Capítulo 25
La prostituta
Me desperté en mi cama con un enorme dolor de cabeza. Miré el reloj y descubrí con sorpresa que eran las seis de la tarde.
—¿Qué cojones? —me pregunté, sin tener ni idea de por qué seguía en la cama a aquellas horas.
Las persianas estaban bajadas, aunque no cerradas del todo, y la luz del exterior se filtraba entre las lamas, llenando de una claridad tenue mi habitación. Estaba sudando y, de manera incomprensible, ni siquiera me había quitado la ropa.
—Tengo que dejar la bebida —me prometí por enésima vez, pese a ser consciente de que no tenía un problema real con el alcohol. Aquello no era nuevo: ya me había ocurrido en otras ocasiones.
El problema era que cada vez me sucedía con mayor frecuencia. Intenté reconstruir las horas anteriores, pero no encontré un solo recuerdo al que agarrarme. No sabía dónde había estado, con quién ni cómo había regresado a mi propia cama.
—¿Tendré que visitar a un loquero? —me pregunté, medio en broma—. Será el jodido estrés. Esta vida va a acabar conmigo — concluí, decidido a no darle más vueltas a un asunto que, en el fondo, empezaba a inquietarme.
Recordé que tenía que finiquitar el asunto de la exmujer que se prostituía, pero tenía sentimientos encontrados.
Por un lado, mi cliente era un cabronazo con mucho más dinero que corazón o escrúpulos y quería joderle la vida a su ex.
Por otro, mi investigada era compañera de mi nuevo amor, Alejandra, a quien deseaba llamar a todas horas, aunque había decidido darle algo de espacio mientras construía su nueva vida profesional.
Tarde o temprano tendría que decirle que era detective privado y que había acudido a la casa de citas siguiendo a su compañera por encargo del exmarido.
Me habría gustado añadir que me negué a rematar la investigación porque no existían pruebas concluyentes, pero ahí surgía otro conflicto.
Incumplir lo contratado no era una práctica recomendable si uno pretendía que el boca a boca funcionase como herramienta de marketing.
Ocultar lo que la investigación había revelado tampoco era una buena praxis.
Estaba, por decirlo de una manera suave, en un aprieto.
Decidí que lo primero era despejarme. Para conseguirlo, nada mejor que una ducha casi fría y, después, un café largo con una buena cantidad de hielo. Tras cumplir el plan exactamente por ese orden, llamé al móvil de Carla. Contestó antes de que llegase el segundo tono.
—¿Dónde coño estabas? —fueron sus primeras y enfadadas palabras.
—No te lo vas a creer, pero hasta hace un momento estaba durmiendo —me disculpé, como si ella fuese mi jefa y no al revés.
—¿En la cama de quién, si puede saberse?
—¿Estás celosa? —me burlé. Que me saliese la broma era un buen síntoma: indicaba que ya estaba casi a pleno rendimiento.
—Más quisieras. Lo que pasa es que estaba preocupada y he entrado en tu casa para comprobar si estabas durmiendo la mona, pero no. No estabas —replicó, visiblemente enfadada.
—¿A qué hora ha sido eso? —quise saber, ahora bastante más confundido.
—No lo sé. Cuando he llegado por la tarde a la oficina, supongo que sobre las tres.
—Me gusta que te preocupes por mí. Eso es amor y lo sabes — la pinché para despistarla y, de paso, evitar que siguiera preguntando por qué no estaba en casa tres horas antes, cuando yo mismo era incapaz de explicarlo.
—Lo que tú digas. ¿Pero dónde coño estás?
—Llegando. Enseguida te veo.
—¿No habrás vuelto a verte con la bruja? —preguntó, airada.
—Que no, que no es eso.
—Dime la verdad, ¿eh? Sabes que está loca y que es un puto peligro.
—Pero está muy buena y tiene un morbo que…
—Esa mujer te costará la vida, coño. A ver si espabilas.
Se refería a Camila, una brasileña que comenzó siendo mi clienta y terminó convertida en una relación obsesiva por su parte y morbosa por la mía.
Se autodenominaba bruja y tenía en casa un altar, un libro de conjuros, un gato negro, muñecos de vudú y toda la parafernalia.
A cualquier persona normal aquello la habría llevado a poner tierra de por medio; a mí, después de descubrir que era una puta diosa en la cama, me produjo el efecto contrario.
Era guapísima, tenía un cuerpazo y… ¡Joder!
Solo de contárselo a usted me estoy empalmando.
Le ruego que no me juzgue; póngase en mi lugar.
Además, tenía una novia espectacular, de unos veintitrés años.
Le sugerí a Camila hacer un trío con ella y ambas aceptaron.
A cambio, toleré que me arrancase vello púbico para pegarlo a uno de sus muñecos y clavar agujas donde se suponía que estaban mis partes, además de que escribiese amenazas con carmín en el espejo del ascensor de mi casa.
Créame: he experimentado un poco en esos mundos y nunca he conocido a otra mujer capaz de hacer lo mismo que Camila en una cama.
En fin, Carla conocía mis escarceos con la brasileña y había presenciado un par de rupturas y sus correspondientes recaídas en sus caderas, de modo que se preocupaba con motivos de sobra.
No viene al caso, pero una vez Camila me puso cocaína sobre el glande antes de acostarnos.
Yo, que ni me drogo ni me he drogado nunca —al menos conscientemente—, puedo decirle que aquello fue un éxtasis larguísimo que habría repetido sin dudar.
Ese razonamiento impecable me hacía volver a su cama y llevaba a Carla a imaginarme descuartizado en algún ritual.
Pero a lo que iba. Como Carla sabía que a las tres yo no estaba en casa, decidí no entrar en mi despacho por la puerta secreta. Miré por la mirilla, comprobé que no había nadie en el descansillo, salí de casa y entré en la oficina como si llegase desde la calle.
—Buenas tardes, Bea. ¿Dónde está la gruñona? —pregunté con una sonrisa, refiriéndome afectuosamente a Carla.
—No le gusta que la llames gruñona —me corrigió ella, maternal, con una sonrisa—. Está en su despacho, gruñendo, pero solo un poquito.
—Como te oiga, se va a poner hecha una…
—¡Os he oído a los dos, pareja de idiotas! —exclamó la aludida, fingiendo enfado mientras asomaba la cabeza por la puerta de su despacho—. ¿Es que aquí nadie, aparte de mí, se toma las cosas en serio?
—¿Lleva así todo el día? —le pregunté a Bea en un susurro perfectamente audible para chinchar aún más a Carla.
—A mí no me metáis en vuestros líos —dijo la eficiente Bea, devolviendo toda su atención a la pantalla del ordenador.
Carla salió de su despacho y me examinó de arriba abajo.
—Antes de que cambiemos de tema, ven conmigo.
Me condujo hasta el garaje del edificio y se detuvo frente a mi coche.
—Ayer cerré el parte de kilometraje de los dos vehículos —dijo—. El tuyo marca algo más de doscientos kilómetros de diferencia.
—Habré olvidado apuntar algún servicio.
—Y esta tarde, cuando entré en tu casa, el coche tampoco estaba aquí.
Yo había cambiado de camisa después de la ducha, pero me había puesto la misma chaqueta sin pensarlo. Carla pellizcó la tela junto al hombro y arrancó una fibra verde, corta.
—¿Y esto? —preguntó.
Antes de que pudiera encogerme de hombros, la quitó con aires de broma.
—Al menos no te has revolcado en hierba.
—No tienes remedio —me defendí—. Tenemos que terminar lo de la ex que vende su cuerpo —le dije a mi adjunta con cara de no tener ninguna gana de hacerlo.
—¡Aleluya! Un caso fácil y sencillo que se está alargando más de la cuenta porque estás en la parra o en la higuera.
—Es que… Ya sabes: el tío es un cerdo, ella cuida bien a sus hijos y parece una buena mujer —argumenté.
—Ya, pero eso no nos incumbe. Nos contrataron para hacer un trabajo, sencillo, he de decir, y aquí seguimos todavía.
—Quiere joderle la vida, Carla —insistí.
—Lo sé, no soy idiota —replicó con un resoplido que demostraba que a ella tampoco le gustaba—. Pero, si dejamos el expediente sin cerrar, nos perjudicará con toda seguridad. Ese tío no es trigo limpio y, además, está muy bien relacionado. ¡Ya lo sabes, joder!
—¿Y si lo llamo y le digo que no tenemos pruebas concluyentes de que ella se prostituya?
—Le estarías mintiendo si ocultaras lo que hemos visto. Lo correcto es cerrar el informe con los resultados reales, sin afirmar lo que no podemos demostrar. Nosotros no inventamos pruebas, ¿recuerdas?
—Bueno, en realidad no tenemos pruebas de que se venda.
—Sí que las tenemos —protestó ella.
—No, no las tenemos —la corregí—. Solo la hemos visto entrar en un piso de citas, pero no podemos afirmar que mantuviese relaciones sexuales con hombres a cambio de dinero.
—Tú y yo sabemos que lo hace.
—Estamos casi seguros, pero no tenemos nada que podamos presentar como una prueba concluyente —insistí.
Nuestro modus operandi en algunas infidelidades se parecía bastante a aquello, aunque no era precisamente el método que uno explicaría con orgullo en una conferencia del colegio profesional.
Procurábamos conseguir una habitación próxima y documentábamos, desde las zonas comunes, a los implicados entrando y saliendo de la misma habitación, por separado y en distintos momentos.
Cuando aparecía un patrón, repetíamos el seguimiento e informábamos al cliente, fuese hombre o mujer.
Alguna vez el contratante había querido presentarse en el hotel.
Entonces, con un medio de grabación oculto —un falso pin, por ejemplo—, llamábamos a la puerta y pronunciábamos aquello de: «Servicio de habitaciones, les traemos un obsequio».
Si abrían, la sorpresa solía bastar para revelar lo que sucedía.
Si el cliente aprovechaba para irrumpir, yo miraba hacia otro lado, aunque sabía que una habitación de hotel era un espacio reservado y que aquella invasión podía convertir una investigación válida en un problema mucho más serio.