Capítulo 18 #2
—Eso ya es otro asunto, pero, para que entienda la evolución del fenómeno, deje que lo ordene en tres etapas aproximadas. No son compartimentos estancos.
—¿Hay tres etapas diferenciadas?
—Sí. La primera se extendería desde la Guerra Civil hasta comienzos de los cincuenta.
En ella predominaban la represión política, la separación de los hijos de las presas y la reeducación ideológica.
La segunda abarcaría el resto de la dictadura y los primeros años de la Transición.
El componente político fue perdiendo peso, pero continuó el control moral sobre madres solteras o vulnerables, mientras aparecían adopciones irregulares e indicios de pagos.
La tercera, desde finales de los setenta y durante los años ochenta y noventa, concentraría muchas denuncias sobre maternidades, certificados falsos, supuestas muertes y entregas a otras familias.
Las etapas se solapan; no hay una frontera limpia en 1952 ni en 1977.
—Entonces, ¿dice que en la primera etapa no había ningún negocio ni interés económico de por medio?
—A mi modo de ver, los intereses podían coexistir desde el principio, aunque sería imprudente atribuir un precio a cada entrega.
Deje que me explique con una hipótesis. Si en 1936 usted y su esposa quisieran formar una familia católica «de bien», pero no pudieran hacerlo de manera biológica, y yo les facilitara una criatura sana, ¿se sentirían en deuda conmigo?
—Supongo que sí.
—Si tenemos en cuenta el marco histórico y la situación social española, es plausible pensar que usted accediera en el futuro a hacerme algún favor, a facilitarme información sobre sus vecinos o a concederme cualquier otra ventaja. ¿Ve por dónde voy?
—En psicología lo llaman principio de reciprocidad, creo. Una especie de cadena de favores en la que la criatura, ajena al canje, haría las veces de rehén perpetuo.
—Exactamente, Eduardo, exactamente —exclamó, alabando mi apreciación—.
Eso es una interpretación sobre el beneficio político y social, no la prueba de que todos los casos funcionasen así.
En las décadas posteriores sí aparecen testimonios e indicios de pagos encubiertos como donativos, e incluso referencias a bienes entregados a cambio de determinadas gestiones.
Desde finales de los setenta, el componente económico parece ganar peso en muchas denuncias, y ahí entra el marco temporal de su investigación.
—¿Cree usted que algunos bebés robados podrían haber sido utilizados para el tráfico de órganos? —le lancé la pregunta, esperando que se sorprendiera por lo macabro del asunto.
—No puedo afirmarlo. Esa posibilidad ha aparecido tangencialmente en algunos testimonios, pero no dispongo de pruebas de una práctica organizada. Si ocurrió, pudo tratarse de casos aislados o de un rumor nacido de expedientes imposibles de comprobar décadas después.
Su cautela no hizo que la posibilidad me resultara menos espantosa.
—Entonces, ¿no está seguro de ello?
—Seguro, no. Para afirmarlo se necesitan pruebas fehacientes y yo no las tengo. El asunto ha aparecido de refilón varias veces, pero ningún indicio me permite convertirlo en certeza. Lo responsable es mantener abierta la pregunta.
—Cuando habla de posibles casos aislados, ¿a cuántos se refiere aproximadamente?
—¡Buf! —suspiró—. Es imposible saberlo y sería irresponsable inventar un porcentaje.
No podemos aplicar un uno por ciento a esos treinta mil menores.
La operación daría trescientos, pero no tendría ningún valor probatorio.
Un solo caso demostrado ya sería una atrocidad: no solo hablaríamos de sustracción, sino también de asesinato.
—Si dentro de estas prácticas las religiosas desempeñaron un papel importante, me cuesta creer que algunas de ellas se prestaran a quitar una vida para salvar otra —comenté, deseando que mi pensamiento concordara con la realidad de aquel pasado tan reciente.
—Yo también quiero creerlo, pero mis deseos no son una prueba —respondió mientras se encogía de hombros—. Por eso no barajo porcentajes. Hay que separar lo documentado de lo posible.
—Supongamos que ellas no tuvieron nada que ver con el tráfico de órganos. Quien lo hiciera tendría que ser alguien cercano a esas órdenes religiosas o con suficiente contacto con ellas, ya que controlaban algunas maternidades o, al menos, participaban en su administración. ¿No le parece?
—Sería una vía lógica que comprobar, sí, aunque seguimos especulando. También habría que examinar al personal médico, los registros y los traslados.
—Ya sabe: en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable.
—La navaja de Ockham —dijo asintiendo. Yo le sonreí, satisfecho de tener un interlocutor sagaz y culto, algo que no abunda.
—No quiero robarle más tiempo, Javier. Ha sido un placer hablar con usted y le aseguro que la conversación ha resultado muy productiva para mí.
—Igualmente, Eduardo. No dude en ponerse en contacto conmigo si lo necesita. Y, si quiere compartir conmigo alguno de sus hallazgos, se lo agradeceré enormemente.
—Cuente con ello —le confirmé, aunque me guardaba en la recámara la posibilidad de hacer público todo aquello si llegaba a ser necesario.
Nos despedimos allí mismo. Yo abandoné el café mientras él permanecía en la mesa, organizando los papeles que tenía ante sí.