Errores del destino Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—Lo dejamos siempre dado la vuelta para dificultar su manejo y ocultar los cuatro dígitos. Después de cerrarlo, colocábamos las ruedas en una secuencia de control distinta de la combinación. Si alguien hubiese intentado abrirlo y no hubiese devuelto cada rueda a su posición exacta, yo lo sabría.

—¿Y si alguien consiguiera abrirlo?

—Tendría que disponer de mucho tiempo y, antes de llegar aquí, superar el acceso exterior, bajar por la zona técnica y encontrar esta puerta. No es imposible, pero tampoco es un lugar al que se llegue por casualidad. Y todavía queda otro testigo.

Josean levantó el candado con la mano izquierda y movió las ruedas con la derecha hasta que el mecanismo cedió al primer intento.

Lo retiró, empujó la puerta y provocó un chirrido largo.

Después señaló con la linterna un pequeño contador mecánico oculto en la parte superior del marco.

Cada apertura hacía avanzar una cifra. Cuando salió en 2008 lo dejó en 103; al abrir ahora había pasado a 104.

Si alguien hubiese entrado durante aquellos años, el número sería mayor.

Al salir nosotros subiría a 105. Simple y efectivo, como le gustaba a Marco.

—Brillante, diría yo —apunté, maravillado por cómo algo tan sencillo podía resultar tan seguro.

Josean accionó una palanca situada a la derecha. Una hilera de fluorescentes parpadeó sobre nuestras cabezas; algunos tardaron varios segundos en encenderse y uno permaneció muerto. La luz reveló un estrecho pasillo que se curvaba hacia la izquierda unos diez metros más adelante.

—Desconozco para qué se utilizó este sitio en sus orígenes — comentó mientras cerraba la puerta y la aseguraba con un grueso cerrojo interior—. Tampoco sé cómo dio Marco con él, pero es perfecto para una guarida secreta.

Al final del pasillo, tras la curva, accedimos a una sala cuyas dimensiones me resultaron difíciles de calcular, ocupada casi por completo por hileras de estanterías metálicas modulares.

El polvo cubría las baldas, pero no flotaba en el ambiente como habría esperado.

El lugar era sorprendentemente seco y el papel no desprendía olor a moho, solo ese aroma denso de los archivos cerrados durante años.

Entre unas hileras y otras quedaban pasillos estrechos en los que apenas podían cruzarse dos personas.

Cada caja llevaba una marca, un número o una fecha.

No parecía el almacén abandonado de un hombre desaparecido, sino una memoria detenida que todavía aguardaba a su dueño.

—¿Cómo de grande es este sitio?

—Bastante. No sabría decirte cuánto, pero, calculando a ojo, tendrá cerca de setenta metros cuadrados.

—¿Y todo es archivo? —pregunté incrédulo.

—No, hombre, no. Al fondo hay una cocina improvisada, un camastro y algunos enseres que le permitían dormir aquí cuando se le hacía tarde.

—¿Cómo demonios bajó todas esas cosas aquí?

—Supongo que las trajo desmontadas, poco a poco. Una vez me dijo que, si cada día llenase una carretilla con arena, acabaría teniendo una playa. Era un tipo peculiar.

—¿Por dónde tenemos que empezar a buscar? —le pregunté señalando las cajas y ficheros apilados en baldas y columnas.

—Si desconoces el orden que rige este sitio, solo puedes empezar por una esquina y terminar en la contraria. Te llevaría meses.

—¿Y si sabes cómo funciona?

—Entonces, solo unos minutos —respondió con una sonrisa petulante que dejaba claro que él conocía el sistema de archivo y yo no.

—Pues tú dirás, oh, gran maestro decodificador —me burlé, deseando que empezase.

—Como ves, hay cinco hileras de estanterías y todas están ocupadas por un número parecido de carpetas y cajas. Eso descarta un sistema anual y también un orden alfabético visible.

—Para esto no le gustaba lo simple, ¿eh?

—Te equivocas. Necesitaba un código que impidiese reconocer el orden a simple vista, de modo que pareciese que el caos gobernaba el archivo. Pero nada más lejos de la realidad. Si te fijas en el suelo, verás unas líneas amarillas que forman una cuadrícula.

—Como un tablero de ajedrez —comenté.

—Sí, pero de veinticinco casillas en vez de sesenta y cuatro.

—Sigo sin entender nada.

—Lo vas a entender enseguida y ya no se te olvidará.

Marco redujo nuestro alfabeto de veintisiete letras a veinticinco: agrupó la Ñ con la N y la X con la W.

Después escribió las letras en cinco series sucesivas de cinco: de la A a la E, de la F a la J y así hasta completar el alfabeto.

La posición que ocupa la inicial del apellido dentro de su serie señala la columna.

La primera vocal del apellido señala la fila: A, primera; E, segunda; I, tercera; O, cuarta; U, quinta.

Cruzamos ambas coordenadas y llegamos a una de las veinticinco casillas. ¿Sencillo?

—Lo que tú digas.

—¿Qué apellido buscamos?

—Sepúlveda —maticé.

—La S ocupa la cuarta posición de su serie y la primera vocal de Sepúlveda es la E: cuarta columna, segunda fila. Vamos allí.

Al llegar al hueco indicado por las coordenadas encontramos cajas y archivadores tan polvorientos como todo lo demás.

—¿Y ahora? —solicité su ayuda.

—Están marcados con el año y el apellido completo, así que busca. No te lo voy a dar todo hecho.

Recorrí los rótulos de arriba abajo en busca del apellido. Como no lo localicé en el primer barrido, lo intenté una segunda vez, más despacio y sin saltarme una sola etiqueta.

—No está, Josean.

—Imposible, tiene que haber algo; Marco lo documentaba absolutamente todo.

—Ahora que lo pienso, Marco me preguntó una vez si me

sonaba algún Gálvez relacionado con este asunto —añadió Josean—. No me dio un nombre y yo no pude ayudarlo. Nunca volvió a

mencionarlo.

Josean lo comprobó y llegó al mismo resultado. Su expresión cambió; su cabeza había empezado a trabajar a toda velocidad.

—Puede que lo codificase por el apellido del cliente — aventuró, aunque ni él mismo parecía convencido.

—Con la D y la E tendríamos la misma combinación de cuarta y segunda, por lo que estamos exactamente igual.

—¿Y si lo guardó por Pozo, la segunda parte del apellido?

—La P ocupa la primera posición de su serie y la primera vocal es la O: primera columna, cuarta fila —dije, aplicando por primera vez el sistema sin su ayuda.

Nos movimos entre las estanterías, espoleados por una esperanza que empezaba a mezclarse con los nervios.

—¡Aquí hay algo! —exclamé con aire de victoria al descubrir varias cajas rotuladas «Pozo, Del» y acompañadas de referencias numéricas correspondientes a distintos años—. Parece que trabajó para la familia más de lo que me contó Antonio hijo.

—¿Quieres que te ayude o prefieres verlo tú solo?

—Cuatro ojos verán más que dos —respondí con una sonrisa.

Después de haberme llevado hasta allí, no me parecía bien dejarlo fuera.

Además, Josean conocía las costumbres de Marco: podía reconocer una abreviatura, una señal en un margen o cualquier detalle que para mí no fuese más que una mancha de tinta.

Retiré la tapa de la primera caja y descubrí varias carpetas de colores, colocadas en vertical y rotuladas con etiquetas impresas por una Dymo.

Saqué un par de ellas y le entregué una a Josean.

—Supongo que aquí no habrá nada digitalizado, ¿verdad? — bromeé, aunque sabía que solo encontraríamos papel, fotografías y negativos.

—Esto es vieja escuela en su máxima expresión —sonrió—. Imposible de hackear.

Nos pusimos manos a la obra, cada uno con una carpeta.

Como puede imaginar, había mucho material sobre el caso de Marta Del Pozo y la mayor parte se concentraba en los días previos a su desaparición.

Según aquellos informes, Marco había entrevistado a todo el entorno de la joven, desde sus familiares directos hasta sus amigas.

Sin embargo, aunque aparecían registros de conversaciones con casi todos ellos, incluido Antonio Del Pozo, el hombre que lo había contratado, no había una sola referencia a Toni Sepúlveda.

—¿Tienes algo sobre el marido en las entrevistas a familiares? —le pregunté a Josean a sabiendas de que me lo habría dicho.

—Iba a preguntarte lo mismo. Aquí aparece todo el mundo — dijo, refiriéndose a la familia y a los amigos de Marta—, pero no hay nada sobre el señor Sepúlveda.

—Es un poco raro, ¿no te parece?

—Me da que, si encontró algún indicio de que el marido podía estar implicado, trasladó los informes importantes a una carpeta diferente.

—¿A la carpeta de resolución? —Así llamábamos Josean y yo, imitando el sistema de Marco, al expediente en el que reuníamos todo lo verdaderamente relevante de un caso.

—¡Ojalá!

Seguimos navegando a la antigua durante más de dos horas, separando documentos y revisando cada hoja de aquellas carpetas, pero no encontramos nada.

El silencio solo se rompía con el roce del papel, el golpe seco de alguna tapa y nuestras preguntas cada vez más breves.

Había transcripciones de entrevistas, direcciones, croquis, recibos, fotografías y fichas en las que Marco había resumido meses de vigilancia con una letra diminuta y precisa.

Cada hallazgo inútil demostraba lo concienzudo que había sido y, al mismo tiempo, hacía más incomprensible la ausencia de Sepúlveda.

Terminamos dominados por esa sensación absurda de que lo buscado aparecería en la última caja y dentro de la última carpeta.

Desesperado, abrí cuanto faltaba y recorrí uno a uno los títulos de los lomos en busca del nombre o el apellido de Toni. Ninguno lo mencionaba.

—Esto empieza a parecer una pérdida de tiempo. Aquí no hay nada —dije, señalándole los rótulos para que comprobase que ninguna carpeta llevaba aquel nombre.

—Tiene que haber algo, no desesperes, Marco lo documentaba todo —me repitió.

—Quizá se lo llevó a otra parte. Puede que, cuando quedó con Del Pozo, sacara el expediente para mostrarle lo que había averiguado —argumenté, buscando una explicación lógica para nuestro fracaso.