Errores del destino Capítulo 11
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Capítulo 11

Idas

Marta avanzaba por la acera izquierda con una mano sobre el vientre y la otra sujetando el bolso contra la cadera. El calor de la tarde empezaba a ceder, pero aún le pesaba en los tobillos hinchados y la obligaba a caminar despacio.

La conversación con Martina y María seguía repitiéndose dentro de su cabeza. Una duda razonable. Eso era lo único que tenía. No una prueba contra Toni, pero tampoco una explicación capaz de borrar lo que había visto.

Apoyó la palma sobre la parte alta de la barriga.

El bebé se movió bajo su mano y Marta sonrió pese a todo.

No sabía si era un niño o una niña. Hacía meses que había dejado de importarle haber engordado casi diez kilos, perder la cintura o despertarse con las piernas entumecidas.

Después del parto tendría tiempo para volver a sentirse guapa.

En aquel momento solo quería que el bebé naciera sano y que su vida continuase siendo la que había creído tener una semana antes.

—Mi marido —murmuró.

La palabra no la tranquilizó.

No había estado a punto de abandonarlo, como María parecía dispuesta a exigirle, pero sí de declararlo culpable dentro de su propia cabeza.

Ahora se avergonzaba de haber permitido que un instante visto desde un coche pusiera en duda años de matrimonio.

Aun así, cada vez que intentaba cerrar el recuerdo, aparecía la misma imagen: el rostro de Toni, la boca de otro hombre y aquella mancha roja sobre el pómulo izquierdo.

La mancha era lo único que no encajaba.

—Podría ser un hermano —dijo en voz baja.

Había heredado de su padre la costumbre de ordenar los pensamientos al pronunciarlos. La posibilidad de que Toni tuviera familia biológica no resultaba absurda. Había crecido en un orfanato y apenas sabía nada de sus padres. Podía existir un hermano, incluso un gemelo, separado de él al nacer.

La explicación era extraordinaria, pero menos dolorosa que la otra.

Marta imaginó por un momento lo que supondría para Toni descubrir que no estaba solo en el mundo.

Se vio a sí misma contándoselo aquella noche, con cuidado, empezando por la mancha y evitando mencionar el beso hasta que fuese imprescindible.

Entonces comprendió que no podía seguir construyendo respuestas sin él.

Hablaría con Toni en cuanto llegara a casa. Le diría exactamente lo que había visto y observaría su reacción. Después decidiría.

Un coche negro pasó junto a ella a poca velocidad. El motor apenas superaba el rumor del tráfico lejano. Marta no levantó la cabeza. Tampoco vio al conductor de cabello engominado ni advirtió que la observaba por el espejo retrovisor.

Continuó caminando.

El coche se detuvo unos metros más adelante, junto a la acera. Cuando Marta llegó a su altura, el conductor estaba de pie junto a la puerta abierta, con una mano apoyada en el techo. El sol le daba desde atrás y dejaba parte de su rostro en sombra.

—¿Te acerco a casa, guapa?

Marta se detuvo.

Aquella voz era la de Toni. Quizá no idéntica en cada matiz, pero sí lo bastante parecida para que su cuerpo la reconociera antes de que su cabeza pudiera analizarla. El hombre se inclinó, le mostró una sonrisa y volvió a sentarse al volante.

El alivio hizo el resto.

—¿Qué haces aquí? —preguntó mientras rodeaba la parte delantera del coche—. Creía que estabas en la editorial.

Él no contestó. Se limitó a mirarla desde el otro lado del habitáculo.

Marta reparó en el pelo peinado hacia atrás, la camisa blanca y los vaqueros. Durante un instante, la imagen de la calle regresó con toda su fuerza. El hombre al que había visto besarse llevaba una chaqueta de cuero sobre una camisa parecida y el cabello sujeto con la misma cantidad de gomina.

Pero desde aquella posición solo distinguía con claridad el lado derecho de su rostro. No había ninguna mancha.

Dos hombres podían vestir de forma parecida. Dos hermanos, aún más. La explicación apareció con tanta rapidez que Marta ni siquiera fue consciente de haberla elegido.

Abrió la puerta del copiloto y se sentó con cuidado.

—Estás muy guapo así —dijo—. Diferente, pero muy guapo.

El hombre cerró su puerta y apoyó el brazo derecho sobre el respaldo del asiento de Marta. Ella dejó el bolso a sus pies y se volvió hacia él.

—Tenía muchísimas ganas de verte. Necesito contarte una cosa.

Él la miró sin responder.

No fue su silencio lo que la alarmó, sino la sonrisa. Había algo inmóvil y estudiado en ella, como si la hubiese ensayado muchas veces antes de aquel momento.

El hombre giró ligeramente la cabeza y la luz alcanzó el lado izquierdo de su cara.

La mancha ocupaba buena parte del pómulo. Roja, irregular, imposible de confundir con un golpe.

Marta dejó de respirar.

—Tú no eres Toni.

Sintió algo frío en la cara interna del antebrazo izquierdo y, de inmediato, un pinchazo agudo. Bajó la mirada. La mano que el hombre había mantenido oculta junto al respaldo sostenía una jeringuilla. El émbolo ya estaba hundido.

Marta apartó el brazo con violencia y buscó el tirador de la puerta.

—¿Qué me has…?

No consiguió terminar.

El coche se puso en marcha. El ruido del motor pareció alejarse aunque lo tenía delante. Marta tiró del tirador, pero la puerta no se abrió. Quiso golpear el cristal y apenas logró apoyar la palma contra él.

Una oleada de calor le subió desde el pecho hasta la cara. La calle se inclinó hacia un lado y las casas empezaron a estirarse detrás de la ventanilla. Intentó gritar. De su garganta solo salió un sonido débil.

El hombre sujetó el volante con las dos manos. No parecía nervioso. Ni siquiera volvió a mirarla.

Marta llevó la mano derecha al vientre. El bebé se movió bajo sus dedos.

Aquella fue la última sensación que pudo reconocer.

La cabeza cayó contra el respaldo. Sus ojos permanecieron abiertos unos segundos, fijos en la mancha roja del conductor, hasta que la calle, el coche y el rostro idéntico al de su marido se apagaron al mismo tiempo.

El vehículo dobló la esquina sin acelerar.

Para cualquiera que hubiera mirado desde una ventana, un hombre llevaba a casa a una mujer embarazada que parecía dormir.

Nadie miró.