Capítulo 10
Egos y competencias
—¡Don Rodrigo!
El grito de Marga atravesó el vestíbulo y ascendió por el hueco de la escalera.
—¡Don Rodrigo, por Dios!
Rodrigo apareció en el primer rellano y bajó los últimos peldaños de dos en dos. Encontró a Marga apoyada contra la barandilla, con una mano sobre el pecho y la otra señalando hacia el portalón. Intentaba hablar, pero apenas conseguía tomar aire.
—¿Qué ha pasado?
Ella volvió a señalar el patio.
Rodrigo la sujetó por los brazos y la ayudó a sentarse en el escalón inferior.
—Respira despacio. Mírame, Marga. Eso es. Ahora no te levantes.
Corrió hacia la salida. Marcial yacía atravesado en el umbral, con la gorra a medio metro de la cabeza. Rodrigo se arrodilló junto a él, comprobó que respiraba y le buscó el pulso en el cuello.
—Marcial. Vamos, hombre. Abre los ojos.
Le dio dos palmadas en la mejilla. El guardés reaccionó con un gemido, parpadeó varias veces y trató de incorporarse.
—Quieto. No te levantes todavía.
Marcial no pareció oírlo. Miraba más allá de él, hacia el banco situado frente a las antiguas cuadras. El terror regresó a su rostro antes de que pudiera pronunciar una palabra.
Rodrigo siguió la dirección de sus ojos.
Marcos continuaba sentado, aunque ninguna persona viva habría podido mantener aquella postura.
Tenía la espalda apoyada contra la pared y el cuerpo vencido hacia la izquierda.
Una salpicadura oscura se extendía sobre la cal a la altura de su cabeza.
El brazo izquierdo colgaba entre las rodillas.
La mano derecha descansaba junto al muslo y retenía una pistola negra entre los dedos.
Rodrigo se puso en pie y avanzó dos pasos.
—Marcos…
Se detuvo al distinguir la herida. No había nada que pudiera hacer por él.
—¿Qué cojones ha pasado?
Carlos Carrillo apareció detrás de Marga y cruzó el portalón. Iba sin chaqueta y llevaba el rifle enfundado en una mano. Cuando vio el cadáver, dejó la funda en el suelo del vestíbulo y levantó el brazo para impedir que Marga saliera.
—Nadie se acerque.
Observó a Marcos desde el empedrado. Su mirada se detuvo en la pistola.
—No puede ser.
—¿Qué ocurre? —preguntó Rodrigo.
Carlos avanzó hasta el límite del patio, sin apartar los ojos del arma.
—Esa pistola es mía.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
No necesitaba leer el número de serie. Había cambiado las cachas originales por unas de madera oscura y una caída antigua había dejado una muesca junto al guardamonte. Era su Beretta 96.
—La tenía en mi habitación —dijo.
Martín Revuelta llegó seguido por Raúl. El primero intentó acercarse, pero Carlos extendió una mano ante su pecho.
—No pases de aquí.
Raúl alcanzó a ver la parte posterior de la cabeza de Marcos y retrocedió hasta chocar contra la puerta.
—Dios mío.
—¿Se ha suicidado? —preguntó Rodrigo.
Carlos recorrió la escena con la mirada: el cadáver, la sangre, el arma, el banco y el terreno que los separaba.
—Lo parece. Eso es cuanto puedo decir sin examinar nada.
—Esta mañana estaba perfectamente —dijo Rodrigo—. Mejor que cualquiera de nosotros.
—El aspecto que tuviera durante el desayuno no demuestra nada —respondió Martín—. Ni en un sentido ni en el otro.
Raúl continuaba pegado al portalón.
—No podemos dejarlo así.
—No vamos a tocarlo ni a cubrirlo —zanjó Carlos—. Todavía no sabemos qué ha ocurrido y ya hemos pisado demasiado cerca.
Se volvió hacia Marcial, que había conseguido sentarse con la espalda apoyada en la pared.
—¿Lo ha encontrado usted?
Marcial asintió.
—Venía de los coches. Crucé la puerta y lo vi. No he tocado nada, mi coronel. Me he despertado ahí.
—¿Había alguien más en el patio?
—No.
—¿Ha visto salir a alguien?
—A nadie.
Carlos miró hacia las cuadras y después hacia los caminos que se abrían a ambos lados de la casa.
—¿Dónde está su hijo?
Marcial tardó en responder.
—No lo sé. Tenía que repostar los todoterrenos, pero no lo ha hecho.
—A las ocho ya no estaba en su habitación —añadió Marga desde la escalera—. Puede que esté con los caballos.
Intentó levantarse.
—Voy a buscarlo.
—No —ordenó Carlos—. Nadie se separa hasta que lleguen los investigadores. Llámelo por teléfono si lo lleva encima.
Marga buscó el móvil en el bolsillo del delantal. Le temblaban tanto las manos que Rodrigo tuvo que ayudarla a encontrar el nombre de su hijo. Esperaron mientras daba tono. Nadie respondió.
—Voy a avisar a la Comandancia —dijo Carlos—. Enviarán primero a las patrullas que tengan más cerca y activarán a Policía Judicial y al laboratorio. Tardarán en llegar.
Martín sacó también su teléfono.
—Avisaré a nuestros escoltas.
—Diles que cierren el acceso y no permitan entrar ni salir a nadie —indicó Carlos—. Cuando lleguen a la casa, que se queden fuera del patio hasta que sepamos dónde pueden pisar.
El director del CNI asintió.
—Rodrigo, entra con ellos. Que nadie vuelva a subir a las habitaciones. Tampoco dejéis que Marga o Marcial se queden solos.
—No necesito que me vigilen —protestó el guardés.
—No es por usted. A partir de ahora, todos tendremos que explicar dónde estábamos y qué hemos hecho desde que nos levantamos.
La frase alteró el rostro de Raúl.
—¿A nosotros también?
—Especialmente a nosotros. Éramos las únicas personas que sabíamos que Marcos estaba aquí.
—Los escoltas también lo sabían —señaló Rodrigo—. Y los guardas de la finca.
—Por eso van a cerrar los accesos. Pero esta propiedad tiene tres mil hectáreas, caminos de servicio y monte suficiente para esconder a un regimiento. No voy a afirmar que el autor está dentro ni que ha llegado desde fuera. Hasta que sepamos algo, ambas posibilidades siguen abiertas.
—¿Autor? —Raúl pronunció la palabra con cautela—. Hace un momento parecía un suicidio.
—He dicho que lo parecía. Si alguien ha entrado en la habitación de Carlos, ha cogido el arma y ha salido sin que lo veamos, necesito saber quién. Aunque después resulte que Marcos apretó el gatillo.
Rodrigo pasó un brazo por debajo del de Marcial y lo ayudó a ponerse en pie. Raúl tomó al guardés por el otro lado. Marga entró tras ellos sin dejar de mirar el cuerpo.
Martín terminó una breve conversación con el jefe de su escolta y se dispuso a seguirlos.
—Tú no —dijo Carlos—. Necesito hablar contigo.
Esperó hasta que Rodrigo cerró el portalón. Después condujo a Martín hacia un extremo del soportal desde el que podían vigilar el cadáver sin ser vistos desde el interior.
—¿Qué pasa?
Carlos mantenía el teléfono en la mano, pero aún no había hecho la llamada.
—La Beretta es particular. No es mi arma de dotación.
—Eso ya lo he entendido.
—Lo que no sabes es con qué estaba cargada.
Martín observó el destrozo en la cabeza de Marcos.
—Munición expansiva.
Carlos asintió.
—Del cuarenta. Diez cartuchos de punta hueca en el cargador y uno en la recámara, preparados por un conocido. Para esa pistola no tengo ninguna habilitación que me permita llevarlos.
—¿Estás loco?
—La llevo para proteger a mi familia, no para enseñarla en una revista. Si alguna vez tengo que disparar contra alguien, quiero que caiga y que el proyectil no atraviese una pared con mis hijos detrás.
—Esa explicación no te servirá cuando encuentren nueve balas iguales en el cargador y otra en la recámara.
—Por eso te lo estoy contando.
Martín comprendió antes de que su amigo terminase.
—Ni se te ocurra.
—Si esas balas aparecen, estoy acabado. Un ministro muerto con mi arma, munición prohibida y la pistola fuera de mi custodia. Antes de que llegue la noche habrá alguien diciendo que lo maté yo.
—Y si tocas el arma, habrá alguien con razones para decirlo.
—Mis huellas ya están en ella. Es mía.
—También puedes destruir las de quien la cogió de tu habitación.
Carlos apretó la mandíbula.
—El arma está en la mano de Marcos. Si esto es lo que parece, las únicas huellas ajenas serán las suyas.
—Y si no lo es, puedes borrar al asesino.
Se quedó escuchando el crepitar de la leña en el comedor y el viento débil entre los canalones.
—No voy a limpiar la pistola —dijo Carlos—. Sacaré el cargador, retiraré la munición y la dejaré exactamente como está. La vaina y el proyectil seguirán aquí. Podrán determinar con qué se efectuó el disparo.
—Entonces sabrán que has vaciado el arma.
—Diré que la aseguré porque había gente alterada alrededor de una pistola cargada. Es una explicación defendible.
—Después de ordenar que nadie tocara nada.
—Martín, no te estoy pidiendo permiso.
El director del CNI lo contempló con una mezcla de incredulidad y cansancio.
—Llevas treinta años exigiendo que los demás respeten procedimientos que tú estás a punto de saltarte para salvar el culo.
—Y tú llevas los mismos años resolviendo problemas que oficialmente nunca han existido.
El golpe encontró su destino. Martín apartó la mirada.
—Haz lo que vayas a hacer. Yo no tocaré el arma.
Carlos guardó el teléfono, sacó un pañuelo de tela y cruzó el patio procurando pisar sobre sus propias huellas. Se agachó junto al cadáver. La pistola descansaba de forma tan ligera entre los dedos de Marcos que parecía colocada sobre ellos, no empuñada. Carlos evitó examinar aquella impresión.
Envolvió con el pañuelo la base del cargador y presionó el liberador. El cargador descendió unos centímetros. Lo extrajo y se lo tendió a Martín.
—Sujétalo por el pañuelo.
—He dicho que no iba a tocar nada.
—Necesito las dos manos para sacar la bala de la recámara.
Martín maldijo en voz baja, pero tomó el cargador sin rozar el metal.
Carlos levantó la pistola por las cachas, tiró de la corredera y atrapó con el pañuelo el cartucho que salió expulsado.
Después volvió a depositar el arma entre los dedos del muerto, reproduciendo su posición con todo el cuidado que pudo.
—Nueve en el cargador y esta —dijo—. Están todas.
Comenzó a vaciarlo. Empujaba cada cartucho con el pulgar protegido por la tela y los guardaba en el bolsillo de su pantalón.
—¿Pero qué están haciendo?
Los dos se volvieron.
Sebas estaba junto al portalón. Llevaba barro en las botas y varias briznas de paja adheridas al jersey. Miraba el cadáver con la boca abierta.
Martín se interpuso entre él y Carlos.