Capítulo 26
Antonio Del Pozo
La llamada a Alejandra fue muy breve:
—Eduardo, no puedo atenderte ahora mismo —dijo, dando a entender que se encontraba ocupada.
—Hablamos más tarde, si quieres. Puedes llamarme tú cuando estés libre; te llamaba por si te apetecía que nos viéramos —dije entre esperanzado, emocionado y sumiso.
—¿Cenamos esta noche? —propuso, escueta.
—¿En el restaurante La Conquista, en el barrio de Salamanca, a las diez? Me deben un favor —maticé para dar a entender que aquel concurrido, conocido y exclusivo restaurante no me pondría pegas a pesar de lo improvisado de la reserva.
—Allí estaré. Un beso.
Colgó dando por finalizada la conversación y me dejó uno de los mejores sabores de boca de mi vida sin haber saboreado nada en realidad. Gracias a él, hasta mi inminente y aburrido trayecto en coche me pareció apetecible.
Hacía días que Carla había localizado un evento organizado en el recinto ferial de IFEMA Madrid y al que el propio Antonio Del Pozo asistiría como anfitrión.
Para no tener que ingeniárnoslas de formas poco convencionales, habíamos optado por comprar una entrada como cualquier otro asistente. Una vez dentro, me aproximaría a él.
Fui en coche hasta el recinto ferial, obnubilado por los pensamientos sobre la cena que me esperaba junto a mi diosa particular, y aparqué en uno de los grandes estacionamientos al aire libre de la propia feria.
Tras recoger la acreditación de asistente —una pulsera de material reciclado imposible de retirar sin romperla—, entré en el gran salón.
Habían dispuesto varias mesas con todo tipo de aperitivos fríos.
Por la sala pululaba un buen número de camareros y camareras, la mayoría con bandejas de bebidas alcohólicas, por lo que no pude decir que no a una de aquellas copas de champán.
Con el espumoso en la mano, fui merodeando de aquí para allá, tratando de descubrir por dónde aparecería el anfitrión.
Unos minutos después, tras darme cuenta de que un par de hombres con traje y pinganillo peinaban la sala, una ovación me indicó que el señor Antonio Del Pozo estaba entrando en escena.
Era un hombre maduro de alrededor de un metro ochenta y cinco, de buen porte y con una buena cabellera a pesar de la edad.
Lucía un bronceado que yo habría jurado natural y una sonrisa perfecta y blanca que debía de haberle costado su buen dinero.
Iba vestido con un traje gris a medida de excelente factura y una camisa blanca de seda.
Sonreía y estrechaba manos de forma galante y amable, sin que pareciera hacerlo a la fuerza, por lo que intuí que la aproximación no sería excesivamente fría.
Tras complacer a los buscadores de halagos y apretones de manos, subió al pequeño escenario construido ex profeso en el fondo de la sala y pronunció un breve y emotivo discurso de bienvenida, en el que no dudó en recordar a los asistentes que el acto era benéfico y que cualquier aportación económica sería bien recibida.
Cuando el personaje central se fundió de nuevo entre la masa de gente, seguido por la mirada atenta de su equipo de seguridad, empecé a buscar el momento de la velada en que forzaría el encuentro.
Media hora después, tras despedirse de un grupo de mujeres y mientras caminaba con las manos a la espalda, sonriendo aquí y allá, lo abordé.
—Don Antonio —dije con ímpetu mientras avanzaba hacia él con decisión y adelantaba la mano derecha para forzar un saludo formal—.
Soy Eduardo Marín Alcázar —le indiqué mi nombre completo porque sé por experiencia que ese tipo de presentación da empaque, suele gustar a los hombres de negocios y, además, despierta su curiosidad.
—Un placer, Eduardo. Gracias por asistir —contestó con aquella agradable sonrisa mientras me daba un fuerte apretón de manos—. ¿A qué se dedica? —preguntó sin tapujos. Aquello me alegró en parte, pues podía acelerar la entrevista, aunque también terminarla de sopetón sin siquiera haber empezado.
—Soy investigador privado, don Antonio.
—¿Y ha venido por trabajo o por filantropía?
—Por trabajo, me temo —dije con sinceridad mientras le enviaba una mirada que debía darle a entender que el motivo de mi asistencia era hablar con él.
—Me gusta la sinceridad tanto en los negocios como en las relaciones de cualquier índole, Eduardo. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Es un tema que supongo que será sensible para usted, por lo que, si lo prefiere, podemos apartarnos un poco del tumulto —le indiqué mientras entornaba los ojos hacia una esquina del salón vacía de gente.
—Adelante, pues —respondió, señalando el lugar con la palma de la mano mientras comenzaba a caminar hacia allí y hacía un gesto a sus hombres para que se quedasen a cierta distancia.
—Estoy trabajando en un caso sobre bebés robados. Mi cliente cree que su hermana desaparecida, Marta, podría estar relacionada con él —lancé la bola de sopetón para observar su reacción inmediata.
—Marta… No hay un solo día en que no piense en ella después de todos estos años, ¿se lo puede creer? —dijo con sincera naturalidad.
—Es totalmente comprensible, don Antonio —convine.
—Antonio a secas, por favor. Don Antonio era mi padre; a mí el título no me pertenece y, además, me hace sentir mayor — sonrió con cortesía y yo asentí, aceptando su oferta.
—Mi padre removió cielo y tierra para encontrarla.
Primero, para intentar saber qué había ocurrido y, después, cuando ya se había perdido toda esperanza, para recuperar al menos la verdad.
Aquello fue el principio del fin para él, ¿sabe usted?
—añadió con pesar—. Su salud empezó a deteriorarse con rapidez y, en poco tiempo, nos dejó.
Supongo que no haber podido proteger a su pequeña lo dejó sin esperanza y sin rumbo —por un momento se perdió en sus pensamientos, imagino que tratando de ponerse en la situación de su padre.
—Tiene que ser terrible perder a una hija —dije, haciendo gala de toda mi comprensión para sacarlo de sus ensoñaciones.
—¿No tiene hijos, Eduardo?
—No que yo sepa —le respondí con una sonrisa.
—Yo me he resistido a tenerlos precisamente por aquella pérdida. Supongo que me negué a correr el riesgo de pasar por algo parecido y… Bueno, dígame, ¿cómo puedo ayudarlo?
—Supongo que la policía le haría todo tipo de preguntas, pero puede que, con los años, usted mismo se haya planteado otras o haya recordado detalles que nunca terminaron de cuadrarle.
No sé si me explico. A veces, un detalle pasa inadvertido y tirar de él nos permite desenredar todo lo demás —le planteé para animarlo a compartir conmigo cualquier cosa que supiera.
—Lo he entendido perfectamente. Creo que hablé con sus amigas más de treinta veces, tratando de que recordasen algo que se les hubiera pasado por alto, pero no obtuve nada.
Años después, cuando el caso estaba cerrado y enterrado, una de ellas, Martina, se me acercó durante el funeral del padre de un amigo común.
Me confesó que no se habían atrevido a decírselo a nadie, pero que Marta había acudido a ellas aquella tarde en busca de consuelo y consejo.
—¿Sobre qué asunto?
—Sobre mi cuñado, Toni.
—Debo decirle que hablé con él hace poco —me sinceré— y lo encontré apesadumbrado a pesar de los años. Le puedo asegurar que soy bueno en estas cosas y me pareció absolutamente sincero.
—Una vez más, le agradezco la sinceridad.
Tras la conversación con Martina, fui a hablar personalmente con él.
Aunque también me pareció sincero, me resistí a creerle y la duda se apoderó de mí.
Nuestra relación se enfrió; dejé de contestar a sus llamadas y nunca devolví ninguna.
Algo en mi interior continúa culpándolo, a pesar de que no tengo ninguna prueba.
—¿Qué le dijo la amiga de Marta?
—Algo extraño —suspiró, obligado a recordarlo—. Me dijo que Marta había visto a Toni besándose con otro hombre.
—Bueno, después de la desaparición de su hermana volvió a casarse —apostillé, poniendo en duda lo que la amiga de Marta había contado.
—Lo sé y también sé lo que le ocurrió a su segunda esposa, la pobre mujer —levantó ambas cejas con gesto dubitativo.
—Me refiero a que, durante mi visita, lo vi profundamente dolido a pesar de los años transcurridos. Aunque a veces es imposible detectarlo, no me dio la impresión de que fingiera ni de que ocultase algo así… Bueno, ya me entiende.
—Sé a lo que se refiere, porque yo jamás sospeché nada parecido.
Ya sabe que los hombres tendemos a presumir de que nos daríamos cuenta de ese tipo de comportamientos en un amigo o un familiar.
Lo que ocurre es que Martina añadió que, según Marta, el hombre al que tomó por Toni tenía una gran mancha roja en uno de los pómulos.
—¿Fruto de un golpe, quizás?
—Eso mismo le propuse yo, pero me dijo que Marta la había descrito como una de esas manchas de nacimiento. Por lo demás, el hombre era idéntico a Toni.
—¿Tiene su ex cuñado algún hermano gemelo?
—Según me contó Martina, eso mismo le propusieron ellas a mi hermana para tranquilizarla, puesto que Toni había crecido en un orfanato —aclaró.
—Vaya. ¿Investigó usted la posibilidad de que Toni tuviese algún hermano gemelo o se lo comunicó a la policía?