Errores del destino Capítulo 15
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Capítulo 15

Trabajo

Se desabrochó con lentitud los botones de la camisa y después los de los puños.

Se quitó la prenda con cuidado de no manchar la fina seda blanca y la dejó colgada en el respaldo de la única silla que había en la habitación.

Acto seguido, se quitó los zapatos de cuero marrón sin siquiera agacharse.

Primero se quitó el derecho y después el izquierdo, como hacía siempre.

Los empujó con el pie hasta dejarlos emparejados justo al lado de la silla.

Después llegó el turno del cinturón. Tiró de la cinta de cuero, liberó el pasador metálico y cromado de la hebilla y separó un extremo del otro.

Desabrochó el botón de los pantalones vaqueros y bajó la cremallera, recreándose en el momento sin dejar de mirarla.

Se bajó los pantalones hasta las rodillas y se sentó en la silla para poder quitárselos con comodidad.

Primero sacó la pierna derecha y después la izquierda.

Los dobló con lentitud, se levantó y los depositó sobre el asiento de la silla.

Ahora la fuerte erección apenas le molestaba.

El amplio bóxer de rayas azules y blancas ofrecía mucha menos resistencia que el estrecho pantalón vaquero.

Tiró de él hacia abajo y lo dejó caer al suelo.

Desde allí lo recogió con la punta de los dedos del pie derecho y, con un hábil movimiento, lo lanzó con precisión sobre los pantalones que acababa de plegar.

Tomó el pulverizador de aceite de la mesita y se preparó con la rutina precisa de quien había repetido aquella violencia demasiadas veces.

Ella no podía ver lo que él hacía, pues estaba tumbada boca abajo sobre la cama, con las piernas juntas y el culo en pompa.

La larga melena rubia le caía desordenada sobre la espalda.

Él se dirigió hacia ella sin dejar de frotarse el miembro.

Cuando llegó junto a la cama y se situó a su lado, le agarró la nalga derecha, como hacía siempre.

Comenzó a manosearle el cachete y enseguida deslizó los dedos hasta la vagina.

Estaba seca, algo que ni le extrañó ni le importó en lo más mínimo. Sus dedos aceitosos harían el trabajo.

Poco a poco y sin delicadeza, introdujo varias veces el dedo índice y después añadió el corazón.

Con ambos dedos dentro de ella, presionó con fuerza hacia el interior, como si pretendiera agrandar la estrecha cavidad, pero la mujer ni se inmutó.

No gimió ni tampoco se quejó. Solo se dejó hacer, como hacía siempre.

Cuando quedó satisfecho con su trabajo manual, sacó los dedos y se los llevó a la boca para chupárselos con un gesto lascivo.

Después se subió a horcajadas sobre ella y dejó el pene sobre el canal formado por ambas nalgas.

Recolocó a su gusto el gran almohadón que había entre el colchón y la pelvis de la mujer hasta dejarlo en el lugar idóneo.

Entonces se guio el miembro con la mano derecha hasta introducirlo en la estrecha vagina.

No encontró ninguna dificultad para hacerlo.

Una vez más, el aceite había hecho su trabajo.

Gimió por la punzada de placer que sintió al penetrarla por completo.

Cerró los ojos para relajarse y disfrutar del momento justo antes de agarrar una nalga con cada mano y comenzar un lento vaivén.

La mujer permanecía inmutable, con la cabeza girada hacia la izquierda y los brazos extendidos hacia delante.

Él aceleró el movimiento de la pelvis hasta transformar el lento vaivén en auténticas embestidas que ella soportaba impasible, y aquello lo enfurecía.

Soltó el trasero de la mujer y, con las manos ahora libres, recogió con rapidez toda su melena para formar una coleta improvisada, que agarró con la derecha. Tiró del cabello hacia atrás con fuerza mientras continuaba embistiendo a la mujer, pero ella no dijo ni hizo nada.

En su rostro podía verse la rabia por no obtener su premio, pero ella no estaba dispuesta a dárselo. A fin de cuentas, aquello terminaría como siempre y lo único que podía negarle era la recompensa de su dolor.

—Si no chillas por las buenas, lo harás por las malas. ¿Me oyes?

No obtuvo respuesta.

—¡Juro por Dios que te pegaré tan fuerte que chillarás y llorarás suplicándome que pare! —la amenazó, deteniendo por un momento el movimiento de la pelvis.

Pero ella tan solo cerró los ojos con fuerza, preparando el cuerpo para cualquier cosa que pudiera venir y aferrándose a la determinación absoluta de no emitir ni el más leve quejido.

—¡Aaaaah! —rugió con rabia mientras empujaba de nuevo, le retorcía el cabello y tiraba de él hacia atrás.

La mujer tenía en el rostro una mueca de dolor que no podía ocultar, pero él, desde su posición, no podía verla.

Ella lo sabía y eso la reconfortaba al menos un poco.

Entonces recibió una fortísima bofetada en la mejilla izquierda que estuvo a punto de arrancarle un quejido, pero consiguió contenerlo.

También soportó la segunda y la tercera mientras notaba el sabor de la sangre en la boca.

Se obligó a resistir cuanto pudo, pues sabía que no podía faltar mucho para que él terminara.

Nunca tardaba mucho más en hacerlo; lo sabía por experiencia.

Notó cómo el cuerpo de él se tensaba, cómo la respiración se detenía por un momento y cómo un leve gruñido acompañaba a una sensación de calor en su interior que reconocía perfectamente.

Él permaneció un momento inmóvil sobre ella antes de retirarse, complacido y molesto a partes iguales. Cuando terminó, añadió una última humillación antes de apartarse. Luci mantuvo los labios cerrados y esperó a oír el portazo para permitirse llorar.

—Pasado mañana volveremos a pasarlo bien —añadió con sorna.

Ella mantenía los labios cerrados con todas sus fuerzas, pero no pudo evitar que el olor inconfundible de la mano penetrara por sus fosas nasales.

El asco le provocó una arcada casi inmediata que él no llegó a escuchar, pues ya salía desnudo de la habitación, con la ropa bajo el brazo derecho y los zapatos en la mano izquierda.

Cuando escuchó el portazo, se permitió llorar para liberar la rabia y la impotencia. Podía hacerlo sin temor a que nadie la viera. Aún faltaba al menos media hora para que alguien entrara para liberar sus muñecas y sus tobillos de las correas de cuero que todavía la sujetaban firmemente a la cama.

Álex se vistió con celeridad en el cuarto que tenía reservado en la misma planta del edificio.

Se puso las gafas de sol y se encaminó hacia el aparcamiento.

Mientras recorría deprisa el pasillo desierto, consultó las manecillas de su reloj de pulsera y comprobó que se había retrasado más de la cuenta.

Apretó aún más el paso para tratar de recuperar el tiempo que había perdido.

No podía llegar tarde, pues aquel retraso sería una catástrofe para todos.