Capítulo 19
Álex
Conducía a un ritmo pausado, con el codo izquierdo apoyado en el marco de la ventanilla, como hacía casi siempre cuando hacía buen tiempo.
Sorteaba el denso tráfico madrileño sin ninguna prisa, a pesar de dirigirse a una reunión de negocios.
Pero con él las cosas funcionaban de otro modo: los demás siempre sabían que llegaría, pero nunca cuándo.
Eso, entre otras cosas, le permitía hacer lo que le daba la gana.
Organizaba el trabajo conforme fluía el día, porque ni siquiera él era capaz de prever cuándo empezaría su jornada a la mañana siguiente o a la otra.
Nada de eso importaba, a fin de cuentas.
Él era un hombre de palabra y esa era su principal seña de identidad.
Por supuesto, exigía exactamente el mismo grado de compromiso.
Cuando iniciaba un trato, la otra parte debía cumplir los términos en su totalidad; de lo contrario, habría consecuencias.
Todo el mundo lo sabía desde el principio.
Mientras aceleraba, frenaba y giraba en cada intersección, conducía ausente, como si un piloto automático guiase sus movimientos, sin perder de vista la carretera.
Su mente se regodeaba en lo que acababa de hacerle a la rubia.
La mujer tenía un cuerpo perfecto para su gusto: delgada, de ojos azules, pechos medianos y un culo respingón que lo hacía arder.
Lo único que no le gustaba era que no emitía ni un solo gemido, y a él le encantaba hacer gemir a las mujeres, aunque fuera de puro dolor.
Ella se resistía a propósito para impedir que disfrutase.
Sonrió al recordar que aquella mañana había sido diferente: finalmente había gemido e incluso gritado.
La de ese día era la cuarta ocasión en seis días.
Como las tres veces anteriores habían coincidido con los días fértiles que le habían indicado, estaba casi seguro de que ya la había dejado embarazada.
Una cuarta vez no habría sido necesaria para conseguirlo, pero aquella mujer no le daba lo que más deseaba y eso hacía que se corriese antes de tiempo, algo que no le gustaba ni un poco.
Prefería los encuentros largos y enérgicos, pero, por alguna razón que él mismo desconocía, el silencio de ella le hacía perder el control sobre el orgasmo.
Por ganas, la habría golpeado con rabia; sin embargo, aquello habría puesto en peligro la posible preñez y no podía permitírselo. Los tratos debían cumplirse.
Esa mañana había entrado sonriendo en el cuarto de la mujer, convencido de que ella ya no esperaba otra visita suya, o al menos no tan pronto.
Cuando llegó, la encontró preparada como siempre: desnuda, atada de muñecas y tobillos y boca abajo.
No le dijo nada. Quería que supusiera que, una vez más, controlaría la situación.
Tras lubricarse el miembro con aceite, se había subido encima de ella y la había penetrado como hacía siempre.
Pero, después de un par de embestidas y sin ninguna colaboración por su parte, había retirado el pene de su vagina y lo había desplazado unos centímetros hacia arriba antes de presionar con fuerza contra su ano.
—¡No! —había exclamado ella, aterrada.
—Así me gusta, putita. Hoy vas a colaborar como a mí me gusta, ya lo verás —había dicho él, sonriendo mientras empujaba de nuevo.
La mujer se había resistido cuanto había podido. Con los primeros embates él no había logrado penetrarla, pero al cuarto consiguió que el glande atravesara el esfínter y le arrancó un grito de dolor.
—¡Oh, sí! Ya era hora, joder. Hoy lo vamos a pasar de puta madre, ya lo verás —le había prometido mientras retrocedía un poco y volvía a presionar con fuerza contra ella.
Por puro afán de control, contó las embestidas. A la décima consiguió penetrarla por completo. Por primera vez la oyó llorar, y solo entonces sintió el intenso placer que llevaba días buscando.
—¿Ves qué fácil era tenerme contento? Ahora relájate y disfruta —le había dicho con recochineo antes de iniciar un violento vaivén.
Estuvo así más de veinte minutos. Cuando se sintió satisfecho, se retiró para penetrarla de golpe por la vagina.
No quería desperdiciar ni una gota de su semilla: una inseminación más siempre sería mejor que una de menos.
Volvió a embestirla una y otra vez con violencia mientras la mujer, incapaz ya de permanecer en silencio, gemía de dolor.
—Eso es, putita, eso es.
Mientras conducía sumido en aquella especie de limbo, la excitación había vuelto a apoderarse de él hasta que el miembro, oprimido contra los pantalones, comenzó a provocarle un fuerte dolor.
Le habían contado que se había quedado embarazada siendo soltera, cuando todavía era monja.
«¡Joder con la monja! Me habría follado a todo el puto convento con tal de verlas a todas embarazadas», pensó, iniciando una de sus muchas conversaciones internas.
Fantaseó incluso con forzar a una anciana madre superiora mientras el resto de las monjas contemplaban aterradas aquella abominación.
Se mordió el labio inferior de puro deseo hasta hacerse sangrar.
—Muy bien, monjita —le había susurrado al oído justo después de eyacular, sin salir todavía de ella—.
Si no quieres que esto vuelva a ocurrir, ya sabes lo que tienes que hacer dentro de nueve o diez meses, cuando el crío haya nacido y tú y yo volvamos a intimar.
Porque, como no lo hagas, repetiré esto una y otra vez.
Además, buscaré a todas tus hermanas y las traeré aquí para que disfrutemos todos juntos —le había prometido, deseoso de tener que cumplir la amenaza.
Sabía que sus palabras la mantenían aterrada y completamente coaccionada—. ¿Lo has entendido?
La mujer no dejaba de llorar en silencio y no sabía qué debía responder.
—¡Contesta o voy a por una jodida escoba y te la clavo en el puto culo! —la había amenazado con ira.
—Sí, sí. Juro que haré todo lo que quieras —respondió ella, aterrada y con la voz entrecortada por el llanto.
—Muy bien, monjita, muy bien —le había dicho mientras le besaba el hombro antes de retirarse—.
Ahora cuida bien de nuestro retoño. Que no me entere de que le haces algo malo, porque me enfadaré mucho, mucho, y no queremos eso —añadió con tranquila condescendencia antes de adoptar un tono amenazante—. ¿Verdad?
—Lo cuidaré, lo juro —le había respondido Luci, aterrada.
Mientras aparcaba en el garaje subterráneo, sonrió al pensar en cuánto había disfrutado durante el trayecto rememorando el encuentro.
Salió del coche y se encaminó hacia la escalera de incendios.
No le gustaban los ascensores, como tampoco le gustaba dejarse ver por el lugar al que conducían, donde el personal pululaba y podía hacer preguntas.
Subió a grandes zancadas, de dos en dos escalones, hasta alcanzar la planta en la que su cliente tenía el despacho.
Accionó la barra antipánico de la puerta y entró en el pasillo.
—Me espera —le dijo sin más a la secretaria, que ni siquiera lo había visto llegar.
—El doctor no está —respondió ella, apurada, mientras se levantaba para cortarle el paso.
—Entonces lo esperaré dentro, así que haga el favor de no tocarme los cojones —le espetó con una mirada tan feroz que la mujer no se atrevió a contradecirlo.
Álex abrió la puerta del despacho sin ningún miramiento. Antes de cerrar la pesada hoja tras de sí, se volvió hacia la secretaria con maliciosa picardía.
—Pero si sí que está, zorra mentirosa —dijo con lentitud, arrastrando las palabras—. Por tu bien, no vuelvas a mentirme en tu puta vida, te ordene él lo que te ordene —la amenazó mientras le sostenía la mirada y señalaba al médico con el brazo extendido.
La secretaria se quedó petrificada, muerta de miedo y sin saber qué decir.
—Álex, pasa, por favor, y no la asustes. Solo le he dicho que no quería que me molestasen con tonterías porque sabía que vendrías —trató de conciliar el doctor.
—Pero no le has dicho que no me mintiera a mí.
—No seas paranoico. Sabía que tú te harías notar y que no aceptarías una negativa. Anda, toma asiento y ponte cómodo, que tenemos que hablar —pidió mientras se levantaba del sillón y se dirigía hacia el mueble bar—. ¿Qué te pongo?
—A estas horas, los hombres toman whisky.
—Tengo uno muy bueno que seguro que te gustará. ¿Solo?
—Con hielo, ¡joder! —bramó mientras se apoltronaba en uno de los sofás.
—¿Cómo está Luci? ¿Crees que ya la has dejado embarazada?
—Debería estarlo. La de hoy ha sido la cuarta vez en seis días.
—¿Cuatro veces? ¿Estás seguro de que has calculado bien sus días fértiles?
—¿Qué crees, que soy idiota? —preguntó con voz baja y amenazante, clavándole una mirada fría como el hielo.
—No he dicho eso, por Dios. Solo quiero saber con qué contamos.
Un embarazo no puede confirmarse inmediatamente y tendremos que esperar antes de hacer las pruebas —se explicó el doctor, temeroso de enojar a alguien tan peligroso como Álex—.
No pretendía faltarte al respeto. Necesitamos saber si la fecundación ha funcionado antes de tomar ninguna decisión y, por muy seguro que estés, todavía no tenemos una confirmación médica.
—Las tres primeras veces lo hice durante el periodo que me indicasteis. La de hoy no hacía falta, pero me apetecía —soltó con desprecio mientras dirigía la mirada hacia la ventana.
—¿Le has hecho daño?
—¿Quieres verla desnuda, puto pervertido? —se burló Álex.
—No, no —farfulló nervioso el médico—. Me refería a si…
—Si quieres examinarla, solo tienes que pedirlo —dijo Álex mientras se levantaba y se llevaba la mano al cinturón de cuero—. Por un poco más de dinero, hasta te dejaré mirar mientras me la follo.
—¡Joder, no! No quería decir eso. Siéntate, me estás asustando, Álex.
—Deberías haberte visto la cara —se burló Álex con malicia antes de volver a sentarse, visiblemente divertido.
De Palacios carraspeó un par de veces para aclararse la garganta y trató de recuperar la compostura.
—Está entera. No he tocado la tripa y hoy he conseguido que me prometa que hará todo lo que le pida —explicó Álex como si aquello bastara para zanjar el asunto.
No mencionó los golpes ni la forma en que había obtenido aquella promesa.
A sus ojos, mientras Luci pudiera gestar y hubiese aceptado obedecer, cualquier otro daño carecía de importancia.
—¿Qué significa que has conseguido que te lo prometa? — preguntó el médico con aprensión.
—Te preocupas demasiado y… —Emitió un sonoro chasquido de disgusto con la lengua—. Vuelves a insultar mi inteligencia —
respondió de nuevo con tono amenazante.
—No te estoy insultando —se disculpó el facultativo,
llevándose las manos a la cabeza y agarrándose el pelo con ambas—. Luci era una de nuestras monjas y Carlos cree que murió. No
podemos permitirnos otro problema. Su hermano trabaja conmigo, confía en mí y todavía sigue afectado por una muerte que nunca ocurrió. Si sospechara que ella continúa viva, no tardaría en hacer preguntas que ninguno de los dos quiere responder. Solo dime que la tienes controlada.
—Está viva, no tiene ninguna lesión que ponga en peligro el embarazo y ha prometido obedecerme —respondió él con una sonrisa satisfecha—. Eso es lo único que importa.
—¿Y Clara? La prostituta que utilizaste para fotografiar al concejal en agosto.
—Preguntas, preguntas y más putas preguntas —Álex inspiró de forma sonora y profunda mientras miraba hacia el techo del despacho—. ¿Está Clara en la granja? Siiiii, allí está, doctor. ¿Por qué la llevé? Porque me salió de los putos cojones.
—¡No puedes retener a una mujer durante meses sin consultármelo! —protestó De Palacios, visiblemente enfadado—. Esa casa forma parte del negocio y cualquier error nos afecta a los dos.
—Me interrumpes y vuelves a insultar mi inteligencia. ¿Quién cojones te crees que eres? —le gritó con furia.
—No te enfades —suplicó el otro—. Es solo que… —La voz comenzó a temblarle.
—Los análisis salieron limpios y la tengo encerrada en una celda.
Será una buena reproductora —explicó, mirando directamente a los ojos del médico—.
Desde agosto nadie la ha visto fuera de la granja y no tiene a quién pedir ayuda.
Mientras obedezca, comerá, dormirá y hará el trabajo para el que puede servirnos.
Si algún día deja de ser útil, puede que sufra una sobredosis de esas que abundan tanto ahora o que se arroje a las vías del tren después de dejar una nota de despedida.
Si, en vez de interrumpirme, dejases que me explicara, todo fluiría mejor.
—Te pido disculpas. No quería ofenderte.
—Te repites —canturreó el matón—. ¿Eres de los que creen que todo se arregla pidiendo disculpas, pero luego siguen haciendo lo que les da la gana una y otra vez? Porque conmigo eso no vale, doctor —advirtió con su característica pausa y aquel tono sosegado que resultaba aún más amenazante.
De Palacios asintió, acobardado.
—¿Algo más, doctor? —se burló Álex.
—Marta Del Pozo —se atrevió a decir el médico—. Su familia continúa buscándola y moviendo contactos. No ha pasado tanto tiempo como para que se resignen, y cada nueva pregunta aumenta la posibilidad de que alguien reconstruya sus últimos movimientos.
—Marta no es asunto tuyo. Su familia puede preguntar cuanto quiera; nadie tiene una sola prueba que conduzca hasta la granja —replicó Álex, satisfecho con su propia previsión.
—Su padre tiene dinero e influencias. La policía seguirá investigando y, si descubre algo, hará preguntas.
—Que investiguen. No saben qué buscan ni dónde hacerlo.
Pueden llenar periódicos, contratar detectives y remover todos los despachos de Madrid; ninguno de ellos estuvo allí ni vio quién se la llevó.
Y, si alguien llega a preguntarte, tú no sabes nada — sentenció mientras imaginaba las muchas formas de silenciar a quien se acercara demasiado.
—De acuerdo. Sé que lo tendrás controlado —respondió el doctor, fingiendo lo mejor que pudo una seguridad que estaba muy lejos de sentir.
Álex miró el reloj y, de pronto, al doctor le pareció que se ponía nervioso. Nunca lo había visto perder la compostura.
—He de irme. Se me ha hecho tarde. Ya hablaremos —dijo apresuradamente mientras se disponía a salir del despacho.
De Palacios no se atrevió a interrumpirlo y se quedó sentado, pensativo.
—¿Puedo pasarle llamadas antes de su próxima consulta? — preguntó la secretaria desde el umbral de la puerta, que Álex había dejado abierta a propósito al salir.
—¿Qué? —contestó el médico, que, sumido en sus preocupaciones, no había escuchado lo que había dicho la mujer.
—Decía que si puedo pasarle llamadas antes de que llegue su próxima consulta.
—No, mejor no. Gracias —indicó, haciendo un gesto para que cerrara la puerta y lo dejara tranquilo.
Las visitas de Álex siempre le dejaban en el cuerpo una sensación de nerviosismo y miedo. Aquella no había sido diferente.