Errores del destino Capítulo 23 #2
44%

Capítulo 23 #2

Carlos escuchó con tanta atención como preocupación y no pudo evitar un instante de alivio al saber que su hermana había sobrevivido al parto.

Por su profesión, conocía la rapidez con la que una presentación de nalgas podía complicarse, sobre todo fuera de un hospital, y sabía que una hemorragia grave podía costarle la vida a una mujer en cuestión de minutos.

La secuencia era terrible, pero posible.

Aquella lógica médica hizo que no dudase de la historia.

—La subieron a su habitación esta mañana, a las siete y media.

Estaba débil, pero estable y, por supuesto, destrozada —continuó Francisco con la parte más dura del relato—.

Poco antes de las ocho, un golpe fortísimo junto a la entrada llamó la atención del personal.

Cuando salieron, encontraron a Luci… A nuestra Luci muerta, Carlos.

Carlos se quedó ausente, como si no hubiese comprendido la última frase.

—Me has dicho que Luci estaba bien, ¿verdad? —preguntó, desorientado.

—Se arrojó por la ventana, Carlos —aclaró Kiko con suavidad.

—¿Está muerta? ¿Luci está muerta?

—Era un quinto piso, Carlos. No podía sobrevivir a semejante impacto. Al menos no sufrió más de lo que ya había sufrido al ver a su niña muerta —concluyó su jefe con un suspiro que Carlos interpretó como dolor, aunque en realidad era de alivio.

—Quiero verla, Kiko.

—No es una buena idea, amigo —trató de disuadirlo—.

Luci ya no está con nosotros y su cuerpo no se parece al que recuerdas.

El impacto fue tan violento que su cabeza…

No quiero describírtelo. Yo ya he tenido que pasar por ello y no permitiré que te lleves esa última imagen de tu hermana.

Es mejor que la recuerdes guapa y feliz, como la vimos siempre.

—Pero la policía hará preguntas. Sabrán que estaba embarazada y, claro, padre y madre se enterarán. Todos mis hermanos lo sabrán —dijo Carlos—. Entonces habremos hecho todo esto para nada.

—Sé que es duro, pero, como amigo, debo decirte lo que pienso y también lo que me preocupa. Podemos evitar que la muerte figure como un suicidio. No sé si me entiendes.

—No. No te sigo —contestó, sobrepasado.

—Si hacemos constar que murió de manera repentina por una causa natural, podremos certificar la defunción sin que nadie tenga que investigar lo que ocurrió en la casa y…

—Pero es… era muy joven —lo interrumpió Carlos, reuniendo toda la lucidez de la que fue capaz—. El médico del Registro Civil querrá comprobar el cadáver y, si encuentra algo extraño, habrá diligencias y una autopsia. ¿Qué haremos entonces?

—Puedo arreglarlo. Tengo amigos que me deben favores y estoy dispuesto a cobrármelos por Luci. Me ocuparé del certificado, de la comprobación y de la licencia de enterramiento. Tú no tendrás que hablar con nadie ni explicar nada —le aseguró.

—Entonces, ¿no figurará como…? ¿Ni aparecerá el embarazo?

—No. A los ojos de la Iglesia no será una suicida y su embarazo tampoco figurará en ningún documento que pueda llegar a vuestra familia.

Podrá ser enterrada junto a los vuestros.

Nadie sabrá la verdad y, dado el estado de su cuerpo, te recomendaría un entierro con el ataúd cerrado.

De ese modo, además, podremos enterrar a su bebé con ella.

Estoy seguro de que Luci lo habría querido así —le insinuó.

—Yo también lo creo —dijo Carlos entre lágrimas, después de haberse contenido todo lo humanamente posible.

—A ti puedo decírtelo sin tapujos —prosiguió el doctor—.

Aquel lugar está destinado a proteger la identidad de las mujeres que acuden a nosotros, pero sabes que todavía no tenemos ninguna licencia de actividad.

Una investigación allí podría traerme problemas muy graves.

Perdería mi licencia con toda seguridad y, probablemente, también la clínica, con lo que tú perderías tu trabajo.

Además, el embarazo de Luci saldría a la luz.

Sé que es duro, pero esto es lo mejor para todos, incluida la pobre Luci y vuestra familia.

—No te preocupes —repuso Carlos, sorbiéndose los mocos y secándose las lágrimas con la mano izquierda—. Lo haremos como dices. Será lo mejor.

—Gracias, amigo —respondió Francisco—. Lamento muchísimo tu pérdida.

—Gracias a ti. Si me disculpas, voy a cancelar las visitas. Necesito procesar todo esto.

—Por supuesto. Si necesitas unos días libres, solo tienes que decirlo; ya lo sabes. Y, como siempre, mi puerta está abierta para ti a cualquier hora.

Se despidieron y Carlos rompió a llorar nada más pedirle a su secretaria que no le pasase ninguna llamada. En la habitación desde la que había telefoneado, Francisco dejó el auricular sobre su soporte y se volvió hacia Álex, que lo observaba impasible.

—Felicidades, Paquito —dijo Álex con sarcasmo mientras daba dos palmadas lentas y sonoras.

—Te dije que podía hacerlo —se defendió Francisco, dolido por haber mentido de aquel modo a una de las pocas personas en las que podía confiar.

—Y yo nunca lo dudé —mintió Álex—. Solo quería disfrutarlo —añadió mientras se levantaba y se disponía a salir, dejando al médico a solas—.

Por cierto, ese gasecito tuyo es una maravilla.

Lo he soltado por la rejilla y la ha dormido sin dejarle tiempo para reaccionar ni una marca que pueda encontrar.

Quizá te pida otra carga para mis asuntos, ya sabes —dijo, guiñándole un ojo.

Salió sin darle a De Palacios la oportunidad de responder.