Errores del destino Capítulo 13
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Capítulo 13

Hermanas

Marta sabía que estaba en casa de sus padres, aunque aquella casa tuviera más puertas de las que recordaba y dos escaleras donde siempre había existido una sola.

Su hermano también era su hermano, no cabía ninguna duda, pero volvía a ser el niño de rodillas arañadas que corría por los pasillos muchos años atrás.

Nada de aquello parecía preocupar a los demás.

—Daos prisa. Coged cada uno un paracaídas y ponéoslo. No quiero que lleguemos tarde a la playa —ordenó su padre.

Su hermano soltó un grito de alegría.

—¡Vamos a saltar en paracaídas para ir a la playa! —anunció, como si le hubieran prometido el mejor regalo del mundo.

—Pero nosotros no sabemos saltar —dijo Marta—. ¿Vamos a ir en avión?

Su madre la miró con la naturalidad de quien escucha una pregunta absurda.

—¿Qué tiene eso de extraño, hija? Tu padre cree que es lo mejor y ya sabes que él siempre tiene razón.

—Mamá, un paracaídas no se puede usar sin aprender antes.

—No digas bobadas —intervino su padre—. Se salta, se tira de la anilla y el paracaídas hace el resto hasta la maldita playa.

Pronunció la última palabra con fastidio. Su padre odiaba la playa y todos lo sabían.

—Poneos esos chismes y no se hable más.

Un instante después, su madre ajustaba las correas del paracaídas alrededor del cuerpo de Marta. Su hermano corría por el pasillo con el suyo a la espalda, agitando un cubo de plástico en una mano y una pala amarilla en la otra.

—¡Voy a volar!

Marta no comprendía cómo podía estar tan contento. Ni siquiera parecía tener miedo.

—Venga, dejad de remolonear y subid al avión —ordenó su padre mientras abría la puerta principal.

—¿El avión está en el jardín?

Los tres se volvieron hacia ella al mismo tiempo.

—Tata, estás muy rara —dijo su hermano.

—¿Te encuentras bien, cariño? —preguntó su madre. Llevaba una pamela enorme, el paracaídas colocado sobre un vestido de verano y una bolsa de playa estampada con flores azules—. ¿Dónde iba a estar el avión?

—En el aeropuerto.

Su padre negó con decepción.

—Los aeropuertos son para la gente corriente. No querrás hacer colas ni mezclarte con todo el mundo, ¿verdad?

Nadie esperó su respuesta. Salieron en fila y Marta los siguió porque, en aquel lugar, las cosas sucedían antes de que pudiera decidir si aceptarlas.

Un avión enorme ocupaba el jardín. Las alas atravesaban los setos y una escalerilla descendía hasta el césped. Su padre subió primero; detrás fueron su madre y el niño. Marta entró la última. Una azafata de uniforme azul cerró la puerta y les indicó sus asientos.

—El capitán iniciará el vuelo dentro de unos instantes.

No hubo carrera de despegue. El avión empezó a moverse y, cuando Marta volvió a mirar por la ventanilla, la casa había desaparecido. Solo quedaba el blanco de las nubes.

—Les habla el capitán —anunció una voz de hombre que creyó reconocer—. Estaremos sobre la playa dentro de dos minutos. Prepárense para saltar.

La puerta de la parte trasera ya estaba abierta. El aire no entraba en la cabina, pero al otro lado no había nada salvo una claridad infinita.

Su padre se levantó.

—Todos detrás de mí. No os retraséis.

Saltó sin vacilar y desapareció dentro de la nube.

Marta apenas había reaccionado cuando su hermano corrió hacia la abertura y se arrojó con el cubo y la pala todavía en las manos. Su madre lo siguió sujetándose la pamela para que no se la llevara el viento.

—¡Esperad!

Se acercó al borde. No pudo ver el mar, la playa ni los paracaídas de su familia. Debajo solo existía el mismo vacío blanco.

No iba a saltar. Lo supo con una certeza que ninguna orden de su padre podría quebrar.

—Salte de una vez o tendré que empujarla.

La voz sonó detrás de ella.

Marta se volvió. El capitán llevaba uniforme blanco y una gorra con visera negra. Tenía la cara de Toni, pero una mancha roja e irregular le cubría el pómulo izquierdo.

—Usted no es…

—¡Salte!

El hombre apoyó ambas manos contra su pecho y la lanzó al vacío.

Marta cayó dentro de la nube. Intentó alcanzar la anilla del paracaídas, pero sus dedos no encontraron nada. El blanco se convirtió en gris. El suelo apareció bajo ella y el golpe le sacudió el hombro izquierdo.

Abrió los ojos.

Estaba tumbada sobre unas baldosas frías. Durante unos segundos continuó buscando la anilla con una mano mientras la otra tanteaba el vacío. Entonces vio la cama de hierro, la pared blanca y el camisón que cubría su cuerpo.

—Solo era un sueño —murmuró.

El dolor del hombro le hizo comprender que se había caído de la cama. Se incorporó apoyándose en el codo derecho y miró a su alrededor sin reconocer nada. La cabeza le pesaba. Tenía la boca seca y un sabor amargo pegado a la lengua.

El recuerdo del día anterior regresó en fragmentos: el coche negro, el rostro de Toni, la sonrisa que no era la suya, la mancha roja.

El pinchazo.

—Mi bebé.

Se sentó en el suelo y se llevó las dos manos al vientre. La barriga conservaba el mismo volumen, pero eso no bastaba. Presionó con suavidad, esperó y contuvo la respiración. Pasaron unos segundos interminables hasta que una patada respondió bajo su palma.

Marta cerró los ojos y dejó escapar el aire.

—Estoy aquí —susurró—. Mamá está aquí.

Solo entonces reparó de verdad en el camisón.

Alguien le había quitado la ropa y la había vestido mientras estaba inconsciente.

Se examinó los brazos. En la cara interna del antebrazo izquierdo distinguió un punto rojizo rodeado por una sombra apenas visible.

Lo rozó y una punzada confirmó lo que recordaba.

Aquel hombre la había drogado.

Se agarró al borde de la cama y consiguió ponerse en pie. Tuvo que esperar a que el suelo dejara de inclinarse antes de recorrer la estancia con la mirada.

La habitación era cuadrada, de techo alto y paredes encaladas. Además de la cama y una mesilla, contenía un lavabo, un inodoro y una ducha sin mampara ni cortina. Dos toallas dobladas descansaban sobre la mesilla. No había armario, teléfono, reloj ni ninguna de sus pertenencias.

Una ventana grande de madera ocupaba buena parte de la pared exterior.

Marta caminó hasta ella y apoyó las manos en el alféizar.

Se encontraba, como mínimo, en una tercera planta.

Abajo había un patio estrecho de piedra.

Más allá se alzaban pinos tan altos y compactos que no permitían ver carreteras, edificios ni ningún otro indicio del lugar donde estaba.

Buscó el cierre de la ventana. La manilla tenía una pequeña cerradura y no se movió cuando intentó girarla. Tiró con más fuerza. El marco ni siquiera vibró.

Se volvió hacia la puerta.

Era una hoja metálica lisa, pintada del mismo blanco que las paredes. En la parte inferior había una abertura rectangular cerrada por una chapa. Marta avanzó hasta el pomo redondo, puso la mano sobre él y tardó unos segundos en reunir valor para probarlo.

—Tú puedes, Marta.

El pomo no giró.

Lo sacudió, empujó la puerta con el hombro sano y volvió a intentarlo. Nada cedió.

—¿Hay alguien ahí? —gritó mientras golpeaba el metal—. ¡Abran la puerta! ¡Déjenme salir!

Esperó. No oyó pasos ni ninguna respuesta.

—¡Socorro! ¡Estoy encerrada! ¿Me oye alguien?

—No grites, por favor.

La voz de una mujer llegó amortiguada desde el otro lado de la puerta. Marta se quedó inmóvil.

—¿Quién eres? ¿Dónde estás?

—Justo enfrente. Habla más bajo.

Marta se arrodilló para acercar la cara a la abertura inferior.

—¿Sabes qué lugar es este?

—No. Eres nueva, ¿verdad?

La palabra le produjo más miedo que la puerta cerrada.

—¿Nueva?

—Anoche oí el montacargas. Después abrieron la habitación que tienes tú. Supuse que habían traído a alguien.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

La mujer tardó en contestar.

—Casi dos meses. Creo.

Marta apoyó una mano contra el metal. Dos meses resultaban demasiado largos para que aquello fuera una confusión, un ingreso equivocado o cualquier explicación tranquilizadora.

—¿Te secuestraron también?

—Me desperté aquí igual que tú.

—¿Recuerdas cómo te trajeron?

—Estaba intentando…

La mujer se interrumpió. Durante unos instantes solo se oyó su respiración al otro lado del pasillo.

—Eso no importa —continuó—. Estaba sentada en un banco de un parque. Se me acercó un hombre muy guapo, con una mancha roja en la cara, y me dijo algo agradable. Después ya no recuerdo nada.

Marta sintió que se le endurecía el estómago.

—Fue él.

—¿Lo conoces?

—No. Me confundí porque era idéntico a mi marido.

—¿Idéntico?

—La misma cara, la misma voz. Pero Toni no tiene esa mancha. Ayer el hombre me hizo subir a su coche y me pinchó en el brazo.

—Dios mío.

Marta tragó saliva antes de formular la pregunta que de pronto temía hacer.

—¿Tú también estás embarazada?

—Sí.

—Yo también.

—Todas lo estamos.

Marta separó la cara de la puerta.

—¿Todas? ¿Cuántas somos?

—Al menos siete contigo. Se oye una bandeja en cada puerta y alguna ha hablado alguna vez. Puede haber más mujeres en las otras plantas.

—¿Llevan aquí tanto tiempo como tú?

—No. Ahora yo soy la más antigua. Las que estaban antes desaparecieron cuando se acercó su fecha de parto. Ninguna regresó.

—¿Y tú cuándo sales de cuentas?

La respuesta llegó convertida en un hilo de voz.

—Esta semana.

Marta apoyó la espalda contra la puerta y se sentó en el suelo.

—¿Has visto alguna vez a quienes os vigilan?

—Desde que me encerraron en esta habitación, no. La comida entra por la trampilla. No contestan aunque les hables.

—¿Cómo te llamas?

—Luci.

—Yo soy Marta.

—Lo sé. Te he oído decírtelo antes.

Pese al miedo, Marta sintió un alivio extraño al escuchar su nombre pronunciado por otra persona. Hasta aquel momento, la habitación parecía haberla separado también de quien era.

—¿Tienes miedo, Luci?

La mujer soltó una exhalación parecida a un sollozo.

—Cada minuto. Sobre todo desde que se acerca el parto. No sé cuándo vendrán a buscarme ni qué harán con mi bebé.

Un estruendo metálico resonó en algún punto lejano del edificio. Dos hojas pesadas se abrieron y volvieron a cerrarse con un golpe.

—Calla —susurró Luci—. No digas nada hasta que yo te avise.

Marta se tapó la boca con una mano.

Enseguida oyó el traqueteo de un carro que avanzaba por el pasillo.

Las ruedas se detenían frente a cada habitación; después sonaba una chapa al levantarse, el roce de una bandeja contra el suelo y un golpe seco al cerrarse de nuevo.

Junto al carro caminaban dos personas, quizá más.

Marta no conseguía distinguirlas porque unas pisadas se confundían con las otras.

Los sonidos fueron aproximándose.

La trampilla de su puerta se levantó de repente. Marta retrocedió de rodillas mientras una bandeja metálica se deslizaba hasta sus pies. Antes de que pudiera agacharse para mirar por la abertura, la chapa cayó y le devolvió su propio reflejo deformado.

El carro avanzó unos pasos y se detuvo frente a la habitación de Luci.

Marta esperó oír la bandeja.

En su lugar sonó un manojo de llaves.

La cerradura giró. Una puerta rechinó al abrirse.

—No, por favor —suplicó Luci—. Hoy no. Por favor.

La puerta se cerró y su voz desapareció.

Marta permaneció arrodillada junto a la suya, con la oreja pegada al metal. Durante varios minutos solo percibió movimientos apagados al otro lado del pasillo: un roce, un golpe leve, algo que podía ser el tintineo de cristal. Esperó que Luci gritara otra vez.

No lo hizo.

La puerta volvió a abrirse. Unas ruedas chirriaron con lentitud. Marta reconoció el sonido de una cama de hospital al desplazarse, con una rueda defectuosa que se quejaba a cada vuelta.

Se la llevaban en la propia cama.

—Dejad a la del Pozo donde está —oyó decir a una de las personas del pasillo—. Esa queda reservada para la entrega del día nueve.

El carro de la comida comenzó a moverse detrás. Al menos dos personas se alejaron por el pasillo empujando cada una una carga distinta. El ruido del montacargas regresó, las hojas metálicas se cerraron y el edificio quedó en silencio.

—Luci —llamó Marta.

No hubo respuesta.

—Luci, ¿me oyes?

Repitió su nombre una vez más. Después otra. A la quinta, la ausencia de respuesta ya no podía ofrecerle ninguna esperanza.

Marta pensó en las demás habitaciones. Había contado las entregas y sabía que Luci no había inventado a las otras mujeres.

—¿Por qué no decís nada? —preguntó, elevando la voz—. ¿Por qué no me contestáis?

Nadie lo hizo.

Regresó a la cama y se sentó en el borde. El mareo había desaparecido, pero ahora le temblaban las piernas. Contempló la bandeja sin tocarla. Había una taza, un trozo de pan y una manzana.

Empezó a llorar.

Unos golpes metálicos la obligaron a levantar la cabeza.

Tres golpes. Una pausa. Otros tres.

El sonido procedía de la pared del lavabo. Marta corrió hasta allí y se arrodilló. Dos tuberías descendían por el tabique y se introducían en él a través de un hueco mal sellado. Los golpes se repitieron. Marta golpeó una de las conducciones con los nudillos imitando la misma secuencia.

—¿Me oyes? —preguntó una voz joven, apenas un soplo que atravesaba la abertura alrededor de los tubos.

—Sí.

—No hables tan alto. Si descubren que podemos comunicarnos, te cambiarán de habitación.

Marta pegó la mejilla a la pared.

—¿Sabes adónde se han llevado a Luci?

—No.

—¿Por qué nos tienen aquí? ¿Qué quieren de nosotras?

La mujer guardó silencio tanto tiempo que Marta creyó que no respondería.

—No nos quieren a nosotras —dijo al fin—. Quieren a los bebés.

Marta cerró los dedos alrededor de la tubería.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé. Créeme, lo sé muy bien.

Había algo quebrado en aquella voz. No era una sospecha ni el contagio del miedo de Luci. Hablaba con la certeza de quien había visto algo que Marta todavía desconocía.

—¿Qué has visto? —preguntó—. Dímelo.

—Nunca vas a ver a tu bebé. Ve haciéndote a la idea. Es lo mejor.

—¿Cómo puedes decirme eso?

—Necesito descansar. Quizá mañana podamos hablar.

—Espera. ¿Cómo te llamas?

La muchacha no respondió.

Marta la llamó otras dos veces y después golpeó la tubería, pero el silencio al otro lado del tabique fue absoluto.

Volvió hasta la cama, se sentó y abrazó su vientre con ambos brazos. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas y cayeron sobre el camisón. Dentro de ella, el bebé volvió a moverse.

Hasta aquel momento había buscado una explicación que le permitiera creer que todo era un error.

Ya no podía hacerlo.

El hombre de la mancha no la había elegido a ella.

Había elegido al ser que llevaba dentro.