Capítulo 10 #2
—¿De dónde vienes?
—De las caballerizas.
—Tus padres llevan toda la mañana buscándote.
—Una de las yeguas se ha hecho una herida en una pata. Dejé el teléfono cargando y fui a limpiársela. ¿Qué le ha pasado al señor Mendoza?
—¿Has oído el disparo? —preguntó Martín.
—Sí, pero estaba dentro del box. Creí que alguno de ustedes había probado un rifle. Cuando salí no vi a nadie y volví con la yegua. Después escuché voces junto a la casa.
—¿Por qué camino has venido?
Sebas señaló el sendero que bordeaba la parte posterior de las cuadras. Aquel recorrido desembocaba en el patio sin pasar por la explanada de los vehículos.
Intentó mirar por encima del hombro de Martín. Carlos había terminado de extraer los cartuchos y sostenía el cargador vacío envuelto en el pañuelo.
—Estamos descargando el arma para evitar otro accidente — dijo Martín—. Entra en la casa y no hables con nadie de lo que has visto hasta que llegue Policía Judicial.
—Pero si está muerto…
—Precisamente por eso. Tendrás que contar dónde has estado, a qué hora saliste y por dónde has vuelto. No lo ensayes con nadie.
Sebas miró a Carlos. El coronel seguía agachado junto al cadáver.
—¿Me está acusando de algo?
—Estoy evitando que todos contaminemos nuestros recuerdos hablando entre nosotros. Entra.
El muchacho obedeció, aunque se volvió dos veces antes de cruzar el portalón. Martín cerró tras él y regresó junto a Carlos.
—Nos ha visto.
—Me ha visto asegurar mi arma.
—Te ha visto vaciar un cargador junto a un cadáver.
—Y tú acabas de proporcionarle la explicación.
Martín le devolvió el pañuelo. Carlos envolvió el cargador vacío, lo introdujo de nuevo en la empuñadura y presionó hasta oír el clic. Después colocó de nuevo la mano de Marcos sobre el arma.
—Ya está.
—No. La vaina.
Carlos dirigió la mirada hacia el suelo. La encontró a casi dos metros del banco, junto a uno de los leños apilados bajo el soportal.
—Pude tocar esos cartuchos al cargar el arma —dijo—. Si hay una huella mía en el casquillo, demostrarán que la bala salió de mi cargador.
—La bala ha salido de tu pistola. Eso ya lo van a saber.
—No es lo mismo.
—Sí lo es para cualquiera que no esté desesperado.
Carlos no respondió. Martín comprendió que iba a hacerlo con o sin él. Sacó su propio pañuelo, se agachó junto al leño y recogió la vaina. La hizo girar dentro de la tela y la devolvió al mismo punto.
Al incorporarse, miró el lugar donde la había encontrado. Después volvió la vista hacia el cadáver.
—Carlos.
—¿Qué?
—Marcos sostiene la pistola con la derecha.
—Ya lo veo.
—La ventana de expulsión queda a ese lado. La vaina debería haber salido hacia su derecha y hacia atrás. No atravesar su cuerpo para terminar a la izquierda.
Carlos se situó en el lugar que habría ocupado Marcos antes de desplomarse. Miró el banco, la pared y el leño.
—Pudo rebotar en la cal.
—Pudo. Pero no hay ninguna marca y ha aparecido demasiado lejos.
—No basta para decir que lo han matado.
—No. Basta para que no debiéramos haber tocado nada.
La certeza de lo que acababan de hacer se instaló entre ambos. Carlos recorrió de nuevo la escena, esta vez sin buscar una salida para sí mismo. La mano abierta, el arma apenas sujeta, la postura del cuerpo, la distancia de la vaina.
—Si alguien le disparó y después puso la pistola en su mano, tuvo que acercarse mucho —dijo.
—Y sabía dónde encontrar tu arma.
—Todos los que han dormido aquí saben que la dejo en la habitación, dentro de una funda sin cerradura.
—Todos nosotros —precisó Martín.
Carlos miró hacia las cuadras, los caminos y la extensión de monte que rodeaba la casa.
—También cualquiera que conozca la finca. No nos precipitemos otra vez.
Fue entonces cuando advirtió la ausencia.
—¿Dónde está el bastón?
Martín observó el banco. Miró debajo, alrededor del cadáver y junto a la puerta de las cuadras.
—Lo habrá dejado en el coche.
—Lo hemos oído salir con él. Marcos no daba veinte pasos sin apoyarse.
Desde donde se encontraban podían ver el todoterreno en el que el ministro había dicho que los esperaría. El interior parecía vacío. Martín avanzó por el empedrado sin abandonar la franja que ya habían recorrido y observó el habitáculo a través de las cuatro ventanillas.
—No está.
—Busca marcas de arrastre.
Martín examinó el terreno sin salir del pavimento. No vio surcos, huellas profundas ni ninguna señal de que hubieran trasladado un cuerpo hasta el banco.
—Nada.
—Entonces vino andando hasta aquí —dijo Carlos—. Con el bastón.
—Y alguien se lo llevó después.
Carlos sacó el teléfono. Durante un instante contempló la pantalla sin marcar ningún número.
—¿Qué vamos a contarles?
—Todo lo que importa para encontrar a quien lo hizo.
—No es una respuesta.
—Es la única que vas a tener de mí.
Carlos llamó al Centro Operativo de la Comandancia.
Se identificó, dio la ubicación de la finca y comunicó la muerte violenta del ministro del Interior.
No utilizó la palabra suicidio. Solicitó patrullas para cerrar los accesos, un equipo de Policía Judicial, criminalística, médico forense y aviso inmediato al juzgado de guardia.
Cuando terminó, guardó el teléfono y miró a Martín.
—A partir de ahora, tú no has tocado nada.
—Y tú has descargado el arma por seguridad.
No se dieron la mano. No hacía falta.
Entraron por separado, dejando a Marcos bajo la luz limpia de la mañana. Entre sus dedos descansaba una pistola vacía. A dos metros, junto al leño, había una vaina sin huellas. El bastón de nogal con empuñadura de marfil había desaparecido.
Antes de que llegase el primer investigador, el asesino ya contaba con dos hombres dispuestos a mentir por él.