Errores del destino Capítulo 17
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Capítulo 17

Carla

Al principio fue difícil, no voy a negarlo.

Carecía de experiencia, contactos y cartera de clientes, y desconocía cómo promocionarme más allá de publicar algún anuncio.

Eso fue lo que hice: inserté anuncios por palabras en distintas secciones de uno de los periódicos de mayor tirada, ABC.

Además, por aquellos años, el sector de la investigación privada era un perfecto desconocido para el público en general, más allá de lo que mostraban las películas y las series de televisión, lo que reducía la efectividad de aquellos anuncios.

Como decía, eran otros tiempos, y los anuncios en prensa funcionaban para vender pisos, buscar trabajo, comprar un coche o contratar clases particulares.

Yo me dedicaba a colocar los míos en diferentes secciones.

Los publicaba durante quince días en la de inmobiliaria y luego los trasladaba otros quince días a la de venta de coches.

Así fui probando distintos emplazamientos para descubrir dónde resultaban más efectivos.

La vida es curiosa en sí misma, y el comportamiento del ser humano lo es más aún.

Por eso no me extrañó que las secciones que mejor me funcionaran fuesen las de inmobiliaria, trabajo y necrológicas.

Sí, la de necrológicas fue una de las que mejores resultados me dio.

Tardé mucho tiempo en comprender el porqué, pero al final lo descubrí por casualidad.

En mi calle había un librero muy particular, pues, más que librero, parecía un manitas, que era lo que en realidad era.

La cuestión es que Tanis y yo entablamos amistad.

Él abría su pequeña librería cada mañana a las diez y, poco después, solía pasarse por mi oficina para traerme los periódicos del día.

—Tanis, ¿por qué siempre vas directo a la sección de necrológicas? —le pregunté un día mientras se sentaba unos minutos y, tras colocarse sus pequeñas gafas de lectura, comenzaba a hojearla.

—Es la quiniela —dijo con naturalidad—. Así veo a quién le ha tocado. Lo mismo un día me toca a mí y no me entero si no la leo —concluyó, guiñándome un ojo.

Resultó que Tanis era como una enciclopedia andante en lo referente a vecinos y ramas familiares.

Nunca llegué a conocer el alcance real de aquel portento de memoria y conocimiento.

Tanis no solo sabía quién era quién, sino también quién era primo, amigo, hermano, amante o socio de quién.

¿Que si saqué provecho de aquello en alguna de mis investigaciones? Por supuesto.

Pero, más allá de la curiosidad por saber si alguien se había caído de su lista de conocidos, había en él un hábito forjado durante décadas.

Con un poco de observación en bares y cafeterías, descubrí que mucha más gente compartía esa costumbre.

Tanta, que buena parte de mis clientes procedían de los anuncios publicados en aquella sección.

Por aquel entonces, había alquilado una pequeña oficina a pie de calle en un conocido barrio madrileño.

Al principio me pareció económica, pero, a medida que avanzaban los meses y los gastos se acumulaban, se convirtió en mi principal sangría económica, además de en un frecuente dolor de cabeza.

La situación se volvía cada vez más insostenible porque al alquiler del local profesional debía sumar el de mi casa.

Varios amigos me recomendaron que reuniera ambas cosas, pero a mí no me agradaba en absoluto la idea de vivir y trabajar en el mismo lugar.

Además, pensaba que un detective privado debía mantener su domicilio en el anonimato, porque hay gente muy loca por el mundo.

Un día, alguien —no recuerdo quién— me habló de que una conocida inmobiliaria tenía algo que podría servirme.

Según me contaron en la agencia, uno de sus clientes había heredado un piso enorme en pleno Chamberí.

Uno de esos inmuebles situados en edificios señoriales, con techos altísimos y varias puertas de entrada.

Al parecer, el nuevo propietario, alguien que ya estaba bien acomodado antes de heredar, había decidido dividir la vivienda en dos para obtener dos alquileres en lugar de uno.

Cuando fui a ver la propiedad acompañado por la atractiva comercial, me quedé alucinado.

El piso original, si es que se podía denominar así, había ocupado toda la primera planta y disponía de cuatro puertas de acceso, por lo que me costaba imaginar sus dimensiones iniciales.

Desde la puerta del ascensor nos quedamos contemplando las cuatro hojas de madera, todas modernas.

En los extremos de la planta, tanto a la izquierda como a la derecha, se veían dos entradas idénticas, típicas de cualquier domicilio.

En el centro se encontraban las otras dos, de manufactura similar, pero lacadas en blanco y con sendos apliques dorados junto a ellas.

Cada aplique iluminaba el lugar reservado para la placa identificativa del negocio o la empresa que se domiciliara allí.

Antes de entrar, aquello ya me parecía perfecto.

—Como puedes ver, la vivienda es totalmente independiente de la zona de negocio —señaló Anika, la imponente comercial, subida en unos zapatos negros con altos tacones de aguja que invitaban a recorrer con la mirada sus larguísimas y torneadas piernas hasta llegar a la corta falda negra que ceñía uno de esos espectaculares culos con forma de bombilla.

A esas alturas, ya había inspeccionado en repetidas ocasiones toda su espectacular figura mientras caminábamos desde su oficina.

Se notaba que Anika era consciente de sus poderosas armas de mujer cuando trataba con hombres y que no dudaba en aprovecharlas.

Iba impecablemente maquillada y vestía con elegancia; lucía un escote lo bastante abierto como para que resultara difícil mirar hacia otro lado y poseía una forma de hablar refinada, realzada por una voz tan sensual que me volvía loco cada vez que decía algo.

—Sí, es simplemente perfecto, pero, por favor, tutéame, Anika —le pedí con una sonrisa, buscando su complicidad.

—Como te decía, la entrada del negocio es independiente de la vivienda —repitió, sonriendo mientras escogía una llave de un abultado manojo.

—Viendo el edificio y las dimensiones del rellano, los pisos deben de ser enormes.

—Te va a encantar —afirmó mientras desbloqueaba la cerradura de seguridad de la zona de oficinas.

Empujó la pesada puerta y entró erguida y segura. La luz del recibidor se encendió automáticamente e iluminó el espacio.

—¡Voilà! Nada menos que ciento cincuenta metros cuadrados repartidos entre el recibidor, un aseo para clientes, dos despachos individuales con un baño completo cada uno, la zona de recepción, un cuarto de archivo y una sala de juntas —anunció mientras avanzaba hacia el resto de las estancias.

—¡Madre mía! —fue lo único que pude decir.

—Y falta lo mejor —añadió con una sonrisa pícara mientras entraba en uno de los amplios despachos y yo la seguía como un corderillo.

Me quedé contemplando la sala, vacía de enseres salvo por unas estanterías empotradas destinadas a albergar libros y documentos. Como yo no decía nada, decidió intervenir en un susurro para conferir misterio a sus palabras.

—Hay una puerta secreta —me reveló al tiempo que hacía un gesto misterioso.

—¿Dónde? —pregunté, tan sorprendido como emocionado, mientras miraba a mi alrededor.

—El detective eres tú —bromeó con picardía.

—Tocado —contesté, haciendo referencia al popular juego de hundir la flota. Sabía que la puerta tendría que estar en el lado izquierdo de la estancia para poder comunicar con la vivienda—. ¿Es una estantería móvil?

—Bien visto, sí, señor —confirmó sonriendo mientras se dirigía al mueble—. En realidad, hace de falsa pared y es igual por un lado que por el otro. Se abre noventa grados hacia cualquiera de los dos lados —terminó de explicar mientras tocaba algo que no llegué a apreciar desde mi posición.

El extremo del mueble se desplazó de inmediato hacia nosotros y dejó un hueco abierto en la pared por el que se podía pasar con comodidad.

—Adelante —me invitó sonriendo.

—Detrás de ti, por favor —respondí mientras fantaseaba con hacerla pasar de mi despacho a mi cama, al otro lado.

—La zona de vivienda cuenta con doscientos metros cuadrados —precisó.

—La antigua casa debía de tener más de setecientos metros cuadrados, ¿no es así? —calculé por pura aproximación.

—Alguno más, sí. Pero debes tener en cuenta que en esas casas vivían, además de los señores, los sirvientes, que solían ser una familia al completo. Por tanto, la parte destinada a los señores rondaría los cuatrocientos metros cuadrados, que sigue sin estar nada mal —explicó con una sonrisa.

Caminé unos minutos en silencio, entrando y saliendo de las distintas estancias. Todo estaba remodelado y poseía un aire moderno e impecable que indicaba que se encontraba a estrenar.

—Hay algo que no entiendo —le planteé.

—El precio —respondió con su enésima sonrisa.

—Eso es. Es muy barato. Está muy por debajo del precio de mercado.

—Así es. Nuestro cliente quiere cobrar en metálico tanto la parte destinada a vivienda como la de negocio y no declarar ninguno de los dos ingresos. Si eso supone un problema, no hay oferta. El propietario nos lo dejó muy claro.

—Si le sumamos el IVA, lo que le costaría en el IRPF y esas cosas, entonces ya estaría por encima del precio de mercado. ¿Me equivoco?

—De este modo, ambas partes ganan: él recibe más dinero líquido y tú obtienes una cuota de alquiler mucho más asequible —confirmó.

—Por mi parte no habrá ningún problema. Me lo quedo. Te daré la fianza ahora mismo.

—Sabia elección —dijo con una sonrisa, como si la respuesta no la hubiera sorprendido—. Eres la segunda persona que ha visto esta propiedad esta semana y, a juzgar por lo interesado que estaba el otro hombre, se va a llevar una buena decepción.

—Yo soy de los que cierran los tratos con dinero y no con palabras —me jacté para impresionarla.

—Amén a eso —aceptó, alzando el pulgar.