Errores del destino Capítulo 27
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Capítulo 27

El concejal

Álex había aceptado el encargo de Francisco De Palacios: extorsionar al concejal de Urbanismo para conseguir la recalificación del suelo de la finca en la que se alzaba el antiguo edificio convertido ahora en la granja.

Al parecer, el doctor tenía grandes planes para aquella propiedad, en la que había invertido una parte considerable de su patrimonio.

Un gran hospital privado, conjeturaba Álex, aunque ni le importaba ni tenía una sola prueba.

Una breve investigación le había revelado que el dichoso concejal era un sarasa, un pervertido de esos a los que les gustaba acostarse con otros hombres; un degenerado en toda regla que, a su juicio, no debería seguir respirando.

Pero los negocios mandaban. Según parecía, el bujarra estaba limpio y no había nada con lo que apretarle las tuercas, de modo que ideó un plan sencillo y asqueroso que, estaba seguro, funcionaría.

Álex sabía que era atractivo y por ello no le costaba seducir a las mujeres a las que engatusaba.

También había comprobado, con asco y vergüenza, que algunos hombres le lanzaban miradas lascivas.

Había decidido aprovecharlo para atraer al concejal y tenerlo a su merced.

La repugnancia que le provocaba aquella idea lo acercaba a la ira, pero debía controlarse.

Se convenció de que solo interpretaría un papel a cambio de dinero: un papel nauseabundo, pero un papel a fin de cuentas.

Nada sería real. Se imaginó a sí mismo como un actor viril y heterosexual obligado a representar a alguien que despreciaba.

Para entender cómo funcionaba el cortejo entre aquellos hombres, se había dejado caer por allí una docena de noches.

Había entablado conversaciones breves con los camareros e incluso con los dueños —de cuya hombría estaba seguro y a quienes atribuía un interés puramente comercial—, de modo que ya era casi un habitual.

Había tenido que rehuir numerosas proposiciones de hombres con traje que, fuera de allí, habrían pasado a sus ojos por personas normales y corrientes.

Había estrechado manos e incluso dado dos besos a más de uno, como se hacía cuando te presentaban a una mujer.

Asqueroso, pensaba cada vez que lo recordaba.

En aquellas tres semanas había comprendido la dinámica del garito, conocía a sus habituales y sabía dónde solían colocarse.

También había constatado que unos cuantos clientes se reunían allí con sus parejas secretas —o quizá habría que llamarlos amantes— a pesar de que lucían sendos anillos de oro que indicaban que se habían casado con una mujer ante los ojos de Dios.

Un Dios que, según Álex, de existir, se estaría revolviendo y deseando destruir a todos aquellos mentirosos.

Menuda panda de depravados, viciosos e hipócritas.

Durante aquellas incursiones había visto al concejal cinco veces, siempre a la misma hora.

Se fijó en los hombres a los que dedicaba sus miradas y su atención, y pronto dibujó el tipo que atraía a su objetivo.

Cuando lo tuvo claro, pasó a la acción. Se gastó un buen dinero en una chaqueta de cuero negro de primera calidad, compró unos vaqueros ceñidos y completó el atuendo con una camisa blanca, zapatos negros de cuero y un cinturón de hebilla metálica muy ornamentada.

Solo le faltaba el detalle que, estaba seguro, marcaría la diferencia: gel fijador para llevar el cabello repeinado hacia atrás y completamente engominado.

Regresó a la granja, se vistió en su habitación y se peinó como exigía el papel.

El aspecto de tipo duro y chulesco lo divirtió y le agradó.

Estaba perfectamente caracterizado. Miró el reloj y comprobó que podía acercarse a Griffin’s para intentar cazar a su presa.

Cuando entró en el local, ataviado como había planeado, percibió entre el humo de los cigarrillos y la música que un buen número de miradas se posaba sobre él.

Le agradó porque demostraba que el disfraz cumplía su objetivo y le repugnó sentirse deseado por aquellos hombres a quienes, en su fuero interno, habría apaleado y pateado con gusto.

—Parece que hoy has salido a cazar, ¿eh? —preguntó Juan, uno de los dueños, sonriendo desde el otro lado de la barra mientras secaba un vaso de tubo.

—¿Tanto se nota?

—No me hagas caso. A fin de cuentas, todo el mundo viene aquí a eso. ¿Te pongo lo de siempre?

Álex asintió mientras esperaba su jarra de cerveza con cierta ansiedad y echaba un vistazo alrededor en busca del concejal de Urbanismo. Todavía no había llegado.

Nada garantizaba que acudiese. Era una costumbre, no una norma, como Álex habría preferido.

—Me invitas a una copa, campeón —le dijo un hombre trajeado mientras le ofrecía un cigarrillo.

—Vete a tomar por el culo cagando leches, dej… —Estuvo a punto de escupirle el insulto que le había acudido a la boca por puro reflejo, pero se contuvo. Le lanzó una mirada cargada de ira y el hombre dio media vuelta para regresar de inmediato al lugar del que había venido.

Media hora más tarde lo vio entrar en el local. Vestía como siempre, con traje, y llevaba un maletín negro, por lo que supuso que había acudido directamente desde el ayuntamiento.

Se dirigió hacia él tal como había planeado.

Durante las noches anteriores había observado que a aquel tipo le gustaba que los hombres tomasen la iniciativa. Tenía pinta de ser sumiso y de disfrutar cuando lo dominaban, lo que facilitaba todavía más el trabajo.

—Te estaba esperando —le dijo en cuanto llegó hasta él.

—¿A mí? —respondió el otro, encantado por el halago.

—Un whisky con cola —le pidió Álex a Juan, indicándole con la mirada que la bebida era para su nuevo amigo.

Por la sonrisa del concejal, Álex supo que se sentía cortejado y halagado por la atención de un hombre al que encontraba atractivo.

Álex le tendió la copa y lo cogió de la mano para conducirlo hasta la esquina oscura que solía ocupar desde que frecuentaba el local. La había convertido en su territorio. El político bebió un pequeño sorbo de su vaso y obedeció como un corderillo excitado.

—Quiero verte fuera de aquí —le dijo con autoridad.

—Madre mía, sí que vas rápido. Me estás acalorando — respondió el hombre del traje mientras se abanicaba con la mano izquierda de una forma que Álex juzgó muy afeminada.

Álex se plantó frente a él y bajó la mano derecha hasta agarrarlo con fuerza por la entrepierna, sin apartar la mirada de sus ojos.

—¿Eres de los que vienen aquí a perder el tiempo? Porque no me gusta que me lo hagan perder —le advirtió mientras trataba de impedir que una mueca de asco le deformase el rostro. Por primera vez en su vida, tenía en la mano la erección de otro hombre.

—Para, por favor —dijo el concejal con una súplica que a Álex le pareció fingida, estremeciéndose de placer.

—¿Seguro? —susurró Álex mientras apretaba y movía la mano con rapidez.

—Mañana. Nos iremos mañana, pero ahora para, te lo suplico —rogó el político, tratando de evitar una mancha delatora en los pantalones.

—Te apuntaré la dirección de mi hotel, ¿de acuerdo? —dijo Álex sin dejar de ejercer presión.

El hombre asintió con insistencia mientras se mordía el labio inferior y cerraba los ojos para tratar de dominar su excitación.

Álex sacó del bolsillo interior de la chaqueta su bolígrafo Montblanc y le pidió un papel a Juan. Anotó el nombre de un hotel, la dirección y el número de una habitación.

—Mañana, a las siete de la tarde. Sé puntual y no me falles, o no volverás a verme nunca —lo amenazó. Selló el acuerdo con un beso rápido y furtivo en los labios, se dio la vuelta y caminó con premura hacia la salida.

—Allí estaré —aseguró el sorprendido y excitado hombre público, alzando la voz para que pudiera oírlo.

Álex salió del local tan rápido como pudo, tratando de recordar dónde había visto una fuente.

Cuando la encontró, escupió sobre la pila y se enjuagó la boca con la mano izquierda.

Después comenzó a frotarse ambas manos bajo el chorro con movimientos rápidos y ansiosos, como si el agua pudiera borrar lo que acababa de hacer.

Al día siguiente, eran ya las cinco de la tarde cuando recobró la conciencia de sí mismo.

Su último recuerdo pertenecía a la noche anterior, cuando se había alejado de Griffin’s después de lavarse las manos en la fuente.

Ignoraba qué había hecho el otro durante las horas intermedias y no perdió tiempo intentando reconstruirlo: si encontraba algún daño, ya se encargaría de devolvérselo.

Tuvo que apresurarse para recoger a Clara, una prostituta a la que solía encargar algunos trabajos a cambio de buenas propinas.

Ya le había pedido que fotografiase situaciones comprometedoras en otras ocasiones, por lo que no necesitó explicarle el manejo de la cámara de treinta y cinco milímetros ni cómo debía disparar sin flash desde el armario situado frente a la cama.

Una hora y media después, ambos estaban en la habitación, con todas las luces encendidas y la televisión a un volumen suficiente para disimular el sonido del obturador.

Álex descolgó el teléfono y llamó a recepción.

Acordó que lo telefoneasen a la habitación a la hora indicada y colgó antes de empezar a quitarse la ropa con premura.

—Desnúdate y mete toda tu ropa en el armario —le ordenó a Clara.

—¿También vamos a follar, cariño? —preguntó ella, pues el sexo se pagaba aparte.

—Tú chúpamela y cierra la puta boca —dijo Álex mientras dejaba caer al suelo sus calzoncillos bóxer blancos y se sentaba al borde de la cama con las piernas abiertas.

Clara se arrodilló delante de él y obedeció sin discutir, consciente de que aquel servicio también tendría un precio.

Álex se inclinó un poco hacia atrás, apoyó las manos en el colchón y cerró los ojos.

—No hagas ningún ruido. Está a punto de llegar —le indicó sin dejar de observarla.

Unos minutos más tarde, tres golpes tímidos sonaron en la puerta de la habitación.

—Al armario —ordenó—. Ya sabes lo que tienes que hacer.