Errores del destino Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Fantaseaba a menudo con encontrarse algún día con su hijo o su hija, como sucedía en aquellas historias que narraban los locutores de radio.

Creía que reconocería a su criatura en cuanto la viese, y esa convicción la llenaba de felicidad.

Podría explicarle por qué se había visto obligada a entregarla a pesar de no querer hacerlo y, desde entonces, se volverían inseparables para recuperar el tiempo perdido.

Unas veces imaginaba que era su hija quien iba a dar a luz y que ella formaba parte del equipo que atendía el parto.

Otras, su hijo se hería en el trabajo y ella le curaba las heridas.

En todas aquellas ensoñaciones, sus miradas se cruzaban y ambos comprendían de inmediato, casi por arte de magia, que eran parte el uno del otro.

Muchas veces, mientras fantaseaba, terminaba llorando de alegría y daba gracias a Dios por permitirle avanzar hacia ese futuro que estaba convencida de alcanzar algún día.

—Los caminos de Dios son inescrutables —se decía cada mañana con una sonrisa antes de ponerse en pie.

Después de orar, repasaba el suelo de la habitación y limpiaba los pocos enseres que había en ella.

Frotaba el ventanal, la taza, el lavabo y el bidé.

Cuando terminaba, lo que solía ocurrir pronto, daba una vuelta sobre sí misma y se recreaba en el orden y la limpieza que había conseguido mantener.

Solo entonces se sentaba en la única silla de la estancia y se entregaba a la lectura.

Se había llevado libros suficientes para aquellos meses: una maleta llena que el hombre había observado con curiosidad al recogerla de la acera y guardarla en el maletero del coche.

Algunos los había comprado en una librería cercana a la casa de su hermano; otros los había leído ya varias veces.

Pero sus libros favoritos servían precisamente para eso: para disfrutarlos, leerlos y releerlos.

Por supuesto, también se había llevado su Biblia, que la acompañaba a todas partes, para leer uno o dos pasajes cada día.

Adoraba las historias del Antiguo Testamento y era a esa parte del libro sagrado a la que dedicaba más tiempo.

No sabía calcular cuántas veces había leído la obra completa, pero tampoco le importaba, porque estaba segura de que todavía la releería muchas más a lo largo de su vida.

Solía bajar al jardín a media mañana y a media tarde.

No era muy grande y quedaba encajonado entre el alto muro que circundaba la propiedad, el edificio principal y dos pequeños anexos, de los que solo alcanzaba a ver los tejados anaranjados desde su ventana.

Un cedro alto e imponente dominaba el centro del recinto.

En una esquina había una fuente ornamentada con las figuras de dos perros y un niño; en otras zonas, varios parterres exhibían flores de temporada que alguien cuidaba, aunque Luci nunca vio a nadie hacerlo ni desde su habitación ni durante sus paseos.

Junto a uno de los parterres se extendía una pequeña franja de césped, de no más de veinticinco metros cuadrados, con un banco de madera y respaldo en el que cabían cómodamente tres personas.

Era su lugar favorito. Allí se entregaba a sus pensamientos, alimentaba sus fantasías y leía durante horas.

También observaba el muro, demasiado alto para ver el paisaje que se extendía al otro lado, y escuchaba los sonidos lejanos que llegaban desde el exterior sin conseguir identificar su procedencia.

Aquellas señales imprecisas le recordaban que, más allá de aquel recinto aislado, continuaban existiendo carreteras, pueblos y personas que seguían con sus vidas.

Cuando llovía, lo que no ocurría demasiado a menudo, se refugiaba bajo el amplio porche de madera y teja adosado al edificio para disfrutar del olor a hierba mojada.

Añoraba a toda su familia, pero sonreía al pensar que, cuando regresara a la vida civil, podría verla tanto como desease.

Así transcurrieron los días, las semanas y los meses hasta que, una tarde oscura y encapotada de su octavo mes de embarazo, se desató una fuerte tormenta con aparato eléctrico mientras ella disfrutaba de la lluvia en el jardín.

La zona quedó sin electricidad. Lo descubrió al intentar regresar a su habitación: el montacargas estaba a oscuras y ninguno de sus pulsadores respondía.

Comprobó que las luces del vestíbulo tampoco funcionaban y dedujo que no se trataba de una avería del aparato, sino de una caída general de la red.

Recordó enseguida la prohibición absoluta de utilizar las escaleras y decidió esperar a que resolviesen la incidencia, probablemente originada en alguna línea o subestación de la zona.

Regresó al exterior y continuó leyendo mientras aún quedaba algo de luz, resguardada bajo el porche y sentada en el incómodo banco de piedra adosado a la pared.

La lectura elegida para aquel día era el Levítico, el libro que regulaba buena parte de los ritos, sacrificios y normas de pureza del pueblo de Israel.

La primera vez que escuchó aquellas antiguas palabras fue de boca de su padre, Antonio.

Después las había estudiado en el convento y las había leído y releído por su cuenta.

Ahora recorría las Escrituras en busca de enseñanzas ocultas.

Comprobó que había llegado al capítulo 12.

Y habló Jehová a Moisés, diciendo:

Habla a los hijos de Israel y diles: La mujer, cuando conciba y dé a luz un hijo varón, quedará impura siete días; conforme a los días de su menstruación será impura.

Y al octavo día se circuncidará la carne del prepucio del niño.

Mas ella permanecerá treinta y tres días purificándose de su sangre; ninguna cosa santa tocará, ni vendrá al santuario hasta que sean cumplidos los días de su purificación.

Y si da a luz una hija, quedará impura dos semanas, conforme a su impureza, y sesenta y seis días estará purificándose de su sangre.

Se quedó pensando en el trato que habían recibido las mujeres desde mucho antes de su propio tiempo. Cerró el grueso tomo amarillento sin darse cuenta mientras rumiaba unas palabras que en otro momento había aceptado, pero que ahora, con una vida creciendo en su interior, le rechinaban.

—¿Impura por traer una vida al mundo? —se preguntó en lo más hondo de sí misma.

Su indignación aumentaba, algo poco habitual en ella, pero la única farola del jardín la apartó de sus pensamientos al encenderse de pronto.

La corriente volvía a circular por el edificio.

Luci giró instintivamente la cabeza hacia el montacargas y vio que el vestíbulo recuperaba la iluminación artificial.

Se dirigió hacia el aparato, dispuesta a subir a su habitación y descansar los hinchados tobillos.

Sin embargo, cuando pulsó el botón, no ocurrió nada.

Tampoco escuchó el accionamiento metálico que siempre llegaba a través del hueco y anunciaba el movimiento de la cabina.

Insistió mientras observaba el interior a través de la rejilla de seguridad, pero el montacargas continuó inmóvil.

Sin saber por qué, empezó a ponerse nerviosa.

Estaba cansada y calculó que no podría aguantar mucho más sin orinar: en aquel avanzado estado de gestación, la presión sobre la vejiga la obligaba a hacerlo con frecuencia.

Dio varias vueltas por el vestíbulo y se asomó al hueco de la escalera para tratar de escuchar algún ruido, pero no oyó nada.

Buscó con la mirada el pulsador de emergencia del que le habían hablado, aunque aquel dispositivo estaba en el dormitorio, cinco plantas más arriba.

Podía esperar en el jardín hasta que alguien reparase el montacargas, pero ignoraba si la avería había sido advertida y cuánto tardarían en resolverla.

El silencio que hasta entonces había aceptado como parte de las normas se convirtió de pronto en una ausencia de ayuda.

Inspiró varias veces y, sin pensarlo más, comenzó a subir los peldaños.

Al principio avanzó con extrema cautela, como una niña que sale a hurtadillas de su dormitorio temiendo que sus padres la descubran; después lo hizo con mayor resolución.

Si alguien la sorprendía, mantendría la mirada baja, se disculparía y explicaría tanto la avería como el apremio provocado por su embarazo.

Alcanzó así la primera planta, aliviada al no encontrarse con nadie, y continuó hacia la segunda, aferrada a la antigua barandilla de madera. Tampoco vio a nadie en aquel rellano.

—Ya solo me quedan tres —se animó antes de reanudar el ascenso. Le faltaban dos peldaños para alcanzar la tercera planta cuando la escuchó.

—¡No, por favor! ¡No, por favor! —suplicaba una mujer joven, a juzgar por el timbre de su voz.

A Luci le pareció que el corazón se le detenía.

Primero la sobrecogió descubrir la presencia de otras personas a escasos metros: estaba segura de que la voz procedía de una puerta metálica entreabierta, situada a la izquierda de la escalera.

Después comprendió que aquella no era la voz de una enferma asustada, sino la de una mujer desesperada.

Conocía muy bien la diferencia después de los muchos gritos y súplicas que había escuchado durante sus años de trabajo en el hospital.

Se quedó petrificada, con la mano izquierda sobre la barandilla, un pie apoyado en el peldaño siguiente y la mirada clavada en la puerta.

—¡Socorro! ¡Ayuda! —chilló la mujer en una súplica desgarradora.