Capítulo 20
Toni Sepúlveda
Carla había localizado un acto benéfico en el que el señor Antonio Del Pozo participaría como anfitrión, organizador, filántropo y todo lo demás.
Tendría lugar dentro de una semana, en una de las grandes salas polivalentes habilitadas por el recinto ferial de IFEMA para celebrar actos de aquella envergadura.
Mientras tanto, teníamos que seguir avanzando con el caso, por lo que debía entrevistarme con otro de los principales afectados: el marido de Marta Del Pozo, Toni Sepúlveda.
Resultó que el señor Sepúlveda se había hecho un hueco en el mundo editorial tras la desaparición de su esposa Marta Del Pozo y, con los años, había logrado convertirse en el principal accionista y presidente de un pequeño grupo editorial.
Su cabecera era un periódico de considerable tirada, el Heraldo Español, que se definía como un medio sin opinión, donde las noticias se contaban de forma neutral y sin orientación política.
No sabía si era cierto, porque nunca había leído aquella publicación, pero me atraía la idea de encontrar un periódico en el que pudiera conocer una noticia tal y como había ocurrido.
¿No se supone que el periodismo debería ser eso?
El periodismo honesto, por definición, no puede tener ideología: debe contar lo ocurrido y permitir que cada cual saque sus propias conclusiones.
Sin embargo, eso hoy no sucede en ninguna parte.
De hecho, abundan tantas noticias falsas que a veces resulta difícil distinguir lo real de lo inventado.
Hacía mucho tiempo que había aprendido que la información es poder y que, por tanto, controlarla constituye un arma poderosa.
Contar lo ocurrido desde un enfoque interesado puede dar buenos réditos en muchas ocasiones.
Desconocía si esa había sido la intención del señor Sepúlveda, a pesar de que vendía un periodismo puramente objetivo.
Tras seguir investigándolo, lo que me llamó la atención de aquel hombre, sin conocerlo de nada, no fue que hubiese rehecho su vida dos años y medio después de la desaparición de su primera esposa.
Lo que encendió mi curiosidad innata fue que lo hiciera con otra rica heredera, Cayetana Bárcena.
Puede llamarme usted desconfiado, pero que alguien de, digamos, clase media dé un braguetazo con su primera esposa puede ser suerte, casualidad o, por qué no, puro interés.
Que lo haga por segunda vez, y poco después de la desaparición de la persona amada, me chirriaba.
Para un desconfiado como yo, comenzaba a parecer un patrón.
No digo que tuviera que haber nada turbio detrás de aquello, pero deseaba que lo hubiera, no sé si me entiende.
Conforme fui indagando sobre el empresario, descubrí que, a diferencia de Marta Del Pozo, Cayetana Bárcena había heredado muy joven.
Hija única, quedó huérfana a los dieciséis años tras la muerte de sus padres en un aparatoso accidente de tráfico en el norte de Alemania.
El bufete de abogados de su difunto padre se ocupó de custodiar y administrar la herencia hasta su mayoría de edad.
No obstante, Cayetana no tomó el control efectivo del imperio hasta finalizar sus estudios de Administración de Empresas en la Polytechnic of Central London.
A los veinticuatro años, tras regresar a España desde Londres, conoció a Toni Sepúlveda.
Después de una relación de menos de un año, hicieron pública su intención de casarse.
La boda se celebró años más tarde, cuando la situación jurídica del primer matrimonio de Toni quedó resuelta.
Un poco raro, ¿no le parece? Aunque eran otros tiempos, claro.
Ya sabe: antes la gente se casaba enseguida y por amor para divorciarse muchos años después, cuando no quedaba ni el recuerdo de aquel amor.
Ahora, en cambio, las relaciones se asientan durante años de convivencia antes del matrimonio y, después, la pareja se divorcia al poco tiempo.
Distinto proceso, idéntico resultado. Ya digo yo que el hombre está mejor solo y que, probablemente, la mujer más necesitada de cariño urde sus hilos y lo atrapa sin remedio para ambos.
Pero qué sabré yo, que ni me he casado ni me casaré jamás.
Lo mejor de todo es que, tras casi tres años de idilio matrimonial y dos desgraciados abortos espontáneos, en los que la joven tuvo que ser ingresada debido a fuertes hemorragias, aquel día parecía que Toni Sepúlveda iba a ser padre.
El tercer embarazo estaba llegando a término y, por aquel entonces, debían de faltar muy pocos días para el feliz desenlace.
Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en los dos anteriores, durante los cuales el señor Sepúlveda permaneció junto a su embarazada y amada mujer, en esa ocasión tuvo que ausentarse unos días por negocios, según constaba en la prensa rosa de la época.
Entonces, el caprichoso destino, escrito por un impredecible y macabro guionista, se volvió contra el hasta ese momento feliz Toni Sepúlveda.
Al parecer, Cayetana Bárcena dio unos días de permiso al personal de la casa para poder estar tranquila y relajada durante aquel momento tan importante, algo comprensible, pero nada habitual entre personas de su alcurnia en aquella época.
Ya fuera por casualidad o por la influencia de la luna, Cayetana se puso de parto en la fecha indicada por su ginecólogo.
Lo hizo en mitad de la noche madrileña y sola en el gran piso que compartía el matrimonio.
La joven madre no quiso o no pudo pedir ayuda y, en su soledad, hizo cuanto estuvo en su mano para dar a luz a un bebé varón que, según reveló la autopsia, nació muerto.
Fue un taxista que regresaba a su parada tras finalizar una carrera quien la encontró inerte sobre el asfalto, vestida con un camisón blanco ensangrentado.
La investigación policial concluyó que, después de parir a su hijo fallecido, la mujer había abierto el gran ventanal de dos hojas de la estancia, había tomado carrerilla y había saltado a la negrura de la noche.
Navegando por internet, y sin necesidad de hacer ninguna llamada, descubrí que el viudo por segunda vez, convertido además en heredero universal de la fortuna de su esposa, sostuvo que una mano negra estaba conspirando contra él.
Apareció en diversos programas de televisión para dar a conocer su causa y, tiempo después, se especuló con que su investigación particular lo había impulsado a prosperar en el mundo editorial, como si quisiera disponer de sus propias herramientas para averiguar qué había sucedido.
No obstante, ya sabe cómo son estas cosas: la carnaza es devorada por las masas mientras está fresca, luego se convierte en despojos que solo interesan a unos pocos y, finalmente, cae en el olvido.
Toni Sepúlveda no volvió a casarse y su vida personal quedó sumida en el más absoluto secretismo.
Nunca acudía a galas ni a eventos, a pesar de que algunos llevaban su propio nombre; en su lugar, enviaba a algún representante.
Se decía que sus cuatro pérdidas —las de sus dos esposas y sus respectivos bebés— lo habían cambiado por completo y convertido en un ser esquivo y taciturno que solo vivía para trabajar.
Comprenderá que, después de aquella primera investigación, debía conseguir por todos los medios una entrevista con Toni Sepúlveda.
Alguien con los recursos de un periódico como el suyo y con la motivación necesaria para averiguar qué o quién se había confabulado contra él bien podía haber descubierto algo que me sirviera para continuar.
Si llevaba años buscando respuestas por su cuenta, era muy posible que atesorase documentos, contactos o hipótesis que nunca habían llegado a hacerse públicos.
No me costó mucho averiguar que, de lunes a viernes, la vida diaria de aquel hombre transcurría de casa al trabajo y del trabajo a casa.
Un coche de la empresa lo recogía siempre en uno de los dos lugares y lo trasladaba al otro a la hora que el dueño y señor solicitase.
Eso me facilitaba la tarea de abordarlo de algún modo.
Como en otras ocasiones, sabía que concertar una cita sería una empresa titánica y, con casi total seguridad, infructuosa, por lo que decidí tirar por la calle de en medio.
En este negocio, las cosas deben hacerse de forma ética y legal, por descontado. Sin embargo, en ocasiones, la ética y, sobre todo, la legalidad me ponen zancadillas que procuro esquivar, así que me puse creativo.
—Corporación Sepúlveda, ¿en qué puedo ayudarle? — preguntó la mujer al otro lado del teléfono con un tono mecánicamente ensayado.
—Subinspector Martos, de la Policía Nacional. ¿Con quién hablo, por favor? —solté de carrerilla y con una voz grave y gutural.
—Con Alicia Torres, señor —contestó. Su voz perdió el tono anterior y sonó algo nerviosa—. ¿En qué puedo ayudarle, subinspector?
—Necesito concertar una reunión con el señor Toni Sepúlveda a la mayor brevedad posible. Se trata de un asunto de sumo interés para él que, por supuesto, no puedo tratar por teléfono. Si pudiera ser hoy, mejor que mañana —le indiqué de forma directa y contundente.
—La agenda de nuestro presidente está muy apretada, subinspector Martos. Veré lo que puedo hacer.
—Señorita, no quisiera tener que enviarle una citación formal para que comparezca en dependencias policiales, pero, si no me facilita una hora para hoy, no tendré más remedio que importunarlo de ese modo tan poco discreto —le aseguré.
—Un momento, por favor; no se retire —me pidió amablemente antes de dejarme en espera, con una de esas musiquitas de fondo que le sacan a uno de los nervios cuando se prolongan más de un minuto—.
Subinspector, el señor Sepúlveda podrá recibirlo a las cuatro de esta tarde, si no tiene inconveniente —me dijo la eficiente secretaria al regresar a la línea.
—Alicia, gracias por su eficiencia. Estaré en sus instalaciones a la hora indicada.