Capítulo 22
Descanso
Su vida había transcurrido en periodos de aparente estabilidad que, justo cuando comenzaba a acostumbrarse a ellos, se desvanecían de la noche a la mañana.
El primero que recordaba era el de su infancia más temprana, cuando su madre y sus dos hermanos mayores, Carlos y Nieves, la atendían, la mimaban y jugaban con ella a cada rato.
Evocaba aquella fugaz etapa con añoranza, y una sonrisa acudía a su rostro siempre que lo hacía.
No sabía cuánto había durado; no debía de haber sido mucho, porque conservaba pocos recuerdos y todos eran breves.
Después, cuando tuvo edad suficiente, empezó a cuidar de sus hermanos más pequeños mientras sus padres trabajaban en el campo.
Se ocupaba de que rezaran en voz alta antes de servirles el desayuno, se aseguraba de que no se pelearan y los acompañaba a la escuela.
Al regresar, preparaba la mesa mientras madre terminaba de cocinar.
Cuando todos habían acabado, recogía los platos y los cubiertos y los fregaba subida a un banquillo, pues, a sus diez años, todavía no alcanzaba el grifo de la pila de mármol blanco.
Mientras ella se encargaba de los cacharros, padre echaba una cabezada con los brazos cruzados sobre el hule y la cabeza apoyada en ellos.
Luci había intentado dormir así alguna vez a escondidas, pero le parecía una postura incomodísima y no entendía cómo padre podía descansar de aquel modo.
Terminó por concluir que debía de estar tan cansado que le daba igual cómo y dónde cerrar los ojos durante un rato.
Entretanto, madre cosía y remendaba la ropa de la numerosa familia, sentada y sonriente en la mecedora de mimbre que padre le había fabricado.
Aquellas imágenes componían para Luci una escena doméstica completa: el olor de la comida todavía suspendido en la cocina, el agua corriendo sobre la vajilla, la respiración pesada de padre y el sonido regular de la mecedora mientras madre trabajaba.
En sus recuerdos, la casa permanecía siempre llena de actividad, pero también de una seguridad que entonces le había parecido inalterable.
Cada domingo, antes de ir a misa, preparaba la ropa de los más pequeños y los ayudaba a ponerse guapos y elegantes. De cuando en cuando jugaba con ellos, claro, pero las tareas, la disciplina y la oración ocupaban la mayor parte de su tiempo.
—Cuando seas monja, nada será tan fácil ni tan divertido como ahora. Por eso debes prepararte para el sacrificio por los demás, el trabajo duro y la obligación de rezar y agradecer a Dios cada minuto de tu vida —solía decirle padre, muy orgulloso de la educación que le estaba brindando.
Cuando creció un poco más, a aquellas obligaciones se sumó la de ayudar a llevar el ganado de la cuadra al campo y de regreso a casa.
Era una tarea que le resultaba lúdica y divertida.
Sin embargo, el tiempo galopó y, tras un verano cálido y feliz, a los dieciséis años tuvo que despedirse entre lágrimas de su adorada familia e ingresar en el convento de las Misericordes.
Recordaba las lágrimas que corrían por los rostros de padre y madre.
No eran de pena por la separación, sino de dicha y orgullo; se los veía felices, casi exultantes.
Ella, en cambio, solo sentía el dolor de alejarse de su familia.
Le habían enseñado a amar a Dios sobre todas las cosas, y ella lo amaba, pero creía que podía seguir haciéndolo sin necesidad de convertirse en monja.
Aquello, sin embargo, era la gran ilusión de sus padres. No sería ella quien la hiciese pedazos.
La vida en el convento se le hizo dura y aburrida al principio.
Las tareas, el estudio y la oración ocupaban casi por completo sus días, algo no muy diferente de lo que ya conocía.
El ambiente, sin embargo, era bien distinto: la seriedad lo inundaba todo y apenas recordaba momentos en los que hubiese reído largo rato y de buena gana con sus compañeras.
Durante los primeros meses, añoró a diario a sus hermanos y hermanas.
Cuando terminó los estudios, las lecciones fueron sustituidas por el trabajo sanitario y comenzó a ayudar a otras mujeres a traer niños al mundo.
Aquella sí le parecía una tarea divina y le encantaba.
Pero un día lo conoció a él y toda su vida, que por un momento parecía haber encontrado un rumbo y una finalidad orientados hacia su propia felicidad, se puso patas arriba antes incluso de que ese futuro pudiera comenzar.
Estaba embarazada de algo más de cuatro meses cuando se produjo otro cambio en su vida, uno que solo más adelante comprendería que había sido terrible.
Su hermano había pedido ayuda a su jefe y amigo, el doctor De Palacios, y este le consiguió alojamiento en una instalación donde la cuidarían hasta el parto.
Entre las escasas posibilidades de las que disponía, aquella le pareció inmejorable.
Por una parte, podría estar sola y tranquila para ordenar sus pensamientos y decidir qué haría con su vida después de dar a luz.
Por otra, dirían al resto de la familia que se había incorporado durante un semestre a una misión en África para realizar labores misioneras. La excusa parecía perfecta.
Una vez terminado el embarazo y transcurridos, para su familia, los seis meses de misión, les diría que colgaba los hábitos porque Dios le había encomendado una tarea diferente.
Ya encontraría la manera de adornar aquella mentira, que nunca confesaría ni siquiera a su sacerdote.
Se había convencido de que funcionaría y de que padre y madre aceptarían gustosos la decisión si creían que obedecía a un mandato divino.
A los pocos días de su llegada al solitario edificio, mientras paseaba una mañana por el que parecía ser su jardín privado, tuvo claro que quería seguir trabajando en una maternidad.
Solicitaría una plaza en algún hospital de Madrid y estaba segura de que no le costaría demasiado encontrar empleo.
Después se instalaría en una de las numerosas pensiones de la capital hasta ahorrar lo suficiente para pagar la entrada de un pequeño piso.
El atractivo hombre que dirigía el lugar donde se alojaba la había recogido una tarde en su coche y la había llevado directamente al paraje apartado que ocupaba el centro, a las afueras de San Agustín de Guadalix, al norte de Madrid.
Había sido escueto en palabras, aunque agradable en las formas.
Él mismo la acompañó hasta la quinta y última planta, le enseñó fugazmente sus dependencias y le explicó de manera breve, pero precisa, las normas de la casa.
A grandes rasgos, solo podía moverse por la planta que se le había asignado y por el jardín trasero.
Bajo ningún concepto debía utilizar las escaleras: para bajar al jardín tendría que servirse del montacargas de la casa.
La comida y la ropa, tanto sucia como limpia, entrarían y saldrían de la habitación por medio del pequeño elevador de servicio instalado en una de las paredes.
—No verás a nadie hasta que llegue el día.
Son las normas para proteger la intimidad y el anonimato.
Si ocurre algo o sientes dolor, deberás pulsar el botón que cuelga sobre el cabecero de la cama y alguien vendrá de inmediato —le había explicado el hombre mientras señalaba el cable blanco que descendía del techo y terminaba en un pulsador con forma de pera.
Después de aquella breve explicación, el hombre se marchó sin despedirse.
A partir de entonces, tal como le habían advertido primero su hermano y después el director del lugar, no volvió a ver a nadie.
Ni siquiera escuchó un ruido que revelase alguna actividad en el resto del edificio.
Aquellos momentos de soledad y quietud absoluta le recordaban las primeras noches en su celda del convento, donde nada podía oírse más allá del viento golpeando las ventanas durante las tormentas.
Al principio interpretó aquel silencio como una forma extrema de discreción y se esforzó por agradecerlo.
Nadie la observaba, nadie hacía preguntas y nadie podía descubrir el embarazo que tanto temía que conociese su familia.
Con el paso de las semanas, sin embargo, la ausencia de pasos, puertas, voces o cualquier otro sonido humano empezó a resultarle extraña.
Se decía que las paredes serían gruesas y que las demás residentes obedecerían las mismas normas de aislamiento.
Aquella explicación bastaba para tranquilizarla y le permitía regresar a sus rutinas.
Se levantaba temprano a pesar de no tener ninguna obligación, porque era una costumbre demasiado arraigada para abandonarla.
Hacía la cama y después se arrodillaba junto a ella, juntaba las manos y apoyaba los codos sobre el colchón para rezar tres padrenuestros y dos avemarías.
Dedicaba aquellas oraciones a su familia: rogaba por todos ellos y daba gracias por encontrarse bien, dichosa al sentir que había hallado un rumbo dentro de aquel caos.
Al terminar, dirigía siempre sus pensamientos hacia la vida que se estaba formando en su vientre.
Confiaba en que Dios cuidaría de la criatura y le otorgaría un destino feliz junto a una buena familia que la criase y la amase.