis oportunidades disponibles, y cambiar el carrete en mitad de un seguimiento podía costar una imagen irrepetible.

«¿Por qué iba a gastar un material tan valioso sin un motivo?», pensé.

Concluí que Marco estaba documentando algún detalle de Toni Sepúlveda que todavía se me escapaba: la ropa, el peinado, tal vez un cambio de aspecto posterior.

Salir de casa con un atuendo, cambiarse en el coche para acudir a una cita y recuperar después la vestimenta inicial era un clásico para evitar que un olor o un perfume delatase una aventura.

Revisé los dorsos. Las tres primeras fotografías habían sido tomadas entre las nueve y cinco y las nueve y ocho de la mañana.

Continué pasando imágenes y en todas aparecía Toni, captado desde diferentes ángulos y distancias.

Encontré dos tomas borrosas y, debo admitirlo, me consoló comprobar que Marco Mancini tampoco acertaba siempre. Ya sabe: egos profesionales.