Capítulo 23
Cambios
Álex bajaba desnudo las escaleras que había subido apenas unos minutos antes, contrariado y satisfecho a partes iguales.
No le preocupaba que alguien lo viese. Sabía que a esa hora no había nadie en la granja aparte de las residentes y, aunque se hubiera cruzado con alguien, tampoco le habría importado.
Lo contrariaba que los planes no se cumpliesen, porque, según él, estaban precisamente para cumplirse.
Lo satisfacía, en cambio, saber que la invitada de lujo, como acostumbraba a llamarla en sus pensamientos, ya no podría hacer ni decir nada.
Antes de bajar había abierto la llave oculta que alimentaba la rejilla de ventilación de su habitación.
El siseo casi imperceptible le confirmó que la mezcla comenzaba a circular.
Mientras descendía, contempló con orgullo su miembro, suspendido entre la erección y la flacidez, consultó el reloj de pulsera —la única prenda que llevaba— y resopló al comprobar la hora.
Aceleró el paso. Primero tenía que completar la inseminación; después haría la llamada. Recordarlo le devolvió el buen humor.
—Bueno, querida, disculpa la interrupción. Me ha distraído y, además, me ha cortado un poco. Lo mejor será que me la chupes un rato —dijo con maldad, decidido a atormentar todavía más a la mujer, mientras su miembro recuperaba el vigor con solo percibir su miedo.
Se acercó lentamente a la cama por el lado derecho y se acuclilló a la altura de la cabeza de la mujer, que, tendida y atada boca abajo, había comenzado a llorar de nuevo. Le acarició el largo cabello castaño y le manoseó la espalda hasta casi llegar al culo mientras acercaba el miembro a su cara.
—Ya sabes cómo se hace, así que no hagas ninguna tontería — la amenazó casi con dulzura—.
No hace falta que uses las manos; yo te ayudo —se burló al tiempo que se agarraba la verga y apretaba el glande contra los labios cerrados de ella—.
Abre la boquita o tendré que hacerte daño, y no quiero hacerlo —mintió.
La mujer terminó por ceder, vencida por el miedo y la repugnancia. Álex prolongó la vejación y se deleitó con cada arcada que le provocaba al obligarla a introducirse todo aquello en la boca.
—Bueno, bueno, no me hagas parecer egoísta.
No quiero venirme en tu boca y dejarte sin lo tuyo —se mofó mientras se retiraba por el mismo lateral de la cama por el que había subido y buscaba con la mirada el pulverizador de aceite de oliva.
Cuando se hubo lubricado, se colocó detrás de ella y la penetró con violencia. La mujer no pudo contener un chillido.
—Muy bien. Te recomiendo que sigas gritando —le susurró mientras apoyaba el pecho sobre su espalda.
Cuando terminó, un rato después, regresó a la quinta planta y comprobó que la mezcla había hecho efecto.
Luci yacía inconsciente junto a la puerta, sin haber tenido oportunidad de acercarse a la ventana.
Álex cerró la llave del conducto, ventiló la habitación y se ocupó de trasladarla a otra estancia de una de las plantas inferiores.
Después fue hasta su cuarto, se dio una ducha casi fría y se vistió antes de hacer la llamada.
—Me ha visto —dijo a modo de presentación.
—¿Quién te ha visto? —preguntó Francisco, sorprendido.
—Tu invitada especial o tu recomendada, si lo prefieres.
—¡Joder, Álex! ¿Cómo ha podido pasar?
—En primer lugar, no ha sido culpa mía. En segundo, no tengo ni idea de cómo ha ocurrido. Pero ha ocurrido.
—¿Es grave? Quiero decir, ¿qué ha visto? —preguntó Francisco, muy nervioso.
—Me ha pillado in fraganti —respondió Álex antes de detenerse un momento a pensar—. Bueno, casi. Me ha visto a mí y a una de las mujeres.
—Tendré que hablar con ella y…
—¿Hablar, Kiko? —lo interrumpió, empleando por primera vez aquel diminutivo familiar—. ¿Acaso te has vuelto loco? No hay nada de lo que hablar. Lo que hay que hacer es deshacerse de ella.
—¡No digas barbaridades! Es la hermana de Carlos y fue una de nuestras monjas. No podemos matarla y dar el asunto por terminado —replicó Francisco, atreviéndose a levantarle la voz por primera vez en su vida.
—No tenemos por qué hacerlo nosotros. A veces ocurren desgracias —explicó Álex con una jovialidad que aterrorizó a De Palacios.
—No le va a pasar nada. Y punto.
—Escúchame un momento y déjate de sensiblerías. Esto es un negocio, y uno bien cojonudo. Permíteme recordarte que eres quien eres y estás donde estás única y exclusivamente porque yo decidí ayudarte —lo acusó, dejando después un silencio para que aquella amenaza llegase al otro lado de la línea.
—Lo sé, lo sé. Es solo que…
—¡Chorradas! Ella se lo buscó follando por ahí primero y pensando después en las consecuencias. Si hasta su hermano quiso quitársela de encima, joder.
—No digas eso. No es verdad.
—Sea verdad o no, da lo mismo a estas alturas. Así que escúchame bien y no vuelvas a interrumpirme. Vas a hacer exactamente lo que yo te diga.
Acto seguido, Álex le explicó con precisión la historia que tendría que contarle a Carlos, aquello que debían conseguir que aceptase y los trámites que De Palacios tendría que amañar para convertir la desaparición de Luci en una muerte creíble. A Francisco no le quedó más remedio que aceptar.
* * *
Luci se despertó sobresaltada, sin tener conciencia de haberse dormido siquiera.
Tenía la boca seca, la cabeza embotada y un vacío en la memoria desde el momento en que había apoyado la espalda contra la puerta de su habitación.
Entreabrió los ojos con la esperanza de despertar de lo que, a su juicio, había sido una pesadilla.
Giró la cabeza hacia la ventana y el corazón le dio un vuelco: en lugar de la abertura que recordaba había una pared con un pequeño armario.
—Esta no es mi habitación —se dijo, aterrada.
Por puro instinto, movió los brazos y las piernas para comprobar que no estaba atada como la otra mujer.
Se incorporó con premura y se examinó de arriba abajo para asegurarse de que nadie le hubiese hecho nada.
Buscó señales de pinchazos en los lugares habituales, pues, debido a su formación sanitaria, conocía los puntos idóneos para administrar sustancias por vía intravenosa, intramuscular o subcutánea.
No encontró ninguno. Tampoco recordaba haber percibido un olor extraño ni haber sentido que alguien entrase en el cuarto.
Llevó ambas manos al vientre y permaneció inmóvil, conteniendo la respiración, hasta que un movimiento bajo la palma derecha le confirmó que el bebé seguía vivo.
Aquello no la tranquilizó, pero al menos la liberó de una de las muchas preocupaciones que la asaltaban.
Para tratar de recomponer su nueva situación, se acercó a la ventana y observó un paisaje diferente.
La abertura ya no daba a su patio particular, sino a un terreno empedrado y a unos árboles que parecían pinos, aunque estaba segura de que no lo eran.
La estancia no solo tenía una orientación distinta a la de su antiguo cuarto, sino que además se encontraba más abajo.
Por la altura a la que veía el suelo, no supo deducir si estaría en la cuarta o en la tercera planta, pero tenía la certeza de que ya no se hallaba en la quinta.
A esas alturas conocía cada rincón de aquella planta y nada de cuanto la rodeaba pertenecía a ella.
Intentó comprender por qué el director de aquel lugar estaba violando a aquella mujer, a quien había supuesto una de las internas que iban allí a dar a luz.
—Un momento —se dijo—. Esa mujer no estaba embarazada. Y, si lo estaba, tenía que ser de muy poco tiempo.
La cabeza le daba vueltas a tal velocidad que llegó a sentir vértigo y olvidó por un instante su propio encierro.
Conjeturó cuanto se le ocurrió hasta recordar las palabras del hombre.
La había amenazado, aunque en medio del terror no lograba reconstruir cada frase.
Quería creer que se equivocaba, pero la serenidad con la que él había continuado desnudo, la absoluta ausencia de sorpresa y el modo en que había perseguido sus pasos no admitían una explicación inocente.
La mujer estaba allí contra su voluntad y Álex pretendía que quedase embarazada.
Luci solo pudo tener una certeza: su vida acababa de dar otro giro, esta vez sin concederle siquiera un periodo de calma entre un cambio y el siguiente.
Y, por primera vez, no encontraba ninguna forma de dirigirlo ni de recuperar el control.
* * *
La llamada llegó a primera hora de la mañana, después de que Carlos hubiese atendido en la consulta a su propia mujer, Marisol.
Los gemelos que esperaban parecían sanos y todo evolucionaba como debía en la semana treinta y dos de gestación.
Pronto serían seis en casa, lo que los obligaría a cambiar de coche y, pensó él, a empezar a utilizar algún método anticonceptivo.
Su secretaria le avisó de que el doctor De Palacios lo llamaba desde una línea exterior de la clínica.
—Hola, Kiko. ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó a su jefe y amigo con tono resuelto y animado, antes de contarle que el embarazo de Marisol continuaba sin complicaciones.
—Carlos —dijo Francisco con una voz apagada y triste que llevaba varios minutos ensayando—, ha ocurrido algo terrible y completamente inesperado.
—¿A qué te refieres? Me estás asustando.
—Es Luci, Carlos. Esta madrugada se puso de parto en la casa.
Fue uno de esos partos precipitados e imparables; ya sabes de lo que te hablo —continuó De Palacios, fingiendo un nudo en la garganta—.
La niña venía de nalgas y, cuando el equipo pudo atenderla, el expulsivo estaba demasiado avanzado.
Hubo una compresión del cordón y la criatura nació sin vida.
Intentaron reanimarla, pero nada pudieron hacer por ella.
Luci sufrió además una hemorragia importante, aunque consiguieron controlarla y salvarla.