Capítulo 27 #2
Clara obedeció mientras Álex se dirigía a la puerta, excitado todavía y pensando en el cuerpo de la prostituta.
Se aseguró de que ella quedaba oculta con la puerta del armario entornada y abrió apenas unos centímetros.
Su víctima estaba allí, trajeada como siempre y con el maletín en la mano.
Álex abrió casi de par en par, tiró de él por un brazo y cerró con el pie.
Lo besó con furia mientras le llevaba una mano hasta su miembro, aún erecto.
El concejal no opuso resistencia y pareció complacido al comprobar el efecto que, creía, había provocado.
—Desnúdate —le ordenó también a él.
El hombre permaneció inmóvil antes de hablar:
—Nunca me han… —Se interrumpió, temeroso.
—Me gusta ser el primero —fingió Álex—. Ahora quítate todo eso y chúpamela —añadió mientras recuperaba la postura que había mantenido con Clara, ladeándose lo suficiente para que ella fotografiase el rostro del concejal sin que el cuerpo de Álex lo ocultara.
El hombre, acobardado y excitado a la vez, dobló los pantalones sobre una silla junto a la pared e hizo lo mismo con la camisa y el resto de sus prendas. Se quedó solo con los calzoncillos blancos.
—He dicho todo —ordenó Álex. Esperó hasta que el otro dejó caer la última prenda.
—Muy bien. Ahora ven aquí. Vas a ser mi perrita obediente, ¿a que sí?
El concejal asintió y se colocó frente a sus piernas abiertas.
Álex le indicó con un gesto que se arrodillara e hiciese lo que le había ordenado. El hombre cerró los ojos, abrió la boca y obedeció. La inexperiencia y la inseguridad de sus movimientos no disminuían su deseo.
Álex cerró también los ojos y lo sujetó del pelo mientras imaginaba que era Clara quien continuaba arrodillada ante él. Lo mantuvo así durante unos minutos, cambiando varias veces el ángulo de la cabeza para que la cámara captase con claridad el rostro del político.
—Levanta —le indicó con dureza y esperó a que el concejal obedeciese—. Ponte a cuatro patas encima de la cama —añadió Álex después de consultar el reloj.
—Pero ya te he dicho que yo nunca…
—Calla y obedece. Te prometo que no te va a doler —le aseguró.
El hombre obedeció con una mezcla de temor a lo desconocido y deseo de consumar por fin aquella fantasía. Cuando estuvo en posición, Álex se situó detrás de él y simuló que iba a penetrarlo, sin llegar a hacerlo, procurando que Clara dispusiera de un ángulo inequívoco.
—Agacha la cabeza y pégala contra el colchón.
Álex dirigió otra mirada hacia la rendija del armario para comprobar que Clara seguía tomando fotografías. Entonces sonó el teléfono de la habitación, rompiendo la escena y liberándolo de aquel tormento.
—Mierda, tengo que contestar —dijo mientras acudía al aparato y descolgaba—. ¿Diga?… ¿Quién?… Que suba dentro de cinco minutos; tengo que vestirme —ordenó a su interlocutora antes de colgar.
—Rápido, vístete. Es mi jefe. Ha venido a la ciudad y tiene que entregarme unos papeles.
El otro corrió hacia sus cosas, convencido de que estaban a punto de descubrirlo, y se vistió a toda prisa.
—Espérame abajo, en tu coche, y en cuanto termine bajaré a despedirme. ¿Dónde has aparcado?
—Justo en la calle de detrás —aclaró el concejal, ya vestido y muy nervioso.
—Enseguida bajo —prometió Álex mientras lo acompañaba hasta la puerta. La cerró en cuanto el hombre salió.
Suspiró aliviado y caminó hacia el armario.
—¿Lo tienes? —preguntó.
—He disparado unas treinta veces —respondió Clara mientras salía del armario con la cámara—. ¿Quieres que terminemos lo de antes?
—Ven aquí, zorra —le ordenó. La alzó por las piernas, la colocó a horcajadas sobre su cintura y la empujó contra la pared.
Durante un buen rato descargó sobre Clara toda la excitación y la rabia que había contenido. Interpretó sus gemidos como placer y no se detuvo hasta alcanzar el orgasmo. Después entró en la ducha, se enjabonó de arriba abajo y se aclaró con agua fría.
Se vistió y se dispuso a salir.
—Dúchate y espérame. Lo tuyo está en el primer cajón de la mesilla. Aún tienes que hacer otro trabajo para mí.
Bajó al vestíbulo y giró a la izquierda para dirigirse a la calle trasera, donde lo esperaba el concejal.
El hombre estaba apoyado sobre la aleta delantera de su coche, junto a la acera.
Álex miró a un lado y a otro y, al no ver a nadie, lo besó con pasión fingida.
Ninguno de los dos reparó en el coche con chófer que pasó junto a ellos un instante después.
Marta Del Pozo, sentada en la parte trasera, se quedó petrificada al ver aquel beso y el rostro idéntico al de su marido, salvo por la gran mancha roja del pómulo.
—Dime tu dirección. La próxima vez quedaremos en tu casa; así no nos molestará nadie —le propuso Álex con autoridad. El político se la susurró al oído.
—¿Cuándo? —acertó a preguntar con urgencia y deseo.
—Mañana por la tarde —respondió Álex antes de alejarse en dirección al estanco.
Quería comprar un cartón de tabaco y regresar después a la habitación para recoger la cámara y ocuparse de Clara, la única testigo capaz de identificarlo.
Mientras caminaba, comprendió que no podía permitir que saliese de allí con el recuerdo de la sesión, el nombre del hotel y una descripción completa de su rostro.
Hasta entonces solo había pensado en ella como fotógrafa; a partir de ese instante pasó a considerarla un cabo suelto.
Le bastaría con ofrecerle otro encargo bien pagado para que subiese al coche sin hacer preguntas.
Al día siguiente, 27 de agosto, Clara llevaba desde la noche anterior encerrada en la granja y a la espera de que De Palacios confirmase si padecía alguna de las enfermedades que entonces podían detectar.
Si los análisis resultaban favorables, Álex ya había decidido que se quedaría allí para siempre.
Aquella misma mañana había recogido en un laboratorio profesional veinticinco ampliaciones en color de veinte por treinta centímetros.
No había necesitado más. Por la tarde se presentó en la vivienda de su supuesto enamorado, que lo esperaba medio desnudo y excitado.
Cuando le mostró las fotografías y le aseguró que conservaba los negativos y varias copias en lugares seguros, el mundo de Marcos Mendoza se vino abajo.
Álex le explicó que las haría públicas y destruiría su carrera si no cumplía cuanto De Palacios le pidiese, cada vez que se lo pidiese.
El concejal se supo engañado, utilizado y atrapado por un hombre sin escrúpulos.
Pero Álex pretendía sellar el pacto de una forma mucho más creativa y asegurarse de que Mendoza jamás hablara de él.
Para ello había comprado un kilo de naranjas, que llevaba en una bolsa de plástico, y un martillo de grandes dimensiones.
—Tráeme una toalla grande. Estoy sudando y quiero secarme —le ordenó con sequedad. El otro obedeció, atemorizado.
Cuando Álex recibió la toalla, la extendió sobre el sofá y colocó sobre ella las naranjas, una junto a otra, bajo la mirada perpleja del concejal. Después enrolló la tela alrededor de la fruta y sujetó ambos extremos con una sola mano, formando una pesada maza flexible.
—Muy bien. Ponte contra la pared —ordenó mientras señalaba el único paño del amplio salón que estaba libre de muebles—. Y no te muevas.
—No, por favor, no es necesario —gimió el hombre mientras las primeras lágrimas descendían por su rostro—. No diré nada, lo juro.
—Sé que no lo harás, porque entonces tendría que matarte. Esto es solo para limpiarme del asco que me has hecho pasar — le explicó. Acto seguido, descargó con furia el peso de la toalla contra las costillas del concejal y lo derribó.
Cuando lo tuvo llorando en el suelo, siguió golpeándolo en el mismo costado hasta que perdió el conocimiento.
Dejó entonces la toalla, recogió el martillo y observó a su víctima con calma, escogiendo dónde aplicaría el correctivo definitivo.
Golpeó el tobillo izquierdo hasta que oyó crujir los huesos; después hizo lo mismo con la rodilla y, por último, descargó el martillo varias veces sobre la cadera de ese mismo lado.
Marcos Mendoza permaneció inconsciente, ajeno al dolor que lo acompañaría durante el resto de su vida. Álex había convertido al joven político en un hombre que necesitaría un bastón para caminar y que ocultaría el origen de su cojera bajo distintas versiones de un supuesto accidente de esquí.
Álex abandonó la casa exultante y, a su manera, redimido.
Sonreía con la tranquilidad de haber atado todos los cabos.
Solo le quedaba decidir cuánto exigiría a De Palacios por aquel trabajo asqueroso.
Se metió en el coche y condujo con parsimonia en dirección a la granja.
Apenas había recorrido cien metros cuando la vio caminando sola por la acera.
Era ella. Aquella embarazada era la mujer del hombre al que más odiaba y, al mismo tiempo, del único hombre al que no podía hacer daño directamente.
Pero Marta estaba allí y Álex comprendió que existían otras formas de procurarle dolor sin tan siquiera tocarlo.
El embarazo no era un obstáculo: convertía a la mujer en una presa todavía más valiosa.
No había planeado nada, como acostumbraba a hacer, pero esta vez no necesitó sopesarlo.
Redujo la velocidad, rebasó a Marta y detuvo el coche unos metros más adelante.
Después miró por el retrovisor y esperó a que ella se acercara.