Capítulo 20 #2
Tras despedirnos con la cortesía habitual, me puse a pensar dónde habría guardado la placa falsa de policía.
Era una imitación magnífica, diría que incluso de mayor calidad que las oficiales.
Por supuesto, utilizarla para atribuirme una condición policial que no poseía estaba, y sigue estando, severamente castigado.
Pero ¿qué es la vida sin un poco de riesgo y alegría?
En realidad, unos años antes había comprado dos placas, dos chalecos y un par de camisetas que imitaban las originales para uno de mis viajes a Marruecos con mi amigo Enrique.
En más de una ocasión habíamos tenido problemas menores con las autoridades marroquíes: o bien nos dificultaban algún trámite o nos pedían un pequeño soborno.
Por eso, un día se nos ocurrió hacernos pasar por policías si se repetía alguna de aquellas situaciones.
Ya sabe, policías hermanados por el mundo.
La idea funcionó, al menos en parte, porque en el primer control en el que los agentes se pusieron un poco pedigüeños, Enrique y yo mostramos nuestras respectivas placas, dimos a entender que también éramos policías y todo fue a las mil maravillas.
Tengo fotografías con varios agentes marroquíes a quienes prometimos en falso que los ayudaríamos si alguna vez visitaban España.
El asunto se torció durante el vuelo de regreso, cuando el cansancio y la dejadez de Enrique le jugaron una mala pasada.
Se durmió con la placa en uno de los bolsillos traseros del pantalón vaquero y no se percató de que había caído sobre el asiento.
Cuando aterrizamos, ninguno de los dos se dio cuenta y el asunto quedó olvidado, porque no volvimos a pensar en las placas.
Sin embargo, durante la revisión y limpieza que se realiza entre vuelos, el personal encargado de la cabina encontró la insignia y dio parte del hallazgo, como correspondía.
Avisaron a la Policía Nacional y, a partir del número de asiento, comprobaron que la identidad de Enrique no correspondía a ninguno de sus agentes.
Unas semanas más tarde lo detuvieron, después de someterlo a un exhaustivo seguimiento que, por supuesto, no los condujo a ninguna parte y debió de ponerlos aún más nerviosos.
Tras muchas explicaciones sobre el origen de la placa, todo terminó en una bronca monumental y una buena multa.
Aquello, por supuesto, no me disuadió de conservar la mía para algún posible uso profesional, como el que estaba a punto de darle.
Encontré la placa en un cajón de mi casa, junto al chaleco y la camiseta, y la deposité sobre la mesa de la cocina.
Tocaba elegir una de mis numerosas pelucas y, ya de paso, una barba poblada.
Con ellas y unas gafas sin graduación adquiriría una apariencia muy diferente.
He de decir que solo empleo material profesional, como el atrezo utilizado en el cine.
El resultado es impresionante una vez que se aprende a utilizar el maquillaje y las prótesis adecuadas.
Elegí una peluca morena de media melena y una barba no demasiado larga de un tono similar.
Añadí una chaqueta de cuero marrón claro, unos vaqueros de azul clásico y una camisa blanca.
Como ornamento final, una gruesa cadena de oro que conservaba de mi etapa de joyero completaría el aspecto de policía de paisano que todo el mundo tiene preconcebido.
Unos minutos antes de la hora acordada, me presenté en las oficinas de la empresa de mi objetivo y exhibí la placa con seguridad y cierta chulería en el control de acceso. El vigilante de seguridad me permitió pasar con un asentimiento cómplice de cabeza, al que correspondí con otro.
Cuando, varios pisos más arriba, la secretaria de Toni Sepúlveda me indicó que pasara al despacho presidencial, me encontré con algo que no esperaba.
La estancia estaba sumida en una densa penumbra rojiza que apenas permitía distinguir las formas del mobiliario.
Había luz suficiente para moverse sin tropezar, pero no para reconocer los rasgos de alguien situado a más de dos metros de distancia.
Aquel resplandor deformaba los contornos y borraba cualquier expresión, de modo que el despacho parecía más grande y hostil de lo que probablemente era.
—Tome asiento, por favor —dijo alguien con voz ronca desde el otro lado de la sala, oculto tras dos pantallas de ordenador.
Como solo pude distinguir dos sillones frente a la gran mesa, me dirigí hacia uno de ellos e hice lo que me había pedido.
—¿Señor Sepúlveda? —pregunté para confirmar la identidad de mi interlocutor.
—La usurpación de funciones públicas es un delito, pero eso usted ya lo sabe.
Supongo que, si sabe quién soy y a qué me dedico, no le costará imaginar que tengo buenos contactos en los estamentos policiales, como, en efecto, los tengo.
Dado que no existe ningún subinspector Martos en la Policía Nacional, le ruego que sea directo y convincente para que no haga que lo detengan aquí mismo.
—Señor Sepúlveda, mi intención no era engañarlo más allá de conseguir una reunión inmediata con usted —me disculpé—.
En realidad, me llamo Eduardo, soy detective privado e investigo un caso que podría estar relacionado con la desaparición de su primera esposa y la muerte de la segunda —le expliqué, esperando captar su atención.
—¿Me investiga a mí? —preguntó con un tono casi burlón.
—Oh, no. En absoluto. Mi cliente me ha pedido que relacione ciertos acontecimientos que podrían formar parte de una trama criminal.
—¿Quién es su cliente, señor Eduardo? —preguntó con un tono que me permitió deducir cuánto le interesaba la respuesta.
—Me temo que no puedo decírselo sin su consentimiento expreso —atajé, evitando mencionar que, en realidad, ni siquiera conocía en persona a mi contratante, Gabriel.
—No sé cómo puedo ayudarlo, en realidad. Entenderá que ha pasado mucho tiempo desde aquello y he tratado de olvidarlo en la medida de lo posible.
Algo en su voz desmentía sus palabras y me invitaba a seguir hablando para despertar su interés. Era una de esas contradicciones que había aprendido a no pasar por alto durante una entrevista: decía querer olvidar, pero todavía necesitaba saber.
—Por el momento, investigo el caso del bebé que apareció sin ojos ni órganos en la playa de Arrigunaga, la desaparición de su entonces esposa, Marta Del Pozo, y una posible conexión con la trama de bebés robados —le lancé a modo de escueto resumen.
—Señor Eduardo, no me aporta nada nuevo respecto de lo que yo ya deduje en su día. Entienda que, si no trae algo capaz de arrojar luz sobre aquel callejón sin salida, no quiero perder el tiempo recordando sucesos dolorosos de mi pasado.
Supuse que, en lo más hondo de su ser, confiaba en que yo tuviese algo capaz de motivarlo a contarme más de cuanto sabía. Decidí lanzar un medio farol, una especie de órdago en el lenguaje del mus.
—Tengo indicios suficientes que apuntan a que, además de lo que usted ya sabe, habría existido una trama dedicada al tráfico de órganos. Órganos de recién nacidos, ya me entiende.
—¿Insinúa que el bebé de la playa apareció en aquel estado deplorable porque le habían sustraído los órganos?
—Las pruebas son concluyentes, sí —mentí sin el menor miramiento por segunda vez, pues prefería pedir perdón después a no obtener nada en aquel momento.
—¡Lo sabía! —rugió sin elevar la voz más que un ápice—. Pero nadie me hizo caso. Dijeron que mis conjeturas se debían a mi estado emocional y que nada apuntaba a semejante atrocidad.
—Supongo que no querrían creer que alguien fuese capaz de hacer algo tan atroz —los disculpé.
—¡Bobadas! Debían hacer su trabajo y no lo hicieron —replicó con rabia contenida.