Capítulo 18
Roldán
Lo siguiente en la lista de mi investigación era la conocida familia Del Pozo.
Debía conseguir una entrevista con el hermano de Marta Del Pozo para tratar de obtener alguna información interesante, algún detalle que se les hubiera escapado a los investigadores de la época.
Sabía que acceder a un empresario de ese nivel intentando concertar una cita a través de su secretaria sería casi tan factible como conseguirla con el presidente del Gobierno, por lo que debía ser creativo y, de paso, paciente.
—Mientras te aburres, podrías investigar un poco la vida pública de Antonio Del Pozo, a ver por dónde se va a mover —le dije a Carla desde la puerta de su despacho.
—¿Tengo pinta de no estar haciendo nada? —protestó, apartando la mirada de la pantalla del ordenador y señalando el montón de expedientes que había sobre su ordenada mesa.
—Me parece que últimamente no rindes lo suficiente —me burlé con desenfado.
—Que lo haga Bea. Le encanta la farándula y todo eso —terció.
—Es que ella está liada con otro asuntito urgente que le he pedido —le aclaré con una mueca pedigüeña.
—¿Y qué tal si lo haces tú?
—Ahora tengo que visitar a un tipo y después ocuparme de algunas de esas cosas que hago cuando no estoy por aquí. —Sé lo mucho que le molesta que ironice y por eso lo hago constantemente.
—¿Cosas como desaparecer, dormir y no contestar al móvil?
—Eso mismo —le respondí, simulando una pistola con la mano derecha—. Además, estas cosas se te dan mejor a ti que a mí.
—Como todo en general, jefe —se jactó.
—Sabía que hacía bien en pedírtelo —dije sonriendo, y me marché justo antes de que el bolígrafo que ella tenía en la mano impactara contra mi cuerpo.
—¡Cómo te odio! —gritó.
—Yo a ti te quiero —contesté antes de salir por la puerta de la oficina para reunirme con un periodista de La Razón que había publicado varios artículos sobre los bebés robados durante los años ochenta.
El tipo había accedido de buena gana cuando contacté con él a través de la redacción del periódico.
Seguramente pensaría que podía obtener información nueva de alguien como yo.
El lugar elegido para la cita era el mítico Café Gijón.
Como iba con margen, decidí utilizar el metro, algo que habitualmente detesto, pero que aquel día me pareció la mejor opción.
Llegué antes de la hora, como suelo hacer siempre por pura deformación profesional, aunque resultó que mi cita ya estaba allí.
Lo reconocí de inmediato porque la poblada barba y la mandíbula prominente reproducían con bastante fidelidad la caricatura en blanco y negro que aparecía al pie de su columna semanal.
—Javier Roldán, supongo —dije a modo de presentación, con una fórmula tan poco original como trillada, mientras le ofrecía la mano derecha.
—¿Eduardo? —preguntó él, levantando la vista de su lectura y extendiendo el brazo para completar el saludo.
Nos estrechamos las manos con firmeza.
—Por favor, siéntese.
—Como ya le dije por teléfono, me interesa todo lo relacionado con los bebés robados —aclaré mientras aceptaba su invitación.
—Para abordar todo el asunto —dijo, recalcando la palabra «todo»— necesitaríamos mucho más tiempo del que dispongo ahora mismo —aclaró mientras consultaba su reloj de pulsera—.
Lo mejor será que le ofrezca primero un resumen general y que después me pregunte sobre los puntos concretos que puedan serle de ayuda o interés.
Pero antes debo recuperar los modales básicos. ¿Qué quiere tomar?
—Lo mismo que usted —comenté, señalando su café con leche en vaso grande, ya a medio terminar.
Él hizo un gesto al camarero formando una uve con los dedos índice y corazón.
—No sé ni cuántos de estos tomo al día, pero mi rendimiento sin ellos disminuye de forma ostensible —apuntó con una leve sonrisa, en alusión a la cafeína—.
Bueno, la cosa es la siguiente. En un auto de 2008, el juez Baltasar Garzón recogió que había 12.
042 hijos de presas republicanas bajo tutela estatal en 1944 y que, entre ese año y 1954, la cifra acumulada alcanzó los 30.
960. No son treinta mil sustracciones demostradas individualmente, pero permiten apreciar la dimensión del sistema.
La media ronda los tres mil menores por año, no los quinientos.
—¡Más de treinta mil! —exclamé alarmado.
—Y eso corresponde solo a una etapa concreta de España.
Si ampliamos el marco a las denuncias posteriores, la magnitud potencial aumenta, aunque nadie dispone de una cifra total verificable.
En otros países también han aparecido separaciones forzadas y adopciones irregulares, pero no pueden sumarse como si formasen una única estadística mundial.
—Entonces, ¿se trataba de una trama internacional?
—No hay pruebas que permitan hablar de una sola organización internacional coordinada —matizó con la seguridad de quien conoce la diferencia entre los datos y las conjeturas—.
Sí existen casos en distintos países y algunos guardan relación con instituciones religiosas, pero vincularlos todos mediante una dirección común sería especulativo.
Mi teoría es que determinadas prácticas y justificaciones circularon entre instituciones con estructuras semejantes.
Eso es muy diferente de afirmar que un niño robado en España acababa necesariamente en Italia o que todo obedecía a un único mando. De eso no hay pruebas a día de hoy.
—¿Y los gobiernos no tuvieron nada que ver?
—En España, por supuesto que sí. La primera etapa estuvo vinculada a la represión del régimen franquista contra las familias republicanas.
Durante la guerra hubo violencia en ambas retaguardias, pero aquí hablamos de unas prácticas que después se integraron en instituciones y centros de la dictadura.
Debemos analizar lo que ocurrió y dejó rastro documental, no especular sobre lo que habría hecho el otro bando.
—Entonces, ¿cómo empezaron los franquistas?
—Desde 1936, muchas presas republicanas y sus hijos padecieron hambre, enfermedades y hacinamiento.
Algunos niños murieron por aquellas condiciones y otros fueron separados de sus madres.
Con el tiempo, la separación pasó a institucionalizarse.
En ese proceso adquirieron relevancia las ideas del psiquiatra militar Antonio Vallejo-Nágera, que proporcionó una apariencia científica a la persecución ideológica.
—¿Qué pinta un psiquiatra en todo esto?
—Digamos que no era un psiquiatra cualquiera.
Vallejo-Nágera, nacido en Paredes de Nava, estudió Medicina y, en 1917, cuando rondaba los veintiocho años, fue destinado a Berlín como agregado de la Embajada española y miembro de una comisión militar.
Allí conoció de primera mano distintas corrientes de la psiquiatría alemana.
Años después defendió planteamientos eugenésicos, admiró aspectos de la higiene racial alemana y puso su disciplina al servicio del franquismo.
Durante la Guerra Civil terminó al frente de los Servicios Psiquiátricos del Ejército franquista e investigó a prisioneros republicanos para buscar las supuestas raíces biopsíquicas del marxismo.
—Vamos, que le dieron carta blanca para «investigar» — insinué.
—Le permitieron investigar a prisioneros bajo autoridad militar y convertir sus prejuicios políticos en conclusiones revestidas de ciencia.
No fue él quien inventó por sí solo todo el sistema ni quien redactó un programa personal para criar niños hasta los tres años y arrebatárselos después.
Lo que ocurrió es más complejo. La normativa penitenciaria permitía que los hijos permanecieran con sus madres presas hasta esa edad; al cumplirla, podían ser separados y enviados con familiares, a centros de tutela o a instituciones religiosas.
Las teorías de Vallejo-Nágera ayudaron a justificar que alejar a aquellos niños del ambiente republicano serviría para reeducarlos como «buenos españoles».
—Un plan sin fisuras.
—Esa era la pretensión. No hablamos de teorías freudianas, sino de una psiquiatría eugenésica que asociaba el marxismo con una supuesta inferioridad moral o mental.
Separar a los menores permitía cortar la transmisión de las ideas de sus padres y educarlos dentro de los valores del régimen.
Que el resultado fuese siempre el esperado es otra cuestión.
—Bueno, pero eso no tiene por qué cumplirse siempre — apunté.
—Por supuesto que no. Sin embargo, hablamos de una dictadura con censura, propaganda, aislamiento y enormes desigualdades educativas.
El acceso a versiones distintas de la historia era muy limitado y muchas familias ni siquiera podían seguir el rastro de un niño enviado a otra provincia o inscrito con datos diferentes.
No era necesario controlar todos los pensamientos: bastaba con romper el vínculo familiar y dominar el entorno en el que el menor crecería.
—Entiendo. Pero, si trataban de mejorar la raza según aquellos planteamientos eugenésicos, supongo que no entregarían cualquier criatura a las familias afines al régimen.
—La separación a los tres años tenía una base penitenciaria y tutelar; no se estableció para esperar a seleccionar a los niños por su estado físico o desarrollo cognitivo.
A esa edad ya mostraban rasgos de salud y seguían siendo muy moldeables mediante la educación.
Es posible que hubiera selecciones concretas, pero generalizar ese criterio sin documentos sería ir más allá de las pruebas.
—Un tipo listo el tal Antonio, ¿no cree?
—Seguro que lo era, sí —resopló el periodista, arqueando las cejas.
—Mi investigación debe relacionar algo ocurrido a principios de los años ochenta con los bebés robados, por lo que esta primera fase queda lejos de mi objetivo —le aclaré.
Dudaba que la etapa de la represión franquista tuviera una conexión directa con mi caso y, de inmediato, vi una chispa de vivo interés en su rostro.