Capítulo 25 #2
Mi cliente, José Andrés Gálvez, era primo de Raúl Gálvez y socio minoritario de varias empresas del grupo familiar.
Aquel parentesco no me había parecido relevante cuando acepté el encargo sobre su exmujer.
Para esta investigada, Gálvez pretendía que la citase en uno de nuestros hoteles talismán y que avanzara con ella en los preliminares, es decir, que ambos nos quitásemos casi toda la ropa.
Carla aguardaría en otra habitación junto al cliente.
El plan de él incluía conseguir una copia de la tarjeta llave, entrar sin permiso y sorprender a su exmujer con las manos en la masa.
Quería utilizar las imágenes para amenazarla con la custodia y con la pensión compensatoria.
No era tan sencillo: su profesión, por sí sola, no decidía la custodia de los niños, y la pensión no desaparecía automáticamente por acostarse con hombres a cambio de dinero.
Además, grabar su intimidad y franquearle la entrada al exmarido podía inutilizar cualquier prueba y meternos en un buen lío.
Pero Gálvez no buscaba un informe impecable ni una victoria jurídica limpia.
Buscaba asustarla, avergonzarla y obligarla a ceder.
Ese era el verdadero encargo que me resistía a completar.
—Voy a llamarlo desde aquí mismo, a ver por dónde sale — informé a Carla.
—¿Qué le vas a decir?
—La verdad: que la hemos seguido durante varios días y que no hemos conseguido nada concluyente, más allá de verla quedar con amigos o amigas. Es casi toda la verdad. Veremos si insiste o se desanima.
—Va a querer seguir y lo sabes —me advirtió Carla.
—Nada es seguro hasta que ya ha ocurrido —la corregí mientras buscaba el contacto en el móvil. Pulsé una vez para llamar y una segunda para activar el altavoz.
El teléfono al que llama no se encuentra disponible en estos momentos… —anunció la voz grabada. Colgué, porque lo que venía después ya nos lo sabíamos—. Llamaré a su oficina.
—Dígame —contestó una apagada voz de mujer.
—Con el señor José Andrés Gálvez, por favor. Soy Eduardo y está esperando mi llamada —añadí para ahorrarme la típica evasiva de quien, con toda seguridad, era una secretaria adiestrada para actuar como cortafuegos de su jefe.
—El señor Gálvez no está… —La mujer pareció perderse en su
propia respuesta y dejó que un silencio incómodo ocupase la línea—. El señor Gálvez… ha muerto.
—¿Cómo que ha muerto? ¿Cuándo? —quise saber. Aunque no me importaba demasiado en lo personal, sí me afectaba como prestador de servicios, y mi curiosidad acababa de encenderse a la velocidad de la luz.
—Ayer. Ocurrió ayer.
—Pero ¿qué ocurrió? Parecía estar perfectamente sano — pregunté, esperando una respuesta más precisa.
—Lo mataron —dijo la mujer, compungida, antes de echarse a llorar.
—¿Asesinado? —pregunté, asombrado, mientras miraba a Carla. Ella se había quedado tan sorprendida como yo y tenía los ojos abiertos de par en par.
—Fue en el garaje de su casa —continuó la mujer por iniciativa propia—. La policía dice que lo estaban esperando. No sé nada más. Si puedo ayudarle en cualquier otra cosa…
—Se lo agradezco. Lamento su pérdida. Buenas tardes —me despedí. Colgué con una de las sensaciones más extrañas y contradictorias de mi carrera—. Parece que, al final, no vamos a tener que mentir —le dije a Carla.
—Edu, que lo han matado, coño —me reprochó—. Tienes menos sensibilidad que un martillo de herrero.
—Vale, vale, pero ni lo conocía de verdad ni me caía bien.
Además, mira lo que pretendía hacerle a la madre de sus hijos.
No voy a entristecerme y preocuparme por cada persona a la que maten —me defendí, convencido de que mi insensibilidad era completamente normal—.
Y nos hizo la provisión de fondos por adelantado.
—Eres incorregible del todo.
—Soy práctico —atestigüé, abriendo las manos de par en par.
—¿Y si ha sido ella? Sabía lo que él pretendía o, al menos, debía de sospecharlo. ¿Por qué, si no, esas escaramuzas para ir a su trabajo?
—No la veo capaz de matar a nadie —respondí sin demasiado convencimiento. Las motivaciones de las personas podían resultar sorprendentes y, habiendo hijos de por medio, nunca se sabía. Además, no la conocía absolutamente de nada, más allá de haberla seguido sin llegar jamás a hablar con ella.
—Pudo contratar a alguien. Tú mismo me dijiste que en ese piso se sacan un pastizal —argumentó Carla con una seguridad que no se correspondía con las pocas pruebas que teníamos.
—Sí, joder. Pero uno no hace esas amistades follando, supongo. Y tampoco hay anuncios por palabras que ofrezcan esos servicios.
—Hay móvil, capacidad y puede que oportunidad. Nunca se sabe.
—Fuera como fuese, no es asunto nuestro —zanjé mientras buscaba con la mirada el ejemplar de El Correo del día, que Bea habría dejado sobre mi mesa como de costumbre.
El Correo
7 de septiembre de 2023
El empresario J. A. Gálvez, hallado muerto a puñaladas en el interior de su coche
Un ajuste de cuentas se baraja como posible hipótesis, aunque las fuentes policiales no descartan otros móviles. La investigación continúa abierta.
Quien cometió el crimen habría esperado al empresario en el garaje de su domicilio y lo habría atacado cuando se disponía a bajar del vehículo.
La víctima recibió varias puñaladas en el cuello, el tórax y el abdomen, que le provocaron la muerte casi inmediata.
Los investigadores descartan, en principio, el robo: el hombre llevaba encima una importante suma de dinero en efectivo y varios efectos personales de gran valor.
El vehículo no presentaba señales de haber sido registrado y no parecía faltar ningún objeto, por lo que los investigadores barajan un posible móvil pasional o un ajuste de cuentas.
—¿Cerramos el expediente o informamos a la policía de que nos había contratado? —preguntó Carla.
—No veo qué puede aportar un encargo para espiar a su exmujer.
—Eso lo decidirá quien investigue el asesinato. Tenemos seguimientos, fechas, llamadas y una persona a la que él pretendía perjudicar. Ocultarlo nos convierte en un problema.
Busqué una objeción que no sonara a comodidad. No la encontré.
—Prepara una copia del expediente y una relación de accesos —dije—. Entregaremos solo lo relacionado con Gálvez y dejaremos constancia de la cadena de custodia.
Carla ya había abierto una carpeta nueva.
—La llamada la haces tú. Marqué el número de la comisaría mientras ella anotaba la hora.
Por primera vez desde que conocimos la muerte de Gálvez, el expediente dejó de pertenecernos.