Capítulo 14 #2
Las declaraciones de Raúl y Martín coincidieron en casi todo. Ambos habían subido a sus habitaciones. Raúl regresó a por el rifle y Martín a cambiarse las botas. Ninguno afirmó haber escuchado el disparo. Cuando bajaron, el cadáver ya había sido descubierto.
Martín confirmó que Carrillo había reconocido el arma y había hecho ademán de cogerla, pero aseguró que él mismo se lo impidió.
—Después el coronel nos pidió que entráramos en la casa — explicó—. Dijo que había que preservar la zona.
—¿Volvió usted a salir?
Martín sostuvo la mirada del teniente.
—Sí. Carlos quería consultarme una cuestión relacionada con la pistola.
—¿Qué cuestión?
—Que era de su propiedad y que podía encontrarse en una situación comprometida.
—¿Se acercaron al cadáver?
—Lo suficiente para observar la posición del arma y del casquillo.
—¿Tocaron algo?
—No.
—¿Cuánto tiempo permanecieron fuera?
—No sabría decirle. Dos o tres minutos.
—¿Estaban solos?
—Al principio sí. Después apareció el hijo de los guardeses.
—¿Sebas?
—Así es.
—¿Qué vio?
—Tendrá que preguntárselo a él.
—Se lo preguntaré. Ahora se lo pregunto a usted.
Martín apoyó la espalda en la silla.
—Nos vio junto al cadáver. Yo le dije que entrase en la casa y que no comentara nada hasta que llegaran ustedes. No sabíamos si aquello era un suicidio o un asesinato y no quería que empezase a asustar a todo el mundo.
—¿Le explicó que estaban comprobando la posición del arma?
Martín tardó una fracción de segundo en responder.
—Es posible. No recuerdo las palabras exactas.
Salcedo cerró la libreta.
—El señor Leciñana dice que usted evitó que el coronel tocara la pistola. Usted afirma que después regresaron juntos hasta el cuerpo para examinarla.
—Examinar una escena no significa tocarla.
—No he dicho que lo signifique.
El teniente se levantó, indicándole que la entrevista había terminado y salió sin añadir nada más.
Mientras se recogía la declaración de Carlos, los especialistas terminaron de fotografiar el cadáver. Levantaron el arma con las precauciones necesarias, extrajeron el cargador y comprobaron la recámara.
Ambos estaban vacíos.
—Una pistola semiautomática, un solo disparo y ningún otro cartucho —comentó la investigadora.
—Puede haber retirado las demás balas antes de suicidarse — dijo uno de sus compañeros.
—¿Y dónde están?
Ninguno respondió.
El arma, el cargador y el casquillo fueron embalados por separado. El número de serie confirmó después que la Beretta estaba registrada a nombre de Carlos Carrillo.
El coronel recibió la información sin mostrar sorpresa.
—Ya les he dicho que es mía.
—Necesito saber dónde la guardaba —dijo Salcedo.
—En mi habitación. Dentro de su funda.
—¿Cerrada con llave?
—No.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—Anoche, antes de acostarme.
—¿Estaba cargada?
Carlos sabía que aquella pregunta llegaría. Aun así, sintió que la camisa se le pegaba a la espalda.
—Sí.
—¿Cuántos cartuchos había en el cargador?
—No los conté. Estaba completo.
—Sin embargo lo hemos encontrado vacío.
—Eso tendrá que preguntárselo a quien haya utilizado el arma.
—¿Qué tipo de munición llevaba?
—Munición convencional.
La mentira salió con naturalidad. Había pasado demasiados años escuchando declaraciones como para no saber que una respuesta breve resultaba más convincente que cualquier explicación.
—¿Convencional significa reglamentaria?
—Blindada, adquirida legalmente.
Salcedo tomó nota.
—¿El señor Mendoza sabía que usted llevaba esa pistola?
—Todos lo sabían. No era ningún secreto.
—¿También sabía dónde la guardaba?
—No puedo asegurarlo. Anoche dejamos las armas en las habitaciones. Marcos pudo verme entrar con la funda.
—¿Tenía algún motivo para quitarle la pistola?
—Ninguno.
—¿Lo consideraba capaz de suicidarse?
—Hasta esta mañana, no.
—¿Y ahora?
Carlos miró hacia la puerta cerrada.
—Ahora no creo que se haya suicidado.
—¿Por qué?
—El casquillo estaba al lado contrario del lugar donde debería haber caído. El bastón ha desaparecido. Marcos apenas podía caminar sin él y, además, alguien vació el cargador.
—¿Cuándo reparó en que estaba vacío?
La pregunta golpeó a Carlos con la fuerza de una bofetada.
—No lo sabía hasta que me lo ha dicho.
—Ha dicho que alguien vació el cargador.
—Es una deducción. Yo lo dejé lleno.
—¿Tocó el arma?
—No.
—¿Se agachó junto al cuerpo?
—Me acerqué para comprobar si era mi pistola.
—Sebas lo vio.
—Sebas me vio allí, como todos los demás.
—Él llegó después que los otros.
Carlos apoyó ambas manos sobre las piernas para evitar que el teniente notara la tensión de sus dedos.
—Martín y yo estábamos intentando averiguar si el disparo era compatible con la posición del casquillo. No alteramos nada.
—Entonces nadie tendrá problemas en los análisis.
Salcedo dejó la frase suspendida. Recogió la libreta y se puso en pie.
—Una última pregunta. ¿Por qué cree que alguien escogería precisamente su arma para matar al ministro?
—Eso es lo que espero que averigüen ustedes.
—Lo averiguaremos.
Cuando el teniente salió, Carlos esperó un poco antes de levantarse. Sintió el impulso de seguirlo y preguntarle qué había declarado Sebas, pero hacerlo solo serviría para confirmar que tenía algo que temer.
El joven fue el último en ser entrevistado.
Entró en el despacho mirando al suelo y se sentó en el borde de la silla. Salcedo dejó que pasaran unos segundos antes de formular la primera pregunta.
—¿Dónde estabas esta mañana, Sebas?
—En las cuadras.
—¿Desde qué hora?
—Antes de las ocho.
—Tu padre te había pedido que repostaras los vehículos.
—Se me olvidó.
—¿Estuviste todo el tiempo con los caballos?
—Sí.
—¿Solo?
—Sí.
—Entonces nadie puede confirmar que estuvieras allí.
Sebas levantó la mirada.
—No tengo por qué mentirle.
—Yo tampoco he dicho que mientas. ¿Oíste el disparo?
—Sí.
—¿Qué hiciste?
—Al principio nada. Pensé que habían empezado a cazar.
—Estabais a punto de salir de la finca. No tenía sentido que disparasen junto a la casa.
—No lo pensé.
—¿Por qué regresaste?
—Recordé lo de los coches.
—¿Cuánto tardaste?
—No lo sé.
—¿Qué encontraste cuando llegaste?
Sebas se frotó las palmas contra los pantalones.
—Al señor Marcos muerto.
—¿Había alguien con él?
—El coronel y el señor Martín.
—¿Qué estaban haciendo?
—Comprobaban el arma porque había algo que no les cuadraba.
Salcedo inclinó ligeramente la cabeza.
—Yo no te he preguntado lo que te dijeron. Te he preguntado lo que viste.
Sebas abrió la boca, pero no respondió.
—¿El coronel tenía algo en las manos?
—No me fijé.
—¿Estaba agachado junto al cuerpo?
—Creo que sí.
—¿Tocaba la pistola?
—No lo sé.
—¿Qué hizo el señor Revuelta cuando te vio?
—Me preguntó dónde había estado.
—¿Algo más?
—Me mandó entrar en la casa.
—¿Te pidió que no contaras lo que habías visto?
El joven miró hacia la ventana.
—Dijo que podía haber un asesino entre nosotros y que era mejor que no dijera nada hasta que llegaran ustedes.
—¿Te amenazó?
—No.
—¿Te empujó?
—Solo me indicó que caminara.
—Sebas, necesito que comprendas algo. No estamos investigando el robo de un rifle ni una pelea. Ha muerto una persona. Si ocultas información para proteger a alguien, puedes convertirte en parte de lo que haya ocurrido.
—No estoy protegiendo a nadie.
—Mírame y vuelve a decirlo.
El muchacho levantó la cabeza. Salcedo sostuvo su mirada hasta que Sebas tuvo que apartarla.
—No estoy protegiendo a nadie —repitió.
—¿Viste al coronel sacar el cargador de la pistola?
Durante un instante, Sebas dejó de respirar.
Después negó con la cabeza.
—No.
Salcedo anotó la respuesta, cerró la libreta y permitió que se marchara.
Marga lo esperaba en el pasillo. Nada más verlo salir, lo abrazó con tanta fuerza que el muchacho tuvo que separar los brazos para no perder el equilibrio.
—¿Estás bien?
—Sí, mamá.
—¿Qué te han preguntado?
Sebas miró por encima del hombro hacia la puerta del despacho.
—Lo mismo que a todos.
Carlos, situado al otro extremo del corredor, observó cómo se alejaban. La respuesta del joven no le tranquilizó. Al contrario. Sebas tenía la palidez de quien acababa de contar una mentira y temía que los demás pudieran verla escrita en su cara.
La comisión judicial llegó pasado el mediodía. Con ella apareció el médico forense, que realizó una primera inspección antes del levantamiento del cadáver. Examinó la herida, la rigidez, la posición de las extremidades y la ropa. Después observó la pierna izquierda de Marcos.
—La musculatura está muy deteriorada —comentó—. ¿Tenía problemas graves de movilidad?
—Desde hacía cuarenta años —respondió Carlos—. No podía caminar sin bastón.
El forense miró alrededor.
—¿Dónde está?
—Ha desaparecido.
—Entonces tendremos que averiguar cómo llegó hasta este banco.
Examinó las manos del muerto y ordenó que fueran protegidas para preservar cualquier posible residuo del disparo. También pidió que se fotografiaran las suelas del calzado antes de moverlo.
La magistrada de guardia escuchó el informe de Salcedo y contempló el escenario desde fuera del perímetro.
—¿Suicidio? —preguntó.
—Puede serlo —respondió el teniente—, pero hay demasiados elementos que no encajan para tratarlo como tal.
—¿Cuáles?
—El arma pertenece a uno de los presentes.
El cargador y la recámara están vacíos. El casquillo apareció en el lado contrario al habitual, aunque pudo rebotar.
La víctima necesitaba un bastón que no hemos encontrado y todos los testigos aseguran que salió de la casa apoyándose en él.
Además, al menos seis personas se acercaron al cadáver antes de nuestra llegada.
—¿Hay indicios de que el cuerpo fuese trasladado?
El forense negó con la cabeza.
—A simple vista, no. La proyección de sangre indica que recibió el disparo en este lugar. La autopsia tendrá que determinar la distancia y la trayectoria exactas.
—Entonces, si no llegó solo, alguien tuvo que acompañarlo.
—O traerlo contra su voluntad —añadió Salcedo.
La magistrada observó la casa. En varias ventanas se distinguían figuras que se apartaban en cuanto comprendían que estaban siendo observadas.
—Trátenlo como una muerte violenta y sospechosa hasta que tengamos los resultados.