Capítulo 14
PJ
Las dos patrullas de la Guardia Civil tardaron casi dos horas en llegar a la propiedad desde que el coronel Carlos Carrillo dio el aviso. El acceso a la finca, perdido entre kilómetros de monte y pistas privadas, no había facilitado las cosas.
De los cuatro guardias que descendieron de los vehículos, ninguno llevaba galones. El más joven apenas tendría veinticinco años y fue también el primero en reconocer a Carrillo. Nada más verlo, cuadró los hombros y adoptó una rigidez que contagió de inmediato a sus compañeros.
—Si le parece, mi coronel, preservaremos el cadáver y los alrededores hasta que llegue el equipo de Policía Judicial.
—Eso es lo que deben hacer —respondió Carlos—. Pero no esperen órdenes mías. Yo he dado el aviso y soy uno de los presentes. Actúen como si no estuviera aquí.
—A la orden, mi coronel.
El guardia se dirigió al maletero de uno de los coches patrulla y sacó un rollo de cinta de señalización. No parecía capaz de comportarse como si el coronel no estuviera allí, pero al menos comprendió que debía hacer su trabajo sin consultarle cada decisión.
Los cuatro agentes se repartieron las primeras tareas. Uno cerró el acceso a la finca; otro comenzó a anotar los nombres de quienes se encontraban en la casa; los dos restantes delimitaron el espacio comprendido entre los vehículos, el banco de madera y la pared ensangrentada del establo.
No tocaron el arma, el casquillo ni el cuerpo.
Carlos permaneció cerca mientras trabajaban. Desde que había vuelto a insertar el cargador vacío en la Beretta no había conseguido apartar de su cabeza la imagen de Sebas observándolo con la mano sobre la boca.
El muchacho sabía que había manipulado el arma.
No podía saber por qué, ni qué había hecho exactamente, pero lo había visto agachado junto al cadáver.
Martín se había encargado de ofrecerle una explicación y meterlo en la casa.
Aun así, Carlos conocía bien la diferencia entre haber convencido a alguien y haberlo intimidado para que guardase silencio.
Antes o después, alguien le preguntaría qué había visto.
—Mi coronel —lo llamó el guardia más joven—, necesitaremos que entre en la casa con los demás.
Carlos lo miró sin moverse.
—Pensaba quedarme para ayudarles a custodiar la zona.
—El equipo de Policía Judicial querrá saber quién ha entrado y salido del perímetro. Si permanece aquí, tendremos que incluirlo en todas las anotaciones.
El guardia hizo un esfuerzo visible para sostenerle la mirada. Carlos estuvo a punto de recordarle con quién estaba hablando, pero comprendió que el joven tenía razón.
—Muy bien. Ya saben dónde encontrarme.
Entró en la casa y cerró la puerta.
Los demás se encontraban en el comedor. Nadie ocupaba el lugar donde había desayunado Marcos.
La taza que había utilizado continuaba junto a su plato, con un resto de café frío en el fondo.
Marga había intentado recoger la mesa, pero Rodrigo se lo había impedido por si los investigadores querían examinar algo.
Desde entonces la mujer permanecía sentada junto a Marcial, sujetándole una mano entre las suyas.
Sebas estaba apartado del grupo, cerca de la chimenea.
En cuanto Carlos entró, el joven bajó la mirada.
Martín se acercó al coronel.
—¿Cuánto tardarán los de Judicial?
—Con suerte, menos que las patrullas.
—Dos horas para llegar hasta aquí —protestó Rodrigo—. Como al asesino le haya dado por largarse andando, a estas alturas estará en Cuenca.
—Si es que ha salido de la finca —dijo Raúl.
Nadie contestó.
La posibilidad permaneció dentro del comedor como una presencia más.
Cuando el vehículo camuflado de Policía Judicial apareció por el camino, con un rotativo azul sujeto al techo mediante una base magnética, los cuatro primeros guardias continuaban controlando los accesos y preservando el lugar.
No había vecinos, curiosos ni periodistas a quienes contener.
Solo una propiedad inmensa, siete personas dentro de la casa y el cadáver del ministro del Interior en el exterior.
Del vehículo descendieron tres hombres y una mujer.
Vestían de paisano y sacaron del maletero varias maletas rígidas, cámaras, prendas de protección y material de señalización.
El teniente Salcedo, responsable del equipo, escuchó el informe del primer guardia sin interrumpirlo.
Después se colocó unos protectores sobre el calzado y entró en el perímetro acompañado por dos de los investigadores.
No se acercó al cuerpo de inmediato.
Observó primero la casa, los vehículos y la distancia que separaba el Mercedes del banco de madera.
Después recorrió con la mirada el suelo de tierra y piedras, las huellas superpuestas y la mancha de sangre que se extendía por la pared.
Se detuvo frente al casquillo, situado a la izquierda del cadáver junto a uno de los leños, y pidió que colocaran un marcador sin moverlo.
—¿Cuántas personas han pasado por aquí? —preguntó.
—Al menos seis antes de nuestra llegada —respondió el guardia joven—. Los señores Leciñana, Carrillo, Revuelta y Gálvez. También el matrimonio que trabaja en la propiedad. El hijo apareció después.
Salcedo contempló la tierra removida.
—Entonces tendremos que empezar separando lo que pueda pertenecer al autor de lo que han dejado los demás.
—Mi coronel nos dijo que entraran todos en la casa para no alterar más el lugar.
El teniente alzó la cabeza.
—¿El coronel Carrillo dio esa orden?
—Sí, mi teniente. Fue él quien llamó a la Comandancia.
—¿Está al mando de alguna unidad implicada?
—No, mi teniente.
—Entonces aquí no manda él. Tampoco el director del CNI ni el dueño de la finca. Que eso quede claro desde ahora.
El guardia asintió.
Salcedo se agachó a unos pasos del cadáver. Marcos Mendoza permanecía semisentado sobre el banco, con el tronco vencido hacia la pared y la cabeza ladeada sobre el hombro. La pistola descansaba en su mano derecha, sin que los dedos parecieran ejercer ninguna presión sobre la empuñadura.
—Fotografiad la posición antes de tocar nada. También la mano y el arma desde todos los ángulos.
La mujer del equipo se ocupó de las imágenes. Cada disparo del flash iluminó durante una fracción de segundo el rostro destrozado de Marcos.
Después, Salcedo recorrió los veinte metros que separaban el banco del Mercedes. No vio el bastón en el suelo. Miró a través de las ventanillas, pidió que fotografiaran el interior del vehículo y comprobó que tampoco estaba dentro.
—Según el aviso, la víctima tenía dificultades para caminar.
—Usaba bastón —confirmó el guardia—. Los testigos dicen que salió de la casa apoyándose en él.
—Pues aquí no está.
—El coronel también se dio cuenta.
Salcedo giró la cabeza hacia la casa.
—Parece que el coronel se ha dado cuenta de muchas cosas.
Antes de entrar ordenó que nadie abandonara la propiedad, llamó personalmente a la Comandancia de Guadalajara y solicitó más efectivos.
La identidad de la víctima había convertido una muerte sospechosa en un asunto que en pocas horas involucraría a demasiadas instituciones.
El juzgado de guardia ya había sido informado y se había requerido la presencia del médico forense.
También se había comunicado oficialmente la muerte al Ministerio del Interior.
Lo último que pidió fue que separaran a quienes estaban dentro.
Rodrigo no aceptó bien la decisión.
—Esta es mi casa —protestó—. No voy a permitir que nos traten como delincuentes.
—Nadie ha dicho que lo sean —respondió Salcedo—. Pero uno de sus invitados ha muerto de un disparo y, salvo que alguien entrara en la finca sin ser visto, las personas que podían acercarse a él están aquí.
—Esto tiene tres mil hectáreas. Podría haber entrado un ejército sin que nos enterásemos.
—Entonces tendremos que comprobarlo.
—¿Sabe quiénes somos?
—Sé perfectamente quiénes son. Por eso voy a hacer exactamente lo mismo que haría si ninguno tuviera un cargo.
Rodrigo clavó los ojos en él durante unos segundos. Después señaló las diferentes estancias de la planta.
—Utilice las habitaciones que necesite.
Salcedo pidió que Rodrigo esperara en el despacho; Raúl fue conducido a una sala contigua; Carlos y Martín ocuparon dormitorios diferentes de la primera planta. Marcial y Marga permanecieron juntos hasta que llegara el momento de entrevistarlos. Sebas fue enviado a la biblioteca.
Nadie tuvo ya la oportunidad de acordar una versión común.
Rodrigo fue el primero en declarar. Reconstruyó el desayuno, las bromas y la aparente normalidad de Marcos. Explicó que el ministro había sido el único que tenía todo preparado y que había salido hacia los coches mientras los demás regresaban a sus habitaciones.
—¿Llevaba el bastón cuando salió? —preguntó Salcedo.
—Siempre lo llevaba.
—Necesito que esté seguro.
—Estoy seguro. Se apoyaba en él incluso para recorrer unos pocos metros. Desde aquel accidente no podía caminar sin ayuda.
—¿Qué accidente?
—Uno de esquí. Hace muchos años.
—¿Cuándo fue la última vez que vio al señor Mendoza con vida?
—Cuando cruzó esa puerta. Yo subí a buscar los prismáticos y al poco tiempo escuché a Marga gritar.
—¿Oyó el disparo?
Rodrigo negó con la cabeza.
—No. Las paredes son gruesas y estaba en la tercera planta.
—¿Vio a alguien durante el trayecto?
—A nadie.
—¿Cuánto tardó en bajar?
—No lo sé. Un minuto, quizá dos. Marga gritaba desde el hueco de la escalera. Cuando salí, Marcial estaba inconsciente y Marcos ya estaba muerto.
—¿Tocó el cuerpo?
—No. Me acerqué, pero vi la herida y me detuve.
—¿Vio la pistola?
—No al principio. Carlos fue quien reparó en ella.
Salcedo levantó la mirada de sus anotaciones.
—¿Reconoció inmediatamente que pertenecía al coronel?
—Sí. Dijo que era una Beretta 96 y después comprendió que era la suya.
—¿Intentó cogerla?
Rodrigo vaciló.
—Se acercó por instinto. Martín lo detuvo antes de que lo hiciera.
—¿Está seguro de que no llegó a tocarla?
—Eso creo.
La respuesta quedó anotada.