Capítulo 28
La guarida
Había quedado en el bar de Jon el Vasco con mi amigo José Ángel Cadenas para que me llevase al cuartel general del desaparecido Marco Mancini.
Antonio Del Pozo había contratado al detective después de la desaparición de su hermana, y yo esperaba encontrar en su archivo algo que arrojase luz sobre el caso.
Entré en el bar a las nueve menos diez de la mañana, saludé a Jon con un movimiento de cabeza y me dirigí a la mesa del fondo, junto a la ventana.
Aquella era nuestra mesa y Josean ya estaba allí, hojeando el primer periódico que había quedado libre.
—¿Mirando la quiniela? —bromeé a modo de presentación.
—Nunca se sabe a quién puede encontrar uno aquí —dijo sin levantar la vista de la sección de necrológicas.
—¿Alguna vez te ha servido de algo mirar eso?
—Oh, sí, al menos un par de veces —respondió con una sonrisa—. Es casi como acertar la lotería.
—Igualito, sí.
—Café solo —anunció el Vasco—. ¿Vas a tomar algo más, Josean?
—De momento voy a pasar —contestó el aludido.
—Bueno, ¿qué me puedes contar de ese sitio?
—No hay mucho que contar. Es un archivo, más que cualquier otra cosa.
—Es justo lo que necesito, un archivo documental donde poder encontrar algo relacionado con mi caso.
—Además de él, solo yo conocía ese sitio, ¿sabes? —me confesó Josean.
—Supongo que confiaría mucho en ti.
—Lo cierto es que sí. Yo era casi un crío por aquel entonces y estaba empezando en esto. Supongo que me adoptó como su pupilo; de hecho, me enseñó casi todo lo que sé.
—No lo sabía.
—No lo sabe nadie.
—¿Hablabais mucho de trabajo? Ya sabes, me refiero a si comentabais casos y esas cosas.
—Qué va. Yo le hablaba de los míos; él me aconsejaba y predecía casi con exactitud cómo terminaría el asunto o con qué me encontraría por el camino.
Me maravillaba aquella especie de videncia, hasta que los años me enseñaron que era experiencia mezclada con una inteligencia extraordinaria.
De sus propios casos, en cambio, nunca me decía una palabra.
Mantenía un secretismo absoluto. Lo que sí sé es que documentaba cada investigación en expedientes muy extensos, como hacemos todos, supongo, aunque él tenía un motivo adicional.
Solía decirme que casi todo cuanto apuntamos y guardamos acabará amontonado sin valer nada, pero que un porcentaje diminuto puede llegar a valer oro.
—Me estás animando —le dije a Josean para que siguiese hablando.
—Espero que encontremos lo que buscas.
—¿Hace cuánto que no vas por allí?
—¿A qué te refieres?
—Bueno, supongo que cuando desapareció buscarías alguna respuesta e irías allí.
—Volví a su piso, llamé a sus contactos y pregunté en los lugares donde solía dejar recados. Una semana después encontré bajo la puerta de mi oficina una fotografía de mí entrando en Chamberí. La habían tomado desde atrás. En el reverso solo decía: «La próxima será al salir».
—¿Y no fuiste a la policía?
—¿Para explicar que mi maestro desaparecido guardaba un archivo clandestino en una dependencia de Metro a la que yo también sabía entrar? No tenía una amenaza firmada ni una prueba de que Marco estuviera muerto. Tenía miedo y la certeza de que alguien había seguido mis pasos. Dejé de buscar.
—Pero regresaste en 2008.
—Cuando abrieron el museo necesité comprobar si las obras habían alcanzado la guarida. Entré, vi que seguía intacta y salí sin tocar un expediente. Para entonces habían pasado veinticinco años y aún conservaba aquella fotografía.
—¿La conservas?
—Está con mis papeles. Si esto tiene relación con Marco, te la entregaré.
—¿Está muy lejos?
—Está en pleno centro de Madrid. Nos queda lo bastante cerca para ir andando.
—Un momento. Si Marco no ha estado por aquí durante tantos años, ¿quién ha pagado el alquiler o los gastos o…?
—Estás pensando de una forma muy convencional —sonrió Josean—.
Marco tenía un lema que decía, más o menos: «Esconde algo en el lugar más evidente, delante de todo el mundo, y nadie lo encontrará».
Su guarida cumple ese principio a la perfección.
Vamos, te lo enseñaré —dijo mientras se levantaba y sacaba de debajo de la mesa dos cascos de obra con el logotipo de Metro de Madrid.
Después hizo una seña al Vasco para que anotase las consumiciones en su cuenta y no en la mía.
La naturalidad con la que Jon asintió me indicó que conocía, al menos, una parte del plan.
No pregunté cuál. En aquel bar, la discreción formaba parte del servicio desde mucho antes de que yo empezase a frecuentarlo.
—¿Y esos cascos? —le pregunté intrigado, pero él no se molestó en contestarme y continuó andando—. ¿Me vas a decir a dónde vamos o vas a hacer que te siga como un perrillo a su amo?
—¿Nunca te cansas de hablar? —se burló.
—Vete a la mierda, anda.
—Tenemos que acercarnos a la plaza de Chamberí —dijo por toda explicación.
—¿A la estación fantasma?
Josean se limitó a sonreír y echó a andar. Lo seguí, intrigado por los dos cascos que llevaba en la mano y por el misterio con el que estaba envolviendo todo aquello.
—Esa misma.
—¿Quieres decir que vamos a la estación de Chamberí? ¿Marco tenía ahí su archivo?
—Preguntas, preguntas y más preguntas. ¿Te vas a callar en algún momento? Vas a conseguir que me duela la cabeza.
—Si me dieses alguna explicación más quizás, entonces me…
—¡Vale! Para ya, ¿quieres? Te lo diré. Marco tenía su archivo en una antigua dependencia de mantenimiento de la estación. Ya está. ¿Vas a dejar de preguntar?
—Pero si la estación se ha abierto al público para visitas guiadas.
—¿Me vas a dar clases de historia tú a mí?
—No, pero solo digo que…
—Se inauguró en 1919, listillo, y permaneció en servicio durante más de cuarenta años.
A comienzos de los sesenta, Metro empezó a ampliar los andenes de la línea para que pudieran operar trenes de seis coches.
Chamberí estaba en curva y no se podía alargar como las demás.
Además, quedaba demasiado cerca de las estaciones de Iglesia y Bilbao, así que la clausuraron en mayo de 1966.
—Vale, no sabía todo eso, pero ahora es un jodido museo — protesté.
—Abrió al público como museo el 25 de marzo de 2008 y, como podrás imaginar, quise comprobar si la guarida de Marco seguía intacta. Las obras no habían alcanzado aquella dependencia y nadie había alterado el acceso. ¿Contento?
—¿Cómo nos vamos a colar?
—Ahora no vamos a hacerlo. La línea sigue funcionando y acercarnos a la zona técnica durante el servicio sería una estupidez. Volveremos cuando haya terminado.
—¿Y después?
Josean abrió ligeramente la chaqueta y me mostró una tarjeta identificativa junto a una llave plana.
—Entraremos por un acceso de mantenimiento de la plaza de Chamberí.
—¿Son auténticas?
—Lo suficiente para abrirnos la puerta. Un antiguo contacto de Metro me debía un favor, pero la tarjeta dejará registrado el acceso. Si alguien revisa los movimientos, él tendrá un problema y nosotros también.
Regresamos al bar, donde Josean dejó los cascos, y nos separamos después de acordar que volveríamos de madrugada.
Pasé el resto del día intentando concentrarme en cualquier otra cosa, aunque la existencia de aquel archivo regresaba una y otra vez a mi cabeza.
A la una y cincuenta nos reunimos de nuevo y caminamos hasta la plaza de Chamberí.
Las calles estaban casi desiertas y la entrada principal del museo permanecía cerrada y a oscuras.
Había dejado de circular gente, pero todavía se oía algún coche aislado y, a lo lejos, el murmullo de una ciudad que nunca termina de dormir.
Josean recogió los cascos sin intercambiar más de dos palabras con Jon.
A partir de ese momento, la ligereza de la conversación matinal desapareció por completo.
Josean me entregó uno de los cascos y una acreditación.
—Póntelos y procura parecer alguien que sabe lo que está haciendo.
—Eso va a ser lo más difícil.
—Y cierra la boca.
Rodeamos la entrada principal hasta llegar a una estrecha puerta metálica sin ningún rótulo. Josean aproximó la tarjeta al lector. Una luz roja parpadeó durante un instante que se me hizo demasiado largo y después cambió a verde. Introdujo la llave en una segunda cerradura y la puerta cedió.
—Acabamos de dejar constancia de la hora exacta a la que hemos entrado —susurró—. El dueño de la tarjeta empieza su turno a las seis. Para entonces tenemos que estar muy lejos de aquí.
Descendimos por una escalera de servicio iluminada únicamente por luces de emergencia.
El aire se volvió más frío y olía a polvo, metal y humedad antigua.
Nuestros pasos resonaban con una nitidez que me obligó a contener la respiración cada vez que Josean se detenía a escuchar.
Al final atravesamos una puerta cortafuegos y accedimos a un estrecho corredor técnico que discurría paralelo al antiguo andén.
No tuvimos que acercarnos a las vías, pero el zumbido de la ventilación y el eco metálico de la infraestructura bastaban para recordarme dónde estábamos.
Avanzábamos por una parte de Madrid que miles de personas cruzaban a diario sin sospechar que existía a pocos metros de ellas.
Josean avanzó sin vacilar hasta el final del pasillo. Allí, oculta en un retranqueo de la pared, había una puerta metálica oxidada, asegurada con un enorme candado de combinación.
En vez de tocarlo, recorrió primero todo el perímetro de la puerta con la luz de la linterna. Después iluminó las ruedas del candado y las observó con detenimiento.
—Parece que nadie ha entrado desde 2008, cuando vine a comprobar que todo seguía en su sitio.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté, convencido de que habría dejado alguna trampa a modo de testigo.
—El candado antiguo estaba tan oxidado que no pude abrirlo la primera vez. Tuve que regresar con lubricante y tardé un buen rato en hacerlo, así que lo sustituí por este y conservé la misma combinación por si Marco decidía volver algún día.
—¿Es de combinación? —quise saber porque no veía las ruedecillas de accionamiento.