Capítulo 21
Carlos
Carlos García se había licenciado en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid; conseguirlo no había sido fácil, pues las posibilidades económicas de su familia eran bastante limitadas por aquella época.
Había tenido que compaginar los estudios con diversos trabajos que le permitieron pagar el alquiler y la manutención, además de enviar algo de dinero a casa de cuando en cuando.
Ninguna de aquellas obligaciones le había impedido sacar adelante la carrera.
Carlos era el orgullo de sus hermanos y hermanas, además de un referente cuando debían tomar una decisión o pedir consejo.
Siempre había sido así y, por supuesto, se lo había ganado con su esfuerzo.
Aprobar un curso cada año y hacerlo con unas notas excelentes mientras trabajaba habría sido motivo de orgullo para cualquier padre o madre, pero no para los suyos.
Aferrados a una arraigada tradición religiosa, valoraban la vida célibe y eclesiástica por encima de todas las cosas.
Por ello, cuando los frailes obligaron a Carlos a abandonar los hábitos —aunque él mismo había provocado a propósito los motivos de su expulsión y sus padres nunca llegaron a saberlo—, ambos progenitores se sintieron profundamente decepcionados.
Hasta entonces, habían alardeado en su reducida vida social de tener no uno, sino dos hijos religiosos; era su tema de conversación preferido en las tertulias posteriores a la misa dominical y también en las conversaciones con las escasas visitas familiares que recibían.
Carlos no podía negar que el doble rasero de sus padres le afectaba, porque le dolía, y mucho.
Pero ahora el asunto iba a ser bien distinto: una de sus hijas sería madre soltera y no una hija cualquiera, sino precisamente la que era monja.
Carlos sabía que aquello provocaría el súmmum del rechazo y del rencor, y no precisamente a partes iguales.
Mientras que en su caso había sido su padre, Antonio, quien más se había apartado de él, Carlos sabía que, con Luci, sería la matriarca, Cándida, quien se llevaría el golpe más duro.
No le cabía ninguna duda de que la echarían de casa si llegaban a enterarse, y él no estaba dispuesto a permitirlo.
Para evitarlo, había rogado a Luci e insistido en que entregase a la criatura en adopción nada más nacer.
Aquello la atormentaría durante un tiempo —suponía él—, pero, a la larga, sería lo mejor y le permitiría rehacer su vida.
El alivio que había sentido Carlos al escuchar aquel «lo haré» no pudo expresarlo con palabras. La única forma que encontró de exteriorizarlo fue abrazar con fuerza a su querida hermana.
—No te preocupes, todo irá bien —le había dicho, como el hermano mayor que era.
Habían pasado ya los dos días que había acordado con su hermana antes de dar el siguiente paso, para que ella pudiera sopesar con calma la decisión que acababa de tomar y valorar qué era lo mejor para aquella criatura, si es que algo así era posible.
Carlos García adoraba su trabajo como pediatra y, mientras lo ejercía, las horas volaban, de modo que su jornada laboral solía terminar sin que apenas se diera cuenta.
Pero aquellos dos días se le habían hecho eternos.
Ni siquiera el orden habitual de la consulta había conseguido apartar de su cabeza la situación de Luci.
No recordaba a cuántos pequeños había atendido junto a sus madres durante esas dos mañanas, algo que normalmente podía rememorar con facilidad.
Incluso una de aquellas mujeres le había preguntado si se encontraba bien al notarlo distinto de como solía comportarse en la consulta.
—Sí, sí. Solo es cansancio. En cuanto me tome un café, estaré como nuevo —había salido al paso con su encantadora sonrisa.
Había planeado hablar con su jefe a última hora de la tarde, cuando ambos solían permanecer en sus respectivos despachos para repasar expedientes, firmar documentos y ponerse al día con el papeleo que requería su visto bueno.
Solían consultarse asuntos propios del trabajo y a menudo se sentaban en el despacho grande para debatir sobre la expansión del negocio o cualquier otro tema relacionado con la empresa.
Aquellas conversaciones formaban parte de su rutina al terminar la jornada y solían mantenerlas con sendas copas de alguno de los licores del surtido mueble bar del propietario.
—Francisco, hay algo de lo que quiero hablarte y, aunque sé que no hace falta pedírtelo, te ruego la mayor discreción —dijo mientras se sentaba en uno de los butacones de cuero verde oliva del suntuoso despacho y esperaba a que el otro llenase las copas.
—Debe de ser algo serio, porque me has llamado por mi nombre de pila —replicó De Palacios, intrigado.
En la intimidad de su amistad, cuando estaban a solas y no había personal ni clientes delante, Carlos lo llamaba Kiko, como hacía única y exclusivamente la familia de su jefe.
Que hubiese empleado «Francisco» le hizo comprender que la conversación no sería una de las habituales.
—Es Luci… Está embarazada —soltó de repente, después de dudar entre dar un rodeo o ir directamente al asunto, sin mirar a Francisco De Palacios.
—¿Luci? ¿Nuestra Luci? —preguntó el médico, alzando la voz ante lo inesperado de la noticia.
Carlos se limitó a asentir con la mirada perdida en las cortinas color crema que tapaban el ventanal de la estancia.
—¿Ha sido algún cabrón de la casa? —preguntó Kiko, molesto, refiriéndose a la clínica.
—No. Uno de los agentes de la primera promoción de la Ertzaintza.
—Pues el nuevo cuerpo policial ha comenzado con todo un derroche de honradez y compromiso —se quejó mientras le entregaba una copa grande con dos hielos y whisky casi hasta el borde—.
Supongo que, si me lo estás contando, es para que incluyamos al bebé en nuestro sistema de adopciones. Corrígeme si me equivoco.
—He hablado con ella y hemos llegado a la conclusión de que será lo mejor —confesó Carlos, dolido porque aquella situación respondía, en realidad, más al deseo de no ofender a sus padres que al de ayudar a Luci o a su bebé.
—¿De cuántos meses está?
—Casi de tres.
—Bueno, aún falta mucho para que llegue el gran día. Podremos organizarlo todo de manera cómoda y ordenada —dijo De Palacios, intentando reconfortar a su amigo.
—El problema son mis padres. No pueden enterarse de nada de esto bajo ningún concepto. Tampoco se lo diremos al resto de nuestros hermanos; alguno podría irse de la lengua en un descuido.
—¿Qué tienes pensado? Supongo que ella dejará la orden… — De Palacios guardó silencio mientras reflexionaba sobre sus propias palabras—. Ahora que lo pienso, hace días que no la veo.
—Ya ha comunicado que deja la orden alegando motivos de fe; ha tenido que mentir hasta en eso, la pobre —se lamentó Carlos, porque, si algo le sobraba a Luci, era una fe indiscutible en Jesucristo—.
No sé muy bien qué hacer; por eso te estoy pidiendo ayuda.
De momento está en mi casa, pero eso no puede durar.
Los vecinos me conocen y saben que ella es monja.
Además, de vez en cuando, alguno de mis hermanos viene de visita y es cuestión de tiempo que se dé cuenta.
—Pero tendréis que decirles tarde o temprano que ha dejado la orden.
—Ahora ese es el menor de nuestros problemas. Lo que necesita es un lugar seguro donde pueda pasar desapercibida y permanecer en el anonimato hasta que dé a luz y se recupere. Después ya veremos cómo explicamos su salida de la vida religiosa.
—Si no fuese una de ellas —dijo Francisco en referencia a las Misericordes—, podría hablar con la madre superiora para que la alojase en alguna de sus instalaciones, pero, tratándose de Luci…
—Lo entiendo. Eso no puede ser.
De Palacios se quedó pensativo unos instantes, apoyado contra una de las paredes mientras miraba su copa. Al mismo tiempo, hacía girar lentamente los hielos que había en ella para enfriar el licor.
—Hay una posibilidad que no os costaría nada —dijo, sin estar muy convencido de hacer la oferta.
—Te escucho —respondió Carlos, ilusionado.
—¿Te acuerdas de aquel edificio que heredé de mi tío? —Se refería a lo que ahora era la granja.
—Sí, claro. Es uno de tus sueños: trasladar allí la clínica.
—Sueños, sí. Uno tiene muchos, pero ya sabes que la obra necesaria sería demasiado costosa para mí.
Hasta que no aparezca un buen socio inversor, el sueño seguirá siendo solo eso: un sueño —dijo con una sonrisa apenada—.
La cuestión es que, desde hace algún tiempo, utilizamos el edificio como lugar de retiro tanto para las chicas sin recursos que desean entregar a sus bebés en adopción como para algunas de nuestras voluntarias, que quieren pasar tranquilas los dos últimos meses de embarazo —mintió, aunque supo de inmediato que había sonado convincente.
—No sabía nada —admitió Carlos, algo extrañado, aunque la explicación incluso le había agradado.
—No podías saberlo; nadie lo sabe salvo el reducido personal y el gerente de la instalación —respondió De Palacios. Solo de pensar en Álex se le erizó el vello.
—¿Luci podría estar allí seis meses?
—Podría, sí; pero… —titubeó. No sabía muy bien cómo presentar aquella posibilidad de una forma suficientemente segura y convincente para que Luci aceptara las condiciones sin sospechar nada.
—Dispara, hombre. Ya sabes que ella podría ayudar en lo que fuese necesario —argumentó el preocupado hermano, que empezaba a ver una salida en el apartado caserón.
—Se trata precisamente de eso, pero a la inversa.
Deja que me explique —prosiguió, levantando el índice derecho para ganar tiempo mientras decidía qué decirle a su amigo—.
Hay una planta, la última, que está acondicionada pero vacía.
Allí podría vivir tranquilamente, aunque sería más bien como un retiro.
¡Qué coño! Sería casi como estar en la cárcel o en uno de esos conventos de clausura.
—¿Quieres decir que no podría salir de la planta durante esos seis meses? —Carlos sabía que su hermana podría soportarlo sin demasiadas penurias, pero hizo la pregunta para comprender las condiciones en las que viviría.
—Bueno, no diría tanto. Hay un jardín en la parte trasera al que podría bajar directamente por el montacargas de servicio, sin pasar por el resto de las plantas. Será aburrido, pero podrá aprovechar para leer, estudiar, hacer punto o cualquier otra cosa que hagan las mujeres.
—Bueno, tener un jardín al que poder bajar de vez en cuando ya es mucho —se alegró Carlos.
—No sé si tú o yo lo soportaríamos, pero, en fin.
El asunto es que allí priman la privacidad y, sobre todo, el anonimato.
Bajo ningún concepto podrá interactuar con el resto de las internas o residentes, llámalas como quieras.
Entiende que muchas de esas chicas también han llevado su embarazo en secreto y lo que menos desean es que se filtre su identidad o su situación desde el lugar que les hemos ofrecido como ayuda, cobijo y protección.
—No habrá problema. A fin de cuentas, ella quiere lo mismo. Hará lo que se le diga y sabrá pasar desapercibida.
—Bien, porque el director es muy estricto. Le di carta blanca para expulsar a cualquiera de las chicas.
—¿Tú no vas nunca por allí?
—No —contestó con rotundidad—. Y tú tampoco podrás ir; debes entenderlo.
Solo el director conoce la identidad de las chicas que dan en adopción a sus bebés.
Después, el registro pasa a las Misericordes y el secreto queda bien guardado —mintió de nuevo para que su empleado y amigo asumiera que no podría ir allí nunca—.
Ni siquiera yo conozco esas identidades, y así debe ser para evitar implicaciones o futuros problemas si una de las criaturas, cuando sea adulta, decide averiguar quién es su madre biológica.
—Para eso estarían las Misericordes, entiendo —concluyó Carlos.
—¡Exacto!
—Me parece bien, Kiko. Te lo agradezco de corazón —dijo Carlos mientras alzaba su copa hacia él, esperando que correspondiera al brindis que sellaría el pacto.
—Lo organizaremos para que el propio director se encargue de recogerla y acompañarla a sus aposentos.
Así, nadie más del personal verá a Luci ni sabrá quién es.
Le entregarán la comida y la ropa mediante un pequeño elevador instalado en su habitación —le detalló—.
Es un tipo extraño y tiene unos horarios difíciles de seguir, pero posee una discreción sin mácula.
Creo que lo mejor será que le expliques el asunto a Luci y que tenga preparada la maleta.
Álex, así se llama el director, pasará a buscarla cuando tenga todo listo y le venga bien, lo que no tiene por qué suceder ese mismo día.
—Se lo diré y así se hará —convino Carlos, ahora más tranquilo y sosegado.
Pasaron a hablar de asuntos intrascendentes hasta que terminaron sus copas.
Entonces las llenaron de nuevo —aunque con menos generosidad— y abordaron cuestiones puramente laborales.
Media hora después se despidieron hasta el día siguiente.
Carlos se marchó decidido a explicárselo todo a su hermana en cuanto llegase a casa, mientras Francisco se quedó devanándose los sesos para encontrar la manera de hacer comprender al imprevisible Álex que Luci era un compromiso que debía cuidar y proteger.