Errores del destino Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Luci comprendió que no podía ignorar aquello. Tenía que socorrer a aquella mujer, fuera lo que fuese lo que la atormentaba. Se acercó con cautela al umbral y aguzó el oído, pero entonces solo escuchó un sollozo continuo y apagado.

Al llegar a la puerta, la empujó con cuidado para evitar que hiciese ruido.

La disposición de la estancia le impidió ver lo que ocurría hasta que la abrió casi por completo.

Una mujer desnuda permanecía inmovilizada boca abajo sobre la cama.

Tenía cada tobillo sujeto con una correa de cuero a una de las patas traseras y las muñecas atadas a ambos extremos del cabecero, una postura que la obligaba a mantener las piernas separadas y el cuerpo completamente expuesto.

Detrás de ella, también desnudo, se encontraba el apuesto director del centro, que se lubricaba el miembro erecto con una sustancia que Luci no alcanzó a identificar.

Durante un instante fue incapaz de ordenar cuanto tenía ante los ojos.

Su experiencia sanitaria le permitió reconocer de inmediato que las correas no formaban parte de ningún procedimiento médico y que la mujer no estaba participando voluntariamente en aquella escena.

La súplica que acababa de escuchar eliminaba cualquier posible duda.

Conmocionada por lo que veía, siguió empujando la puerta sin ser consciente de ello hasta que la hoja chocó contra la pared.

El golpe fue seco y no demasiado fuerte, pero en aquella estancia sonó como un estruendo.

El hombre se volvió de inmediato sin dejar de sujetarse el pene con la mano derecha.

—Ay, Luci, Luci —dijo sin inmutarse, como si llevara mucho tiempo esperando aquel momento—.

Ya sabía yo que en realidad eras una golfilla.

Anda, únete a la fiesta —la invitó, señalando la cama con un movimiento de cabeza—.

Primero tú y luego ella, porque tú ya estás embarazada y ella debe estarlo pronto — explicó con absoluta indiferencia.

—¡Ayúdame, por favor! —suplicó la mujer, que parecía tener más o menos su misma edad, mientras intentaba mirarla a los ojos.

—Como no te calles, voy a tener que pegarte. ¿Es eso lo que quieres? —preguntó el director con un siseo apenas más alto que un susurro mientras se volvía hacia la mujer.

Cuando giró de nuevo hacia la puerta, Luci ya no estaba allí: corría escaleras arriba en busca de la aparente seguridad de su habitación.

—No te vayas. Enseguida vuelvo —dijo él con tono burlón a la mujer, que ya lloraba sin poder contenerse.

Salió desnudo al rellano y, con parsimonia, se asomó al amplio hueco de la escalera. Cuando comprobó que Luci había huido hacia las plantas superiores, comenzó a seguirla sin prisa, peldaño a peldaño.

—No te pongas así, mujer. No es lo que parece. A ella le encantan estos juegos y los hacemos siempre que podemos — explicó con paciencia, como si tratara de tranquilizar a una niña.

Luci acababa de alcanzar la quinta planta, jadeante. El avanzado embarazo le dificultaba respirar con normalidad después de aquel esfuerzo. Se asomó con miedo por el hueco y vio al hombre subir con lentitud del cuarto piso al quinto, todavía acariciándose el miembro.

El terror se apoderó de ella. Corrió hasta su habitación, entró y cerró la puerta a su espalda.

Con el corazón desbocado, buscó de inmediato algo con lo que bloquearla, pues sabía que no tenía ninguna cerradura ni cerrojo que le permitiera asegurarla desde dentro.

Allí no había nada lo bastante pesado para levantar una barricada eficaz.

Entonces recordó algo que había visto en una película en blanco y negro y corrió a por la silla de hierro.

La arrastró hasta la entrada y la colocó inclinada, con el pomo encajado contra el respaldo.

Rogó a Dios que el recurso funcionase y apoyó la espalda contra la puerta para añadir a la resistencia todo el peso de su cuerpo.

Intentó contener la respiración para escuchar los pasos del hombre, pero el latido de su propio corazón retumbaba con tanta fuerza en sus oídos que apenas podía distinguir ningún otro sonido.

Permanecía allí, sudando de miedo, cuando oyó una melodía silbada que se acercaba por el pasillo. No reconoció la tonadilla, aunque estaba segura de haberla escuchado antes. El sonido se detuvo al otro lado de la puerta. De pronto, el silbido cesó y dio paso a un silencio escalofriante.

Dos golpes metálicos, uno detrás de otro, resonaron a la altura de su cabeza y le arrancaron un sonoro chillido.

—¿Se puede? —preguntó Álex desde el otro lado con voz melosa—. Solo quiero charlar un poco, mujer. Será un momentito.

—Vete, por favor —imploró Luci entre lágrimas, incapaz de pedir otra cosa.

—Como quieras. Volveré dentro de un rato —prometió con el mismo tono aterrador.

Luci escuchó cómo el cerrojo metálico exterior se arrastraba sobre la hoja y comprendió que la había encerrado desde fuera. Aquello la tranquilizó durante apenas dos segundos, hasta que admitió para sí que no podría escapar de allí de otro modo que quitándose la vida al arrojarse por la ventana.