Errores del destino Capítulo 12
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Capítulo 12

El encargo

Jaime no había conseguido dormir más de una hora seguida.

A las seis de la mañana dejó de intentarlo, apartó las sábanas y se sentó en el borde de la cama.

El lado de Maider permanecía intacto. Por primera vez desde que se habían casado, había pasado la noche solo en casa y no le importaba.

Si todo salía como les habían prometido, aquella sería también la última noche en que vivirían únicamente para ellos dos.

Encendió la lámpara de la mesilla y repasó la lista que Maider había dejado sobre la cómoda: dos camisones, zapatillas, una bata, el neceser, ropa para el bebé, pañales y la manta de lana blanca que su suegra había tejido durante los últimos meses.

Ya lo había guardado todo la víspera, pero abrió de nuevo la maleta para comprobarlo.

Después fue hasta la habitación del niño y encendió la luz.

La cuna llevaba preparada casi un mes. Junto a ella aguardaban el cochecito y una cómoda llena de prendas tan pequeñas que Jaime aún no comprendía cómo podían servirle a una persona.

Se acercó al móvil de madera que colgaba sobre el colchón y empujó uno de los caballitos con el dedo. Las figuras giraron lentamente.

Iban a ser padres.

Después de tantos intentos, tantas consultas y tantas veces viendo a Maider romperse a escondidas, aquel viernes había llegado.

El doctor De Palacios les había abierto un camino cuando ya creían haber agotado todos los posibles.

Apenas una semana después de su primera consulta en la policlínica, los había citado de nuevo para comunicarles los resultados de las pruebas.

Jaime recordaba hasta el olor del despacho y el modo en que el médico había cerrado la puerta antes de sentarse frente a ellos.

—He revisado vuestros informes anteriores y los datos que hemos obtenido aquí —les dijo—.

Maider ovula con normalidad y tú produces espermatozoides viables, Jaime.

Podríamos repetir durante meses los tratamientos que ya conocéis.

Tal vez alguno funcionase. Pero no sería honrado si os ocultara que existe otra posibilidad.

Maider se aferró a la mano de su marido.

—¿Qué posibilidad?

De Palacios se levantó, fue hasta uno de los armarios y extrajo una carpeta. Colocó sobre la mesa un recorte de periódico en el que aparecía un matrimonio inglés con una niña en brazos.

—Supongo que habréis oído hablar de Louise Brown. De Palacios señaló la fotografía como si aquella niña demostrara que su clínica dominaba una técnica que, en realidad, jamás había practicado con éxito.

Jaime asintió.

—La niña probeta.

—Detesto esa expresión, pero sí. Nació en Inglaterra en 1978. Los médicos extrajeron un óvulo de su madre, lo fecundaron en el laboratorio con el semen de su padre y devolvieron el embrión al útero materno. La criatura demostró que la fecundación fuera del cuerpo humano no era una fantasía.

—¿Ustedes pueden hacer eso? —preguntó Maider.

—Estamos trabajando con la misma técnica y mantenemos contacto con varios equipos extranjeros.

Sin embargo, vuestro caso plantea una dificultad diferente.

No parece que el problema esté en el óvulo ni en el espermatozoide.

Podría encontrarse en el momento de la implantación, cuando el embrión debe adherirse al útero y empezar a desarrollarse.

—¿Y eso tiene solución? —preguntó Jaime.

El médico juntó las manos sobre la mesa.

—Podemos crear un embrión con un óvulo de Maider y un espermatozoide tuyo. La diferencia es que no lo transferiríamos al útero de ella.

Jaime tardó unos segundos en comprender.

—¿Entonces a quién?

—A una mujer sana y joven que lo llevaría durante el embarazo. Ella aportaría el lugar en el que crecer, nada más. El hijo sería genéticamente vuestro.

Maider retiró la mano de la de Jaime y se llevó los dedos a la boca.

—¿Otra mujer tendría a nuestro hijo dentro?

—Durante nueve meses. Pensad en ella como en alguien que presta una habitación de su casa para proteger aquello que vosotros habéis creado.

—¿Se ha hecho alguna vez? —preguntó Jaime.

De Palacios dejó pasar un silencio antes de responder.

—La transferencia de embriones lleva años dando resultados en animales de gran valor.

En seres humanos, varios equipos avanzamos por el mismo camino, pero nadie quiere publicar antes de contar con una experiencia suficiente.

La medicina también tiene sus rivalidades y sus miedos.

Puedo deciros que el procedimiento ha permitido llevar embarazos a término, pero no puedo proporcionaros nombres ni historias clínicas.

—¿Por qué tanto secreto?

—Porque la ciencia avanza más deprisa que las leyes y que la sociedad. Basta con ver el escándalo que provocó el nacimiento de la niña inglesa. Imaginad qué ocurriría si se supiera que una mujer ha gestado el embrión de otra pareja.

Jaime se inclinó hacia él.

—¿Es legal?

—No existe una regulación específica sobre una técnica tan nueva.

Eso no significa que los documentos, la filiación y la confidencialidad puedan dejarse al azar.

Precisamente por eso solo admitimos a matrimonios estables, después de estudiar cada caso, y la policlínica se ocupa de todos los aspectos médicos y administrativos.

—¿Quién sería la madre ante la ley? —preguntó Maider.

—Tú. Hablamos de tu óvulo, de vuestro hijo y de un tratamiento realizado en esta casa. Cuando llegue el momento, ingresarás aquí y nosotros nos encargaremos de que la documentación refleje la realidad que importa.

La respuesta no despejó por completo la inquietud de Jaime.

—¿Y si esa mujer decide quedarse con el niño?

—No lo hará. Las colaboradoras forman parte de un programa muy restringido y llegan a nosotros a través de congregaciones religiosas de absoluta confianza.

Son mujeres devotas, conscientes del bien que pueden hacer por un matrimonio que no consigue tener descendencia.

Algunas ya han sido madres y conocen el embarazo.

No recibirán vuestros datos y vosotros tampoco conoceréis los suyos.

—Pero querríamos darle las gracias —dijo Maider—. Estaría haciendo algo enorme por nosotros.

—Lo entiendo, pero el anonimato protege a las dos partes. La mejor manera de agradecérselo será cuidar al niño durante toda su vida.

Jaime se levantó y caminó hasta la ventana. La propuesta le parecía extraordinaria, pero no más extraordinaria que la fotografía de aquella niña inglesa nacida gracias a una técnica que pocos años antes habría sido considerada imposible.

—Aunque aceptáramos, la gente sabría que Maider no está embarazada —dijo sin volverse—. Nuestras familias, los vecinos, sus amigas…

—Eso puede resolverse.

De Palacios abrió un cajón y extrajo varias fotografías. Mostraban vientres de goma de diferentes tamaños sujetos al cuerpo mediante bandas anchas.

—A partir del momento adecuado, Maider llevará una prótesis bajo la ropa.

Iremos aumentando el volumen de forma gradual.

Tendrá que comportarse como cualquier embarazada, acudir a sus revisiones y permitir que la familia participe sin acercarse demasiado a la parte médica.

Cuando se aproxime la fecha del parto, ingresará en la policlínica.

Para todos los demás, habrá dado a luz aquí.

—¿Tendré leche? —preguntó ella.

—Podemos intentar inducir la lactancia con preparación, estimulación y medicación, aunque no debo prometerte que produzcas la cantidad suficiente. Es posible que durante los primeros días, o durante más tiempo, necesitemos complementar con biberón. Eso no te hará menos madre.

Maider bajó la mirada hacia su vientre plano. Jaime regresó a su lado y volvió a tomarle la mano.

—¿Cuánto costaría? —preguntó.

—Un millón de pesetas.

La cifra dejó el despacho en silencio.

—No disponemos de ese dinero —dijo Maider.

—No en efectivo —precisó Jaime—. Tendríamos que vender o ampliar la hipoteca.

—No quiero que toméis una decisión hoy —respondió De Palacios—.

Es una cantidad importante porque cubre un procedimiento experimental, el laboratorio, la atención de la gestante, nueve meses de seguimiento, el parto y toda la asistencia posterior.

Si decidís seguir adelante, el director de una sucursal del Banco Guipuzcoano conoce el programa y puede financiar hasta el cien por cien en condiciones razonables.

—No necesitaríamos pedirlo todo —dijo Jaime.

—Esa decisión os corresponde. Tened en cuenta que también llegarán la cuna, el cochecito, la ropa y los gastos propios de cualquier recién nacido.

No conviene conseguir un hijo y empezar vuestra vida con él sin una peseta disponible.

Si después os sobra parte del préstamo, siempre podréis amortizarla.

De Palacios cerró la carpeta y les concedió cuarenta y ocho horas para responder.

No necesitaron tanto. Aquella misma noche hablaron hasta la madrugada.

Maider temía el procedimiento, el secreto y a una mujer cuyo rostro nunca conocería.

Jaime temía hipotecar una parte de su futuro por algo que todavía podía fracasar.

Sin embargo, los dos temían más regresar a la vida de los meses anteriores y aceptar que jamás serían padres.

A la mañana siguiente llamaron a la policlínica.

Durante los días posteriores, todo ocurrió con una rapidez que interpretaron como eficacia.

Jaime entregó una muestra de semen y Maider ingresó unas horas para que le extrajeran un óvulo coincidiendo con su ovulación.

Despertó de la anestesia con dos pequeñas incisiones en el abdomen y De Palacios le aseguró que el procedimiento había salido a la perfección.

Dos días más tarde, el médico los recibió con una fotografía granulada en la que se distinguía una agrupación diminuta de células.

—Este es vuestro embrión —les anunció—. Ya se encuentra con la gestante.

Maider sostuvo la imagen con ambas manos. Jaime tuvo que apartar la vista para que el doctor no lo viera llorar.

Dos semanas después, una llamada confirmó que el embarazo continuaba.

Entonces ampliaron la hipoteca de la casa, que todavía estaban pagando, y comenzaron a vivir alrededor de un hijo que crecía lejos de ellos.

La clínica les entregó informes, medidas y ecografías.

Maider llevó cuatro prótesis diferentes a lo largo de los meses y aprendió a apoyar una mano sobre el vientre cuando alguien le preguntaba cómo se encontraba.

Hacia el final del embarazo empezó la preparación para intentar amamantar. Ninguno quebrantó el secreto.

El jueves por la mañana, Jaime la había acompañado a la policlínica con la prótesis mayor bajo el vestido.

La instalaron en una habitación individual adornada con flores y le dijeron que la gestante estaba preparada para el parto.

Él permaneció junto a su mujer hasta después de la cena.

Antes de marcharse, una enfermera le indicó que regresara a las ocho de la mañana.

El nacimiento estaba previsto para alrededor de las nueve y media.

Ahora, mientras se afeitaba deprisa, Jaime contempló sus ojeras en el espejo y sonrió. Cerró la maleta, bajó al garaje y condujo por un Madrid que apenas había despertado. Aparcó cerca del estadio Santiago Bernabéu y recorrió a pie los últimos minutos hasta la clínica.

Llegó antes de las ocho.

Maider estaba recostada en la cama, con un camisón blanco y el pelo recogido. Las enfermeras habían retirado la prótesis durante la noche. Al verlo entrar, rompió a llorar.

—Eh, eh —susurró Jaime. Dejó la maleta junto al armario, se inclinó sobre ella y la besó—. Ya casi estamos.

—No sé si puedo esperar otra hora.

—Hemos esperado años. Podemos con una hora.

Se sentó a su lado y entrelazaron los dedos. Hablaron de los dos nombres que aún disputaban el futuro del niño si era varón y de los otros dos que habían elegido para una niña. Después dejaron de hablar. Cada vez que escuchaban pasos en el pasillo, ambos dirigían la mirada hacia la puerta.

A las nueve y media no ocurrió nada.

A las nueve y cuarenta y siete, la puerta se abrió y entró el doctor De Palacios. Vestía un pijama quirúrgico verde y llevaba la mascarilla colgada bajo la barbilla.

—Es un niño precioso —anunció—. Tres kilos y seiscientos gramos.

Maider se cubrió la boca con ambas manos. Jaime sintió que las piernas dejaban de sostenerlo y se sentó en el borde de la cama. Se miraron y empezaron a llorar al mismo tiempo.

—¿Está bien? —consiguió preguntar él.

—Perfectamente. Las hermanas lo están limpiando y vistiendo. Lo tendréis aquí dentro de unos minutos.

—¿Y ella? —preguntó Maider—. ¿La mujer que lo ha tenido?

—También está bien. Ha sido un parto sin complicaciones y mañana podrá regresar a su casa.

—¿Podría decirle que…?

—Sabe que le estaréis agradecidos toda la vida —la interrumpió el médico con suavidad—. Ahora pensad en vuestro hijo.

Cuando salió, Jaime rodeó a Maider con los brazos. Permanecieron así hasta que una religiosa vestida de blanco entró en la habitación con un pequeño bulto envuelto en una manta. Se acercó a la cama y depositó al bebé en el regazo de Maider.

—Felicidades por esta bendición.

El niño tenía las mejillas redondas, una mata de cabello oscuro y los puños cerrados junto al rostro. Al moverse la manta quedó visible una pulsera blanca, demasiado holgada para aquella muñeca diminuta. Solo llevaba un código escrito a mano: G-83-09. No figuraba en ella ningún nombre de madre.

Abrió la boca en un bostezo y volvió a quedarse dormido.

Maider lo contempló como si temiera que cualquier movimiento pudiera despertarla.

—Hola —susurró—. Soy mamá.

Jaime acarició con un dedo el dorso de una de aquellas manos diminutas. El bebé abrió el puño y se lo aferró con una fuerza inesperada.

—Gracias, doctor —dijo sin apartar los ojos del niño.

De Palacios se había quedado junto a la puerta.

—Esta criatura necesitará un nombre.

—Tenemos dos, pero todavía no nos hemos puesto de acuerdo —respondió Jaime.

—Ganará ella —sentenció el médico, señalando a Maider—. Siempre ganan.

Jaime miró a Maider. La discusión de los últimos meses acababa de resolverse sin que ninguno de los dos tuviera que renunciar del todo.

—Eduardo —respondió—. Se llamará Eduardo.

Maider repitió el nombre en voz baja y sonrió al niño.

Le dio una palmada en el hombro y se dispuso a dejarlos solos.

—Doctor —lo llamó Maider—. ¿Está seguro de que la otra mujer se encuentra bien?

De Palacios se volvió con la misma sonrisa tranquilizadora que había mostrado durante los nueve meses anteriores.

—Completamente. Mañana se marchará a casa.

La puerta se cerró tras él.

Jaime y Maider alternaron la mirada entre el niño y sus propios rostros. Por fin eran una familia. Habían confiado en De Palacios y el médico había cumplido cuanto les prometió.

—Tiene tus ojos —dijo Jaime.

Maider sonrió entre lágrimas.

—A mí me recuerda a tu padre.