Errores del destino Capítulo 16
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Capítulo 16

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—Koldo Aldaia Barrenetzea —me había dicho tres días después, junto con su antigua dirección y el número de su DNI.

Con eso me bastaba para continuar la búsqueda desde mi ordenador.

Digamos que no es legal tener en mi poder el censo nacional, pero lo tengo, y no precisamente gratis.

Las cosas ilegales tienden a ser caras y esta es una de ellas; a cambio, resulta muy útil y ahorra mucho tiempo en las investigaciones, al menos por lo general, como ocurrió en este caso.

Resultó que Koldo era médico y que ejercía como cirujano plástico en una conocida clínica madrileña de esas que se especializan en aumentar los pechos, corregir las arrugas y devolvernos todo eso que la edad nos arrebata y la vanidad quiere retener.

Para hablar con el protagonista del antiguo artículo tenía dos opciones: llamar por teléfono y tratar de que me pasaran con el doctor, o pedir una cita y visitarlo en persona.

Ante la poca probabilidad de que me permitieran hablar así, sin más, con un cirujano ocupado, opté por llamar a la clínica y pedir una cita para eliminarme las patas de gallo.

Unos minutos después, me encontraba al teléfono mintiéndole con toda naturalidad, como hacía a menudo, a la señorita que estaba al otro lado de la línea.

Le expliqué lo mal que me veía con aquellas dichosas arrugas y lo bien que me habían hablado del doctor Aldaia.

Al poco rato, la complaciente señorita me había concertado una consulta para esa misma tarde.

Mi sorpresa debió de resultar evidente, pues me explicó que acababan de cancelarle una cita.

Así que le agradecí mi suerte y prometí presentarme unas horas después.

Cuando llegué a la imponente clínica, una señorita muy atractiva y educada me pidió mi nombre para comprobar la cita.

Al preguntarle si había sido ella quien me había atendido por teléfono, me aseguró que había hablado con su compañera del turno de mañana.

Enseguida me indicó que pasase a una salita de espera, desde donde me llamarían para entrar en la consulta del cirujano.

Me senté en una de las seis cómodas butacas tapizadas en azul celeste y cogí la primera revista que encontré sobre la mesa central de cristal.

Era un número algo atrasado de la publicación Muy Interesante, pero se encontraba en un estado magnífico, por lo que supuse que muy pocas personas lo habrían hojeado.

Empecé a pasar las hojas desde el final hacia el principio, como hago siempre por alguna extraña configuración de mi cerebro que no me aporta ventaja alguna.

No había llegado ni a la mitad cuando la misma señorita se acercó hasta mí para decirme que podía pasar al despacho del doctor Aldaia, mientras señalaba con la mano derecha la puerta del fondo de la salita.

Sonreí a la muchacha para corresponder a su amabilidad y me acerqué a la puerta de nogal.

Golpeé con los nudillos por mera cortesía.

Una voz grave y masculina me invitó a pasar desde el interior, así que giré el pomo y empujé la puerta.

—Señor Eduardo, pase, por favor —me invitó desde detrás de su escritorio mientras tecleaba algo en su ordenador portátil.

Era un hombre de complexión fuerte y se notaba que estaba en cierta forma, a pesar de que le sobraba algún kilo, algo que atribuí a la vida sedentaria de cirujano. Llevaba unas gafas rectangulares sin montura que le hacían parecer algo mayor de lo que figuraba en su ficha personal.

—Así que… patas de gallo —dijo, mirándome con atención

cuando me senté frente a él.

—En realidad, estoy aquí por lo que ocurrió en la playa de Arrigunaga después de las inundaciones —dije, yendo directo al asunto para evitar que él perdiese parte de su valioso tiempo y para poder salir de allí lo antes posible con alguna información interesante.

—¿Quién es usted? —preguntó extrañado.

—Perdone mi brusquedad, doctor. En realidad, soy detective privado y he pedido una cita falsa para poder hablar con usted tranquilamente durante unos instantes sobre aquello que encontró con su perro. Por supuesto, pagaré la consulta; faltaría más.

El hombre se quitó las gafas y se quedó mirándome sin decir nada. Su expresión me hizo pensar que había sentido cierta añoranza por aquel perro al recordarle el acontecimiento.

—Yo ya había elegido cursar medicina por aquellas fechas, ¿sabe usted?

—No tenía ni idea, la verdad.

—Claro, supongo que no tenía manera de saberlo —continuó, recostándose en la silla—. Cuando encontramos aquel cuerpecito, me impactó muchísimo, como ya podrá imaginar.

Yo me limité a asentir con la cabeza, animándolo a continuar a su propio ritmo.

—La imagen de aquellas cuencas oculares y la de aquel cuerpo completamente vacío me persiguieron durante muchos años. Ahora mismo, mientras hablo con usted, las tengo en la mente como una diapositiva fija, nítida y clara.

—Me alegra que lo recuerde con tanta claridad, porque ese es precisamente el motivo de mi visita: conocer los detalles de primera mano. Aunque entiendo que han pasado muchos años y habrá pinceladas que se le escapen.

—Han pasado muchos años, sí. Pero créame cuando le digo que poseo una de esas memorias fotográficas y, como ya le he dicho, aquello me atormentó durante unos cuantos años; todos los de la carrera, de hecho.

Habré comentado los detalles precisos de lo ocurrido con al menos una veintena de profesionales y compañeros, siempre tratando de entender lo que en mi mente no terminaba de encajar.

—¿A qué se refiere? —pregunté. Mi curiosidad estaba a mil por hora.

—Como podrá suponer, aquel acontecimiento ocupó un buen número de conversaciones familiares durante las primeras semanas.

Todo el mundo trataba de animarme. Bueno, casi todo el mundo —se corrigió—.

Excepto mi tío Mikel, al que todos conocían como el Mexicano por la etapa que pasó en aquel país.

Él, que había pasado media vida faenando en pesqueros de medio mundo, decía que aquello había sido obra de hombres, no de peces. Lo repetía constantemente.

—Pero ¿cómo puede ser eso? Hasta donde yo sé, los periódicos no publicaron fotografías del bebé y, por supuesto, la televisión de la época tampoco —objeté con curiosidad.

—Bueno, en realidad, aquel miércoles el tío Mikel no había salido a faenar porque estaba de permiso y, claro, cuando se armó todo aquel alboroto, bajó a la playa.

—Entonces él también lo vio.

—Claro, él y otras docenas de personas que se arremolinaron allí. Ya sabe, eran otros tiempos y el celo policial era diferente — explicó, como si se excusara por la intromisión de los curiosos.

—Ya lo creo. Todo ha cambiado mucho, quizás demasiado — apunté con verdadera añoranza—. Pero ¿qué es lo que no les cuadraba a su tío y a usted?

—Él decía que, durante los años que había pasado pescando en África, había visto muchos cadáveres volver a la orilla y que nunca jamás había visto ninguno con la precisión y la limpieza que, según él, presentaba el bebé. Incluso se lo dijo a la policía.

—¿Le hicieron caso?

El doctor Aldaia sonrió con bondad antes de responder.

—Mi tío bebía bastante, ya sabe. Era un viejo conocido en la zona por sus valentonadas, peleas y borracheras. Nadie lo tomó en serio, claro. Pero tenía razón —añadió, alzando las cejas para reforzar su afirmación.

—¿Cómo que tenía razón? ¿A qué se refiere? —le pregunté con sumo interés, convencido de que aquella visita iba a resultar muy productiva.

—Imagino que usted no ha visto ninguna de las imágenes del bebé —se aventuró sin darse importancia.

—¿No me estará diciendo que tiene alguna fotografía de la criatura? —pregunté. De haber sido religioso, habría rezado para que la respuesta fuese afirmativa.

—Alguna no; las tengo todas, señor Eduardo —afirmó con absoluta seguridad mientras se levantaba de la silla.

—¿Cómo las consiguió? —pregunté, muy intrigado por saber cómo lo había hecho.

—Una vez terminada la carrera y tras comenzar a trabajar aquí y allá, fui haciendo amistades, favores y todo eso; ya sabe cómo va —dijo, tanteándome, y me limité a asentir una vez más.

—Mi condición de médico me abrió muchas puertas, por supuesto. Si a eso le suma que fui yo quien encontró al recién nacido, comprenderá por qué no me costó hacerme con todo el archivo fotográfico de la autopsia.

—Me tiene usted en ascuas, doctor. ¿Descubrió algo?

—Algo encontré, sí —dijo pausadamente mientras sacaba un manojo de llaves del bolsillo del pantalón.

Cuando encontró la que buscaba, se dirigió hacia un archivador vertical, introdujo la pequeña llave en la cerradura superior y desbloqueó los cuatro cajones. Abrió el primero y, sin necesidad de rebuscar, extrajo directamente la carpeta colgante que quería.

—Aquí está todo —señaló—. Tengo imágenes, apuntes e incluso transcripciones de las conversaciones que mantuve con el forense que realizó la autopsia.

El inventario menciona además dos bloques de parafina.

El forense conservó muestras de tejido porque el recién nacido no estaba identificado y la causa quedó abierta durante meses.

Yo nunca los he tenido; deberían seguir en el archivo del instituto, si nadie los destruyó durante los traslados.

—Entonces no tenemos una muestra, sino constancia de que puede existir —dije—. No es lo mismo, pero es un comienzo. ¿Compartió en algún momento sus hallazgos con la policía?

—Ciertamente lo intenté, pero alegaron que estaba implicado emocionalmente y que veía fantasmas donde no había nada. Al final el caso se cerró con la suposición de que alguna madre, de identidad desconocida, dio a luz por su cuenta y se deshizo de la criatura arrojándola al mar.

—Pero, por su expresión, intuyo que usted no cree eso, ¿verdad?

Negó con la cabeza con absoluta seguridad.

—Lo mejor será que se lo muestre y se lo explique —me dijo mientras depositaba el expediente sobre su mesa.

—Sí, por favor —le rogué, suponiendo que estaría encantado de mostrar su hipótesis a alguien interesado en escucharla.

—¿Es usted aprensivo?