Capítulo 24 #2
Ese mediodía, la alargada mesa de la casa de los García estaba tan concurrida como en los días de fiesta, con la diferencia de que no había jolgorio, risas ni voces altas.
Tampoco había vino ni licores. En su lugar, solo había caras largas, silencio y susurros.
Tras el postre llegó el café y, después de este, las despedidas.
Carlos recorrió con un único pensamiento los apenas cuarenta y cinco minutos que separaban aquel pueblo de la Sierra Norte del piso familiar en Madrid. Acompañó a Marisol hasta la vivienda y la besó antes de despedirse.
—Volveré antes de la hora de cenar —prometió.
—¿No puedes quedarte ni siquiera hoy? —rogó ella.
—No. Tengo trabajo que no puede esperar —mintió. Kiko le había ofrecido tomarse cuantos días necesitara y, por supuesto, no hacía falta que regresase a la clínica aquella misma tarde.
—Llamaré a mi prima para que me traiga a los niños. Tendrán ganas de volver a casa —indicó Marisol.
Carlos besó de nuevo a su mujer y regresó al coche, mal aparcado sobre la acera justo enfrente del portal.
Condujo con prisa, sorteando el tráfico de la tarde en la capital.
Al llegar a la clínica, entró en el aparcamiento subterráneo y estacionó en la plaza identificada con la matrícula de su Simca 1200.
Se resistía a sustituirlo por un Mercedes-Benz más moderno y lujoso, como le pedía su jefe por razones de empaque, posición e imagen para el negocio.
Subió en el ascensor sin su habitual e inseparable cartera portafolios de cuero. No la había necesitado aquel día y lo aguardaba bajo el escritorio.
—Conchi, necesito que bajes al archivo y me traigas los libros de registro y los expedientes de los partos de los últimos cinco años —ordenó a su secretaria al pasar junto a ella sin apenas detenerse.
—¿Todos? —preguntó la eficiente Conchi, consciente de que aquella petición era tan desproporcionada como inusual.
—¡Sí, todos! —zanjó él antes de entrar en su despacho, decidido a servirse una buena copa de whisky con hielo.
—Me va a llevar un buen rato subir todas esas carpetas — murmuró la mujer para sí misma, pues su jefe ya no podía escucharla.
Por motivos diferentes, tanto Conchi como Carlos lamentaron que la informatización del archivo apenas hubiese comenzado en la clínica.
Desde hacía solo cuatro meses, los datos básicos de los nuevos pacientes se introducían también en el sistema informático.
El doctor De Palacios pretendía que las secretarias fueran volcando poco a poco la información de los expedientes antiguos cuando la carga de trabajo se lo permitiese.
A juzgar por ellas, aquello no sucedería nunca.
Carlos habría querido disponer de todos aquellos datos en el ordenador.
Le habría bastado con introducir unos criterios de búsqueda para obtener un informe objetivo en poco tiempo.
Conchi, por su parte, habría deseado no tener que bajar una y otra vez al archivo del sótano y acarrear centenares de carpetas con la ayuda de un carro enjaulado de metal.
Además, odiaba aquel lugar oscuro y caluroso.
Media hora después, empujó dentro del despacho de Carlos el carro con la primera remesa de carpetas: azules para los niños y rosas para las niñas.
—¿Dónde las pongo?
—Apílalas en el suelo, en aquel rincón. Según las revise, las dejaré al otro lado del despacho y así no nos liaremos —respondió señalando la pared junto a la ventana. Dio por hecho que ella lo ayudaría con la clasificación cuando terminase de subir todas las carpetas.
La mujer obedeció sin rechistar, como hacía siempre, y salió de la oficina en dirección al ascensor.
Carlos comenzó a abrir un expediente tras otro. Solo necesitaba localizar unos pocos datos en cada uno —fecha, equipo responsable, tipo de parto y desenlace de cada recién nacido—, pero aun así tardaba cerca de dos minutos por carpeta y avanzaba más despacio de lo que crecía la pila.
Dos horas más tarde, cuando el reloj estaba a punto de marcar las ocho, Carlos apenas había revisado sesenta y dos carpetas y, al otro lado de la sala, aguardaban cientos de ellas.
—Ya están todas —anunció Conchi, agotada y aliviada casi a partes iguales.
—¿Cuántas carpetas caben en ese chisme? —preguntó él, refiriéndose al carro.
—He metido doscientas cada vez. Podría cargar alguna más, pero así se maneja un poco mejor por el pasillo.
—Madre mía, nos van a dar las mil —dijo Carlos al recordar la promesa que había hecho a Marisol.
—¿Qué tengo que buscar? —preguntó Conchi con disposición, deseosa de comenzar cuanto antes para terminar lo antes posible. Conocía a su jefe y sabía que nunca dejaba una tarea a medias.
—Estoy calculando la mortalidad perinatal registrada por cada equipo médico —explicó en referencia a Francisco y a él mismo, que supervisaban la atención de los recién nacidos junto con sus respectivos residentes.
Los cuatro médicos se repartían las guardias nocturnas y de los días festivos, aunque Carlos y Francisco eran los más beneficiados.
Su posición les permitía delegar siempre que quisieran en los otros dos facultativos.
Cada residente respondía ante su responsable directo y formaba parte del equipo de este.
—¿Para qué? —se interesó Conchi.