Capítulo 26 #2
—Rehusé hablar con la policía, puesto que el caso estaba cerrado y reabrirlo sin pruebas habría sido imposible.
Pero sí agité algunos árboles, aunque nada cayó de ellos.
Llegué a saber que la madre biológica de Toni aún vivía y, para preservar la intimidad de mi familia, contraté los servicios de un colega suyo.
Aquel detective investigó los orígenes de Toni, localizó a la mujer y se entrevistó con ella.
Revisó la partida de nacimiento y los demás documentos disponibles, pero todo coincidía con la versión de la madre: había dado a luz a un único hijo varón.
También le contó que el parto se complicó, que debieron extirparle el útero y que, después de aquel primer parto, nunca pudo tener otro hijo, muy a su pesar, ni siquiera tras rehacer su vida con quien ella describía como un buen hombre.
—¿Supo algo del padre de su cuñado?
—A través de la madre, el detective averiguó que aquel hombre había muerto al caer del tejado de una obra en la que trabajaba, pocos meses después del parto. Según la mujer, por aquel entonces seguían siendo pareja. Así que, al parecer, mi cuñado era hijo único.
—¿Entonces usted…?
—Mis dudas sobre él se hicieron cada vez más fuertes. Aunque cabía la remota posibilidad de que mi hermana se hubiera confundido de hombre, Toni Sepúlveda ganaba puntos como principal sospechoso.
—¿Hizo usted algo más?
Antonio Del Pozo dejó de hablar e hizo una seña a uno de sus hombres para que le acercase algo de beber.
—¿Quiere usted algo también?
—Lo mismo que usted, gracias.
—Como podrá suponer, mi obsesión iba en aumento, por lo que le pedí al mismo detective que estudiase a Toni y lo vigilara por si descubría algo inusual.
No reparé en gastos y le encargué que se dedicase al asunto a jornada completa.
Como imaginará, sus honorarios fueron bastante elevados, aunque eso me daba igual con tal de descubrir si Toni tenía algo que ver con la desaparición de Marta.
Pero pasaron los días y las semanas, y el investigador no encontró nada interesante, salvo algunas ausencias breves e inexplicables.
Hasta que recibí una llamada suya. Me dijo que teníamos que reunirnos, que había encontrado algo.
Sus palabras exactas fueron: «Lo tengo» —Antonio guardó silencio de inmediato y me miró de forma misteriosa.
—No me deje en ascuas, Antonio. ¿Qué le dijo cuando se reunieron?
El hombre de seguridad de Del Pozo regresó con dos botellines de agua fría. Me defraudó un poco, pero acepté el mío sin decir nada y con una sonrisa amable.
—Gracias, Ricardo —le dijo al gorila—. Nada. No me dijo absolutamente nada porque la reunión nunca tuvo lugar. Aquel hombre desapareció de la faz de la tierra —se lamentó.
—¡Coño! —dije, alisándome el pelo con ambas manos—. Entonces, ¿usted cree que su cuñado tuvo algo que ver con su desaparición?
—No tengo forma de demostrarlo, pero ya sabe: blanco y en botella.
—¿Comunicó a la policía la desaparición?
—Tiré de algunos contactos, pero, como ningún familiar denunció su desaparición y podía tratarse de una marcha voluntaria, no movieron ni un músculo.
—¿Recuerda cómo se llamaba aquel detective?
—Por supuesto. Su nombre era Marco Mancini —declaró de inmediato mientras yo anotaba el nombre y el apellido en el bloc de notas del teléfono, aunque, en realidad, no necesitaba hacerlo para recordarlo.
—Sé quién era el tal Marco —le expliqué—.
Al parecer, perteneció a la policía napolitana y la dejó para dedicarse a la investigación privada, tanto en su Italia natal como en su adorada España.
Aquí, en la capital, fue todo un referente y aún se emplean algunos de los métodos que desarrolló.
En la sede del colegio profesional de detectives de Madrid hay un retrato suyo colgado en alguna parte —le relaté.
—Yo no tuve forma de localizarlo ni de saber si le había ocurrido algo. ¿Se comenta alguna cosa sobre ello en su entorno?
—Alguien me habló de él en cierta ocasión, mientras charlábamos sobre los hombres míticos de antaño que se dedicaban al oficio.
Dijo algo acerca de que había regresado a Nápoles para no volver por algún lío de faldas.
Ya sabe: puede que se acostase con la mujer de alguien poderoso y ese alguien quisiera quitarlo de en medio, o puede que solo sean habladurías.
—¿Lo investigará?
—Me temo que es la mejor jugada que puedo hacer ahora mismo.
Si Mancini está vivo, podrá decirme qué averiguó, aunque, después de haber quedado con usted, no presentarse y no volver a ponerse en contacto, no me parece muy probable que siga con vida.
Quizás pueda encontrar sus archivos, sus grabaciones o cualquier cosa que dejara atrás, si es que alguien los conserva.
—Nunca me dijo dónde tenía la oficina; su estilo era otro. Él contactaba conmigo y acudía a las citas, no al revés.
—Vieja escuela —concluí—. Antonio, ha sido un placer hablar con usted. Lo mantendré informado si descubro algo que pueda aclarar lo que le ocurrió a su hermana.
—Se lo agradecería mucho, Eduardo —me tendió la mano y yo se la estreché con fuerza antes de dejar que volviese a atender a su público.
Salí del pabellón sabiendo a quién debía recurrir para averiguar algo más del tal Marco Mancini, por lo que busqué el contacto en la pantalla del móvil y pulsé el icono verde.
—Si me llamas a estas horas, no será para nada bueno o querrás un favor —dijo la voz de José Ángel Cadenas.
—Menuda forma de recibir la llamada de un amigo con el que hace tiempo que no hablas —me burlé.
—Corta el rollo, Edu, y dime qué cojones quieres, que me pillas a punto de camelarme a un pivón.
—¿Uno de pago?
—Por supuesto. Es la única forma de tener garantía de éxito con mi físico y mi deplorable estado —rió, divertido.
—Bueno, por lo menos no te reprochará que no te acuerdes de su cumpleaños ni de cuándo os besasteis por primera vez.
—Eres un grosero, no me extraña que sigas solo.
—¿Pretendes casarte con ella?
—Seguramente debería —se desternilló—. Bueno, basta ya de cháchara y dime qué cojones quieres.
—Marco Mancini. Tengo que dar con él, si es que sigue entre los vivos, o encontrar sus archivos profesionales. Preferiría lo primero, pero no sé qué me da que…
—Han pasado muchos años —me cortó con un repentino tono de añoranza—. Me llamó un viernes para revelarme algo durante una de nuestras típicas quedadas mensuales, pero nunca apareció.
—¿No decían que se volvió a Nápoles?
—¿Sin despedirse de nadie? No jodas. Él no era así de capullo; sería muchas cosas, pero eso no. Algo debió de pasarle para tener que escurrirse de forma tan precipitada o, puede que, como dices, fuese algo peor.
—¿Era hábil?
—Era el mejor. Se las sabía todas.
—Entonces, quizás vio venir el peligro y desapareció sin dejar rastro —conjeturé para animar a mi amigo.
—Es lo que siempre he deseado, pero han pasado demasiados años. Ya sabes: las aguas se enfrían, pero uno puede dar alguna señal de vida a los amigos. Una llamada, una carta, algo.
—Quizás quiso romper con todo y comenzar de nuevo. Nunca se sabe.
—Quizás sí, pero solo quizás.
—¿Tú sabías dónde tenía su oficina?
—Claro. Lo sabía y lo sé. No creo que nadie haya vuelto a entrar en ese lugar, salvo él, si es que volvió en algún momento.
—¿Era un local?
—No, no. Si aquello tuviera un nombre, sería cuartel general — remató, dejándome en ascuas.
—¿Me llevarías? Es importante para un caso relacionado con una investigación que realizó; puede que sea la que provocó su desaparición.
—Entonces, puede que remuevas aguas peligrosas, Edu.
—Puede ser, pero debo hacerlo.
—Te llevaré, pero ya sabes que hay secretos que es mejor que sigan siéndolo, por el bien propio o por el de otros.
—¿Mañana? —sugerí.
—Mañana a las nueve en el bar —dijo, refiriéndose al café donde solíamos quedar de cuando en cuando para ponernos al día o intercambiar favores—. Pero no podremos entrar hasta que haya cerrado el Metro.
—Hasta mañana, abuelo —lo provoqué.
—Eso no tienes huevos de decírmelo mañana a la cara.
—Sabes que no —me reí, contento de que recuperase su habitual buen humor, y colgué.
Al mirar la pantalla del teléfono, vi que eran las diez y veinte. Tenía dos llamadas perdidas de Alejandra. La llamé de inmediato.
—No voy a llegar —dije en cuanto respondió—. Lo siento; la entrevista se ha alargado más de lo previsto.
—Llevo veinte minutos esperándote —dijo, con la molestia clara en sus palabras.
—Déjame compensártelo mañana.
—No se trata de la cena, Eduardo.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Buenas noches.
Colgó antes de que pudiera responder. Me metí en el coche y volví directamente a casa. Tenía mucho que procesar y, por primera vez en toda la noche, no todo estaba relacionado con el caso.