Capítulo 17 #3
Espero que no le moleste que me haya dirigido a usted directamente, ya que su nombre no figura en la placa comercial de su sociedad limitada.
No obstante, no me ha costado dar con usted y, tras investigar las agencias de detectives de la ciudad, he concluido que la suya es la más fiable.
Por eso me he permitido ponerme en contacto con usted de un modo menos convencional, con la esperanza de que me tenga más en cuenta.
Estoy recién titulada en la profesión. Carezco de experiencia, pero soy joven, lista y aprendo rápido. Además, estaría dispuesta a trabajar unos meses gratis, por lo que tenerme a prueba no le costará nada.
Podrá decirme mañana si me da una oportunidad, cuando le invite a su café matutino en el bar de siempre.
PD: He estado allí cada día durante la última semana, muy cerca de usted, pero cada vez le habré parecido una persona diferente.
Carla.
¡Joder! Como podrá imaginar, decidí no publicar la oferta hasta conocer a aquella chica.
De hecho, quería contratarla de inmediato, siempre que fuese guapa y atractiva.
Si no lo era, no la contrataría. Júzgueme si quiere, pero al menos soy honesto.
No me apetecía nada de nada tener que ver un careto feo cada día, como tampoco me apetecía tener a una mujer nada atractiva en el otro despacho.
¿Soy machista? Probablemente, pero, sobre todo, soy realista.
Sé, por experiencia propia, que las mujeres guapas y atractivas cierran más ventas y consiguen con mayor facilidad lo que se proponen, y eso me interesaba mucho.
Al día siguiente llegué al bar un cuarto de hora antes de lo habitual.
Caminé hasta el fondo de la barra y me senté en el último taburete alto, como casi siempre.
Observé de pasada a los parroquianos y parroquianas, como hacía cada mañana, pero esta vez trataba de identificar a la tal Carla, pues estaba convencido de que ya se encontraría allí.
La cafetería era grande, con un buen número de mesas altas enfrente de la barra, además de la hilera de taburetes giratorios que cubría toda la extensión del mostrador.
Habría unas veinticinco personas. La mayoría estaba en pareja y charlaba, mientras que quienes me interesaban se encontraban a sus cosas; es decir, miraban sus teléfonos móviles o divagaban en sus pensamientos mientras removían el café.
Había cuatro chicas jóvenes con aspecto de estudiantes que podrían encajar en el perfil, por lo que les presté algo más de atención.
Las demás personas sin compañía eran algunos hombres habituales, una jubilada y una muchacha con rastas descuidadas y varios piercings, vestida con ropa muy gastada.
La reconocí como una habitual de la zona: algunas mañanas pedía limosna junto a su perro en una esquina cercana, pero aquella mañana el animal no estaba con ella.
De haberlo estado, lo habría visto al entrar.
El camarero, Javier, me puso delante mi café con leche, largo y en vaso, sin necesidad de que se lo pidiera, mientras yo observaba a mis posibles objetivos sin la menor discreción.
Aquello podía resultar divertido. Pero los minutos pasaron y las estudiantes fueron levantándose y abandonando el local.
Otras personas entraban, ocupaban los sitios que quedaban libres y reclamaban mi atención.
La chica de las rastas pasó a mi lado camino del baño, dejando su pincho de tortilla a medio terminar.
Eché un vistazo general y descubrí que todos mis objetivos se habían ido descartando por sí mismos.
Repasé el bar de punta a punta sin temor a que me descubrieran y, cuando dirigí la vista hacia la mesa que hasta unos segundos antes había ocupado la mendiga del perro, vi algo.
Sobre el taburete descansaba un sobre idéntico al que había recibido el día anterior.
Me acerqué como si fuera a recoger uno de los periódicos de la barra hasta que pude leer con claridad las letras escritas en tinta negra:
Eduardo.
Cogí el sobre y, mientras regresaba a mi asiento, lo abrí, extraje la hoja de papel plegada en su interior y la leí:
El perro es de un colega y hoy se lo ha llevado a la playa.
No pude sino reírme y esperar a que la aparente mendiga regresara del baño. Poco después, una joven guapa y atractiva, con media melena castaña y vestida con un elegante traje azul marino, se sentó a mi lado.
—Las rastas y todo lo demás están en el bolso —dijo, posando una gran bolsa de cuero marrón claro en el suelo junto a su taburete—. ¿Cuándo empiezo? —preguntó con absoluta seguridad.
—Hoy mismo. Ya hablaremos del sueldo y esas cosas.
—Me parece bien —convino con una sonrisa cortés—. Ya he pagado —me informó, aludiendo tanto a su cuenta como a la mía.
Así fue como conocí a Carla. Con el tiempo, Carla empezó a decir que podía adivinar lo cansado o descentrado que estaba por mi firma: unas veces trazaba el apellido con letras enlazadas y otras lo reducía a tres golpes secos.
Yo lo atribuía a las prisas y ella terminó por convertirlo en una de sus bromas habituales sobre lo impreciso que soy.