Errores del destino Capítulo 24
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Capítulo 24

Gemelos

—Los caminos del Señor son inescrutables —le había dicho el afligido padre a la desconsolada madre, que perdía a su segundo hijo.

La primera pérdida había sido un accidente del que ella todavía se culpaba.

Un día de verano, cuando uno de sus hijos era aún un bebé, lo había dejado a la sombra de un manzano mientras ayudaba a su marido con la cosecha.

No hubo maldad, solo trabajo y dedicación mientras el día avanzaba y la sombra protectora abandonaba poco a poco al pequeño hasta dejarlo expuesto al calor abrasador.

Nada pudieron hacer por él. Su marido, entonces igual que ahora, se había encomendado a los extraños designios de su Señor, bondadoso y castigador.

Los hermanos y las hermanas de Luci se habían quedado sin la mejor de las personas, la que los consolaba y animaba desde que tenían uso de razón.

Luci, amable, bondadosa y cariñosa, ya no estaba entre ellos, salvo de cuerpo presente en un ataúd cerrado para que no viesen los efectos de la muerte y pudieran recordarla guapa y brillante como siempre había sido.

Ya no acudirían a ella con sus preocupaciones, alegrías o temores.

Había dejado un vacío que creían imposible de llenar.

Las lágrimas, los lamentos y la congoja lo abarcaban todo en aquella iglesia que, en otro tiempo, había sido un convento.

Todos lloraban a una hija o a una hermana.

Antonio, el padre, perdió la conciencia y cayó al suelo como ya había sucedido el día en que Carlos les anunció que había sido expulsado de la congregación de frailes.

Al ver desvanecerse a su padre, Carlos comprendió que la pérdida de Luci le provocaba un dolor comparable al del día en que él abandonó a los monjes.

Aquel día, pensó, su padre también había perdido a un hijo.

Saberlo lo hizo llorar de manera más profunda y amarga.

La rabia se apoderó de él y cerró los puños, deseando encontrar al hombre que había dejado embarazada a su hermana para después abandonarla.

Estaba seguro de que sería capaz de matarlo.

Sin aquel abandono, nada habría sucedido; Luci seguiría siendo pura a ojos de su familia y, lo más importante, seguiría viva.

Desde el primer banco del flanco derecho de la recogida capilla, observó cómo alguien agitaba un abanico para dar aire a su padre, ahora sentado en un banco de madera.

Vio también cómo sus hermanas, desgarradas, se abandonaban al llanto, mientras los hombres permanecían impotentes e inmóviles y apenas unas lágrimas les descendían por las mejillas.

Miró el féretro cerrado de madera de caoba e imaginó a Luci dentro, desfigurada por el impacto contra el suelo.

Él creía ser el único de la familia que conocía la verdad sobre aquella muerte y la desdicha que había conducido a su hermana hasta ella.

Una desdicha que, a su juicio, no se habría producido en una sociedad diferente y, por qué no pensarlo, en una familia distinta.

Pero Carlos ignoraba que Luci no estaba allí con ellos, ni siquiera de cuerpo presente. Seguía viva en un lugar bien distinto: el mismo al que él, su comprensivo hermano, le había recomendado ir, aunque ahora se encontraba allí en otras condiciones y con fines muy diferentes.

El féretro que contemplaban y lloraban los familiares directos, los amigos y los vecinos del pequeño pueblo había sido rellenado con suficiente arena de construcción para añadir los cincuenta y cinco kilos que pesaba Luci.

La familia rezaba ante una caja llena de arena que pronto reposaría en un nicho.

Acudirían a visitarlo cada Día de Difuntos y colocarían flores ante él sin sospechar jamás lo que contenía.

Carlos no pudo soportar por más tiempo aquella parte de la farsa que sí conocía y salió de la capilla para tomar aire. Solo su esposa, Marisol, pareció darse cuenta y lo siguió hasta la calle vacía.

—¿Quieres que te acompañe? —le propuso mientras arqueaba el cuerpo para compensar el peso de la enorme barriga en la que crecían los gemelos.

—Estarías mejor sentada. No debes hacer esfuerzos —le dijo él entre lágrimas, reuniendo todo el cariño que pudo para dirigirse a su esposa—.

El estrés no es bueno para los gemelos —añadió mientras se quitaba las caras gafas con montura chapada en oro de veinticuatro quilates y limpiaba con un pañuelo los cristales salpicados de lágrimas.

—Estoy bien, no te preocupes —le mintió ella al tiempo que lo rodeaba con el brazo para transmitirle su cariño.

—Ya faltan pocas semanas para… —Señaló con la mirada la enorme barriga de su delgada mujer—. No conviene que te fatigues ni que se adelante el parto. Debes descansar todo lo posible.

La palabra «gemelos» provocó entonces una asociación inesperada y apartó a Carlos durante unos instantes de la muerte de su hermana.

Hasta ese momento, jamás había considerado que determinados desenlaces de la clínica pudieran constituir una pauta.

Siempre los había aceptado como complicaciones aisladas, distintas entre sí.

No podía extraer una conclusión certera y ni siquiera sabía si aquella sospecha tendría sentido, pero comprendió que debía investigar los datos antes de desecharla.

—Volvamos dentro. Ella se merece nuestra despedida —le indicó a su esposa con una compostura repentina.

Marisol aceptó, agradecida por la posibilidad de sentarse de nuevo y descansar la espalda y los tobillos hinchados.

Quince minutos más tarde, el féretro cargado de arena salía de la casa del Señor a hombros de cuatro hermanos de Luci.

Carlos ocupaba la primera posición de la derecha.

Depositaron con sumo cuidado el cajón de madera sobre la cubierta de acero inoxidable del coche fúnebre y lo siguieron en una marcha lenta hasta la puerta del modesto cementerio.

Allí volvieron a cargar con él para introducirlo finalmente en un nicho de la segunda fila.

Empujar el féretro hacia el interior de aquel sepulcro estrecho y oscuro desató un llanto general. Fue como si la despedida auténtica se produjese en ese momento y, solo entonces, la muerte de Luci se volviera verdadera para todos ellos.

El albañil, acostumbrado e impasible, esperaba la orden del párroco junto al cemento mezclado con arena y agua y los ladrillos justos que necesitaría para sellar la entrada.

* * *

—Padre de bondad —comenzó el sacerdote—, encomendamos a tu cuidado el alma de nuestra hermana, sostenidos por la esperanza de que en el último día resucitará con Cristo, junto con todos los que han muerto con él.

Te damos gracias por todos los beneficios con que la favoreciste en esta vida mortal; beneficios que para nosotros se convertirán en signos de tu bondad y en la expresión de esa santidad que brota de la comunión con Cristo.

Por eso, Señor, escucha con misericordia nuestros ruegos: abre para tu hija las puertas del Paraíso; concédenos, a los que permanecemos en esta vida, la gracia de poder consolarnos mutuamente con palabras de esperanza hasta que lleguemos a Cristo, y así podamos vivir siempre contigo y con esta hermana nuestra.

Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

Amén. Concédele, Señor, el descanso eterno.

Y brille para ella la luz que no tiene fin.

— Nada más terminar, el sacerdote hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

* * *

El albañil se dispuso a cumplir su tarea con la precisión de quien la había realizado demasiadas veces.

Cinco minutos después, todo había terminado.

Los amigos y los vecinos comenzaron a consolar a la afligida familia, al igual que las dos monjas de las Misericordes que habían acudido en representación de la orden y cuya presencia hizo sentir al padre de Luci como si el mismísimo Dios hubiese descendido en cuerpo y alma hasta el funeral de su hija.

Carlos permaneció erguido, serio y sereno frente a la pequeña reja metálica que daba acceso al camposanto para despedirse personalmente de cuantos habían acudido a presentar sus respetos.

Estrechó la mano de los hombres y dio dos besos en las mejillas a las mujeres mientras numerosos detalles y recuerdos acudían a su cabeza, aunque, en realidad, ninguno de ellos guardaba relación con su hermana.

Allí todos lo llamaban Carlos y nadie se dirigía a él como doctor, como estaba acostumbrado a que sucediese en la ciudad. La cercanía de quienes lo habían visto crecer e incluso nacer lo reconfortaba de una manera que ninguna otra cosa habría conseguido.

Francisco, Kiko, su jefe, fue el último de todos. Abrazó con fuerza a su amigo antes de despedirse:

—Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites —le dijo.

Carlos asintió con cierta formalidad mientras analizaba la verdadera naturaleza de su amistad.

—Lo sé. Gracias…, Kiko —respondió con una mueca forzada.

—Te dejo con la familia. Para cualquier cosa que necesites, me tienes al teléfono. Salgo ahora hacia Barcelona, pero Sagrario sabrá dónde y cómo localizarme —indicó, refiriéndose a su omnipresente secretaria.

—Te lo agradezco de veras. Ya hablaremos estos días —le aseguró mientras le estrechaba la mano.

Cuando De Palacios hubo salido del lugar sagrado, Carlos volvió la vista hacia el cementerio mientras sujetaba la cancela de hierro forjado con una mano.

—Lo siento mucho —susurró para su hermana, con la esperanza de que pudiera escucharlo y perdonarlo, mientras una lágrima le descendía por la mejilla.

Se recompuso y cerró la portezuela haciendo girar la pesada y oxidada llave antigua, que después entregaría a su padre, pues su familia se encargaba del cuidado del cementerio.

Habría preferido montar en el coche con su mujer y marcharse de allí de inmediato, como si poner distancia con aquel lugar pudiera ayudarlo.

Pero no podía hacerlo: se debía a su familia y tenía que permanecer con ellos.