Errores del destino Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

La orden eliminó cualquier posibilidad de cerrar el asunto como un suicidio conveniente.

El cuerpo de Marcos Mendoza fue introducido en una bolsa y trasladado al vehículo funerario poco después.

Su teléfono, las llaves, la cartera y los efectos personales quedaron bajo custodia.

No había ninguna nota, ningún mensaje de despedida ni nada que explicara por qué un hombre que media hora antes hacía bromas durante el desayuno había decidido quitarse la vida con el arma de un amigo.

La Beretta, el cargador y el casquillo salieron de la finca en otro vehículo.

Carlos observó cómo se los llevaban desde una de las ventanas.

Había pretendido librarse de una explicación sobre la munición expansiva. En cambio, había vaciado el cargador de un arma empleada en un homicidio, había permitido que Martín limpiara un indicio y después había mentido al responsable de la investigación.

Ya no era únicamente el propietario de la pistola.

Era parte de la manipulación de la escena.

Cuando los vehículos abandonaron la finca, todavía quedaron varios agentes revisando el recorrido entre la casa, los coches y el banco.

Otros comenzaron a registrar los márgenes del camino y los alrededores del establo en busca del bastón.

Salcedo comunicó a los presentes que la investigación continuaría durante toda la tarde.

—Nadie puede marcharse hasta que terminemos las primeras diligencias —advirtió—. La zona exterior permanecerá acordonada y necesitaremos examinar las habitaciones donde se guardaban las armas.

—Pueden examinar cuanto quieran —dijo Rodrigo—. Quiero saber quién ha hecho esto en mi casa.

—Lo ocurrido ya no se limita a su casa.

Rodrigo no replicó.

Una hora más tarde, los especialistas fotografiaron en su sitio las prendas y el equipo de caza de cada invitado.

A medida que las horas avanzaban, la reunión de amigos perdió sus últimas apariencias. Raúl permanecía solo junto a la chimenea. Marcial y Marga hablaban en voz baja con su hijo. Rodrigo caminaba de una ventana a otra como si todavía esperase descubrir a alguien escondido entre los árboles.

Carlos encontró a Martín en el salón de la tercera planta. Estaba de pie frente al enorme ventanal desde el que Rodrigo había contemplado el amanecer unas horas antes.

—Sebas no ha hablado —dijo Martín sin volverse.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si lo hubiera hecho ya nos habrían separado de los demás y estarían registrándonos.

—Puede haber contado una parte.

—¿Qué parte?

—La suficiente para que ese teniente me preguntara si saqué el cargador.

Martín se volvió.

—¿Te lo preguntó directamente?

—Sí.

—También pudo deducirlo. El cargador vacío es una rareza.

Carlos se acercó a la ventana.

—He dicho que llevaba munición blindada.

—Espero que no encuentren el proyectil.

—Encontrarán fragmentos. Pero no podrán demostrar que las balas eran mías. Marcos pudo llevar los cartuchos o quien lo mató pudo introducirlos en el arma.

—Y nosotros hemos convertido esa explicación en una mentira más.

—Teníamos que hacerlo.

Martín negó con la cabeza.

—No. Tú tenías que hacerlo. Yo decidí ayudarte.

La diferencia quedó establecida entre los dos.

Abajo, varios agentes inspeccionaban el interior del Mercedes mientras otro tomaba fotografías de las huellas existentes alrededor del vehículo.

—El bastón sigue sin aparecer —dijo Carlos.

—Lo encontrarán en cualquier sitio.

—No.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque no se le cayó. Quien mató a Marcos se lo llevó.

—¿Para qué?

—Eso es lo que no entiendo. Dejarlo junto al cuerpo habría reforzado el suicidio. Sin él, todos sabemos que alguien tuvo que ayudarlo a recorrer esos veinte metros.

—El asesino pudo olvidarlo en otro lugar.

—Tampoco debería haber dejado el casquillo a la izquierda. Ni un cargador vacío. Ni mi pistola en la mano de Marcos.

Martín guardó silencio.

Carlos contempló las extensiones de monte que rodeaban la casa. Desde aquella altura, los agentes parecían pequeñas figuras moviéndose sin rumbo sobre la tierra.

—Lo preparó todo con prisas —aventuró Martín.

—No lo creo. Para entrar en mi habitación tuvo que saber que todos subiríamos después del desayuno. Tenía que conocer dónde guardaba la pistola y esperar a que Marcos saliera solo. Eso no es improvisar.

—Entonces cometió demasiados errores.

—Puede que no fueran errores.

Martín frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Si solo pretendía fingir un suicidio, podía haber utilizado cualquier arma. Eligió la mía.

—Era la que tenía más cerca.

—Había rifles en todas las habitaciones. También podía haber traído su propia pistola y dejarla junto al cuerpo. Sin embargo entró en mi dormitorio, cogió mi Beretta, cargó munición especial y se ocupó de que todos la reconociéramos.

—No sabemos que lo cargara él.

—Yo sí lo sé.

La seguridad con la que lo afirmó obligó a Martín a desviar la mirada.

—¿Crees que querían incriminarte?

—No necesariamente. Si hubieran querido hacerlo, habrían conservado mejor las huellas y el cargador estaría lleno. Querían que mi nombre apareciese en la investigación. Querían que yo me preguntara quién había utilizado mi arma y por qué.

—Puede que estés viendo una intención donde solo hubo una oportunidad.

—Quizá.

—Deja que lo investigue Policía Judicial.

Carlos sonrió sin humor.

—Cuando analicen el proyectil, investigarán de dónde salió la munición. Cuando revisen el cargador, se preguntarán quién lo vació. Y cuando Sebas deje de tener miedo, les contará lo que vio.

—Entonces será mejor no movernos.

—Alguien ha matado al ministro del Interior delante de nosotros, ha utilizado mi pistola y se ha llevado el bastón de un hombre que no podía caminar. No pienso sentarme a esperar.

—Carlos, no hagas ninguna estupidez.

El coronel continuó mirando a los agentes.

—Voy a averiguar quién estuvo en mi habitación.

—Cualquiera de nosotros pudo entrar.

—Lo sé.

—¿También sospechas de mí?

Carlos giró la cabeza hacia él.

—Sospecho de todos.

Martín sostuvo su mirada durante unos segundos. Después asintió con lentitud, como si aquella respuesta, lejos de ofenderlo, le pareciera la única posible.

En el exterior, uno de los agentes levantó un brazo para llamar a sus compañeros. Había encontrado algo entre la maleza. Carlos y Martín se acercaron al cristal, pero desde aquella distancia no consiguieron distinguir qué sostenía.

Durante unos segundos, Carlos pensó que podía ser el bastón.

No lo era.

Los agentes reanudaron la búsqueda y la finca volvió a llenarse de movimientos lentos y silenciosos.

—Quien haya hecho esto sabía cómo reaccionaríamos —dijo Carlos—. Sabía que yo reconocería el arma, que Martín intentaría protegerme y que todos empezaríamos a desconfiar de los demás.

—Puede que eso fuera precisamente lo que buscaba.

Carlos pensó en el casquillo, en el cargador vacío, en el bastón desaparecido y en la pregunta que Salcedo le había formulado.

¿Por qué escogería alguien precisamente su arma?

Hasta entonces había creído que Marcos Mendoza era la única víctima de lo ocurrido aquella mañana. Por fin comprendió que se equivocaba.

Quien había matado a Marcos no se había limitado a dejarle una pistola en la mano.

También había colocado a Carlos dentro del crimen.