Capítulo 20 #3
—Supongo que hicieron cuanto estuvo en su mano con los medios de la época. Seguramente hoy habría sido muy diferente —dije. Trataba de darle pie para que continuara hablando, aunque solo fuera por liberarse de la carga que unos minutos antes aseguraba haber olvidado.
—¿Sabe cuándo comenzó a utilizarse la huella genética para resolver casos de paternidad? —preguntó de repente.
—La verdad es que no tengo ni idea —respondí, un tanto sorprendido por la pregunta.
—A mediados de los ochenta, en el Reino Unido. Cuando murió Cayetana, nadie quiso recurrir a aquella técnica en un caso que todos daban por cerrado. Así que encargué el análisis a un laboratorio estadounidense.
—¿Por qué lo hizo? ¿Acaso desconfiaba de su mujer? — pregunté, atando cabos con celeridad.
—¿De Cayetana? Dios me libre. Era la mujer más buena del mundo, un ángel.
Cuando regresé apresuradamente de mi viaje y me enseñaron aquel bebé, algo dentro de mí me dijo que no era mío.
No tenía forma de demostrarlo y la policía no veía ningún motivo para reabrir un caso que consideraba resuelto.
Así que decidí mover fichas por mi cuenta.
Conseguí, gracias a un favor, que el equipo forense tomara y conservara muestras biológicas del bebé.
Cuando el laboratorio comparó aquel material con el mío, el perfil genético resultó incompatible en varios marcadores.
El informe no se limitaba a ofrecer una probabilidad ambigua: excluía mi paternidad.
La conclusión no dejaba un margen razonable para la duda: yo no era su padre biológico.
—¡Caray! Entonces usted tenía razón —dije mientras lo veía asentir con la cabeza—. Ese viaje suyo, ¿adónde fue? —pregunté por la propia inercia de mi curiosidad.
—Lo cierto es que no recuerdo el destino. El shock, el trauma… No lo sé. Lo último que recuerdo con claridad es haber regresado en coche. ¿Desconfía de mí?
—Oh, no. Supongo que la policía ya lo interrogaría en su día. Ha sido pura rutina, ya me entiende. Volviendo a las pruebas genéticas, ¿contrastó el material con el de su esposa? —pregunté esperanzado.
—La muestra de Cayetana se perdió por un supuesto error de etiquetado —respondió con disgusto—. Como no tenía parientes cercanos con quienes cotejar el perfil de nuestro supuesto hijo, no pude demostrar que aquel bebé tampoco fuera suyo.
—Supongo que intentaría obtener nuevas muestras de su cuerpo.
—El juez denegó la exhumación por falta de indicios, ¿se lo puede creer?
—Me lo creo, sí.
—Envié su cepillo, que aún conservaba numerosos cabellos, pero el laboratorio no logró obtener un perfil nuclear útil: la mayoría carecía de raíz y el material estaba contaminado.
—Pero usted está convencido de que ella no lo había engañado. No pretendo ofenderlo con mi comentario.
—Si la hubiera conocido, usted también lo sabría. Tuve la suerte de encontrar en mi juventud a dos mujeres puras que me amaron con locura y la desgracia de perderlas a ambas. ¿Se puede tener peor suerte en la vida?
Evité responder a su pregunta, a pesar de estar convencido de que era puramente retórica, pues no quería hacer sufrir más de lo que ya había sufrido a aquel hombre al que apenas conocía.
—Entonces, usted sostiene que robaron a su hijo o hija al nacer y… —dejé la frase en el aire. Toni la completó por mí.
—Y arrojaron a mi esposa por la ventana para que pareciera un suicidio, dejando a aquel pobre ser en nuestra habitación. Sí. Es lo que siempre he defendido y lo que siempre defenderé.
—Permítame una pregunta más: ¿trató de cotejar el perfil genético del bebé de Arrigunaga con el de su primera esposa?
—Me gusta su sagacidad, Eduardo. Pedí la exhumación del cuerpo en 1990, pero me informaron de que los restos del pequeño habían sido incinerados, por lo que tampoco podré sacarme nunca esa espina —se lamentó desde su oscura posición.
—Lo comprendo y lo lamento profundamente. ¿Era habitual entonces incinerar restos sin identificar?
—En absoluto —respondió tajante.
—Lamento mucho sus pérdidas, señor. Me ha ayudado mucho y se lo agradezco. Si desea que le comunique mis avances, será un placer compartirlos con usted —le ofrecí con sinceridad.
—Le ruego que lo haga, por favor. Le indicaré a mi secretaria que me pase cualquier llamada suya.
Una de las pantallas cambió de imagen y proyectó durante un instante una luz blanca sobre su perfil.
Junto a la patilla izquierda distinguí un pequeño resto rojizo.
Toni debió de notar mi mirada, porque se pasó los dedos por allí sin saber qué limpiaba y observó después la yema, extrañado. En la penumbra no pude ver nada más.
—Ha sido un placer, señor.
—El placer ha sido mío, Eduardo. Y disculpe esta oscuridad tan particular —dijo refiriéndose a la sala—, pero desde hace unos años padezco una fotofobia progresiva que me impide sentirme cómodo fuera de la penumbra.
Además, hace mucho tiempo que no disfruto de las caras de las personas. Espero que lo comprenda.
—No tiene por qué disculparse, Toni. Estaremos en contacto.
Salí del despacho ordenando mis ideas a toda velocidad. Debía poner al día a Carla antes de tratar de abordar al excuñado de aquel viudo por partida doble.