Capítulo 16 #3
—No termino de ver cómo alguien podría comprar un órgano robado a otro bebé para salvar al suyo. Y se lo repito: no soy una persona especialmente escrupulosa ni de mentalidad corriente.
—Lo entiendo, pero seguramente los árboles no le dejan ver el bosque, como suele decirse.
Suponga por un instante que usted y su esposa han deseado tener un bebé durante mucho tiempo y que por fin lo consiguen.
Llega el feliz día del nacimiento y, después, el equipo médico les comunica que su criatura padece una grave enfermedad que puede incluso costarle la vida si no aparece un donante a tiempo. ¿Me sigue?
—Claro que le sigo, pero ¿cómo va a aventurarse un médico, aun sin escrúpulos, a proponer semejante barbaridad? —pregunté, señalándolo por alusiones.
—De nuevo se está dejando llevar por un único enfoque y eso limita sus juicios.
Mire, no soy ningún experto en la materia, pero estudio economía por afición.
Una idea que se repite en numerosos textos, tanto modernos como antiguos, es que una demanda puede generar una oferta y viceversa.
En este caso, la demanda nace de la necesidad de conseguir uno o varios órganos para su criatura, que de otro modo morirá en poco tiempo.
Si usted tiene suficiente dinero, podrá decirle a su médico aquello de
«el dinero no es problema, doctor; haga todo lo necesario»…
—¡Hombre! —lo interrumpí—. Con «todo lo necesario» se entiende que hay unos límites.
Koldo Aldaia me sonrió como lo hace un abuelo a su nieto cuando está a punto de explicarle algo importante y evidente que el crío no ha sabido ver.
—Piense que este negocio del que le hablo implica tráfico internacional de órganos y tejidos.
En aquellos años, el globo completo podía retirarse para conservar y procesar el tejido corneal.
Eso no significa que se trasplantara un ojo entero: lo aprovechable era la córnea.
Que faltaran ambos ojos no demostraba el destino de aquel tejido, pero sí resultaba compatible con una extracción deliberada.
Había que interpretar esa ausencia junto al resto del vaciado que mostraba el cuerpo, nunca como una prueba aislada y concluyente del móvil.
Las córneas de ese pobre bebé bien podrían estar hoy implantadas en sus ojos —dijo, señalándomelos con el índice, lo que hizo que me llevase la mano a la cara en un acto reflejo de repulsa—.
Como le decía, tenemos la primera fase: la demanda.
Después, el pediatra hablará con todos sus contactos para tratar de encontrar, por vías legales, por supuesto, los órganos o tejidos que la criatura necesite.
Ya sabe: una cadena de llamadas en la que un amigo de un amigo de otro amigo conoce a alguien capaz de conseguir esas cosas a cambio de un precio elevado.
—Entonces usted sugiere que los médicos no sabrían nada, ¿no?
—No tendrían por qué saberlo y puede que tampoco quisieran
saberlo, aunque, claro… —Dejó de hablar y me observó con un
rostro repentinamente taciturno—. Puede que sí conocieran la trama; esa posibilidad siempre puede existir.
—¡Buf! Eso supondría un servicio a la carta de robo de órganos —concluí, asqueado.
—Me temo que podría ser, sí —se lamentó Aldaia, que volvió a recostarse en la silla mientras limpiaba las gafas con un paño por enésima vez—. Y, teniendo en cuenta que nada se destapó, si mi hipótesis es acertada, esa maquinaria seguirá funcionando a día de hoy.
Esa última revelación me hizo pensar que tendría que investigar esa línea y, ya de paso, tomar alguna precaución. Cuando hablamos de intereses millonarios, la gente tiende a querer protegerlos de formas, digamos, creativas.
—Doctor, ha sido un placer —le dije mientras me levantaba y le tendía la mano—. Me ha sido usted de mucha ayuda, aunque quiero que sepa que me voy de aquí con los pelos de punta.
—No es para menos —dijo, levantándose también mientras me estrechaba la mano con fuerza y cordialidad—. ¿Qué intenta unir en su investigación? —me preguntó con curiosidad mientras me acompañaba a la puerta.
—Ni yo mismo lo sé aún. Tengo unos hechos aparentemente aislados e inconexos que seguramente no lo serán tanto.
—Si necesita algo más de mí, no dude en llamarme. Me encantará ayudarle —se ofreció con sinceridad.
—No lo dude. Ha sido una charla muy productiva. Si no le supone inconveniente, ¿podría enviarme al correo electrónico que di en administración algunas copias de las imágenes que me ha enseñado?
Tenía que intentar conseguirlas, aunque sabía que podía negarse.
—Por supuesto, cuente con ellas —convino con complicidad profesional—. Respecto a la consulta que usted se ofreció a pagar al principio, no se preocupe. Ha sido un placer hablar con usted, así que está pagada de sobra.
Asentí y ladeé la cabeza en señal de agradecimiento.
No hacían falta más palabras, así que nos despedimos allí mismo.
Abandoné el edificio tan absorto en todo aquello que no sabría decir qué hice durante el camino de vuelta ni en las horas siguientes, hasta que, a la mañana siguiente, desperté en mi habitación completamente empapado en sudor.