Capítulo 16 #2
—Esté tranquilo, doctor. He visto de todo y me suelen tildar de carente de corazón, así que no se preocupe por mí —le aseguré con total confianza en mí mismo.
—Muy bien, será mejor así —convino abriendo la carpeta.
No puedo decir por qué, pero esperaba ver imágenes en blanco y negro.
Sin embargo, las fotografías de tamaño A4 que poseía el doctor Aldaia eran a todo color.
Se veían amarillentas por los años transcurridos y porque las cámaras y los materiales de la época no ofrecían una definición como la actual.
Pero, al fin y al cabo, eran fotografías en color y aquello me impresionó, al menos un poco.
Me tendió una de las instantáneas para que la observase.
—Fíjese en los bordes de las cuencas oculares —me pidió, señalando con el dedo índice.
Concentré la mirada en aquellos pozos negros y en el engrosamiento de la piel de alrededor. Se apreciaban pequeñas rasgaduras que pensé que podrían corresponder a mordiscos de diminutos peces.
—¿Lo tiene?
—Creo que sí —le dije sin demasiado convencimiento.
—Ahora observe esta otra —ordenó mientras me tendía otra fotografía del mismo tamaño.
—¡Joder! Pero si esto no es un bebé, ¡es una mujer!
—Así es. Esta mujer apareció en la costa de Barcelona diez años después de que lo hiciera el bebé de Arrigunaga. Observe los ojos, por favor.
La imagen era dantesca. El globo ocular derecho había desaparecido, como en el caso de la criatura, pero tampoco quedaba la piel de los bordes: había sido arrancada y se distinguían las hendiduras de diferentes dientes afilados.
El otro ojo seguía en su ubicación, pero carecía de párpado y de toda la piel circundante.
El resto de la cara se encontraba en un estado similar, con algunas zonas intactas y otras literalmente comidas.
—Es algo muy diferente —le comenté, esperando su explicación.
—Efectivamente —señaló, satisfecho de que hubiese apreciado lo que esperaba que viera—. El cuerpo de esta mujer fue recuperado tras permanecer tres días en el agua, casi el mismo tiempo que estuvo el bebé en el Cantábrico y, como puede ver, las diferencias son más que evidentes.
—Sí, pero la mujer está… ¿Cómo decirlo? ¿Más devorada por
los peces?
—Entienda que el océano no es una ciencia exacta.
Usted puede naufragar y vagar durante días o semanas a la deriva sin más complicaciones que el frío, la deshidratación y la angustia o, por el contrario, ser atacado y devorado por tiburones minutos después del siniestro —me aclaró sin mencionar cifras estadísticas.
—Ya veo. Digamos que la criatura tuvo más suerte con los depredadores marinos —completé la explicación del doctor sin intentar ser macabro.
—Podría decirse que la tuvo en el agua, pero no en tierra. Ninguna criatura marina podría realizar unas extracciones oculares tan precisas y minuciosas sin arrancar también otras partes adyacentes.
—¿Está seguro de eso?
—Absolutamente —zanjó con un gesto de solvencia profesional—.
El forense que examinó el cuerpecito concluyó lo mismo, según me dijo en persona muchos años después, pero recibió presiones de estamentos políticos y policiales para que el estado del cuerpo fuese atribuido a criaturas marinas sin especificar.
Además —continuó, visiblemente entusiasmado—, a lo largo de los años me he entrevistado con biólogos marinos, pescadores y buzos.
Todos concluyeron, por decirlo de alguna manera, que mi querido tío había acertado desde el principio con un simple vistazo.
—¿Insinúa que hubo una conspiración?
—Saque usted sus propias conclusiones —me invitó a pensar, como haría un profesor con un alumno—.
La investigación dio carpetazo a este caso desoyendo las evidencias científicas y médicas —se quejó, haciendo aspavientos con las manos y levantando mucho las cejas para señalar que había fuerzas interesadas en ello—.
Blanco y en botella, amigo Eduardo. Blanco y en botella, ¿no cree?
Me quedé reflexionando, mientras me frotaba la barbilla con la mano derecha, para tratar de conformar una visión de conjunto que pudiera utilizar después.
—Tendré que trabajar en ello, supongo —le dije a modo de respuesta a su teoría conspiranoica—.
No quiero robarle más tiempo, doctor Aldaia, pero solo una cosa más.
Deme, si no le importa, su opinión profesional sobre cuál podría haber sido el objetivo de quien o quienes hicieron aquello al recién nacido.
—Como cirujano, pero sobre todo como persona implicada, le he dado muchas vueltas al posible móvil y, al final, solo encuentro unas pocas motivaciones plausibles que encajan en mi visión del caso.
La primera, algún tipo de sadismo o psicopatía —enumeró, mostrando la palma derecha en busca de mi acuerdo, y asentí—.
La segunda, algún extraño rito ancestral de sacrificio o vaya usted a saber —añadió, repitiendo el movimiento, aunque esta vez lo acompañó de una mueca que indicaba que aquella hipótesis no lo convencía demasiado—.
Y la tercera y última, además de la más importante y probable para mí, el tráfico ilegal de órganos humanos —concluyó, abriendo ambas manos con magnificencia, como si me invitara a rebatir su hipótesis.
—¿Tráfico de órganos de bebés? —le pregunté horrorizado—. ¿Acaso existe tal cosa?
—Con suficiente dinero de por medio y la necesaria falta de escrúpulos, cualquier transacción comercial es posible, amigo mío. Y eso da lugar a un negocio: seguramente, a uno multimillonario.