Capítulo 9
La Moraleja
La mujer que llevaba más de veinte años trabajando para la familia salió de la casa con una bandeja entre las manos.
Había preparado una jarra de limonada, añadido varios cubitos de hielo y colocado tres vasos altos sin que nadie se lo pidiera.
Cuidar de Martina seguía pareciéndole una obligación propia, aunque la niña a la que había criado se hubiese convertido ya en una mujer casada.
Dejó la bandeja sobre la mesa situada bajo la pérgola, preguntó si necesitaban algo más y regresó al interior. El hielo chocó contra el cristal cuando la jarra se asentó. Después volvió a imponerse el silencio.
Al otro lado del jardín, el agua de la piscina devolvía destellos blancos.
El calor de finales de agosto había perdido parte de su fuerza, pero aún se pegaba a la piel y mantenía inmóviles las hojas de los setos.
Martina y María llevaban bikini. Marta, sentada entre ambas, se había cubierto con un vestido claro y holgado que no conseguía disimular el volumen de su embarazo.
Ninguna de las tres tocó la limonada.
Marta mantenía las manos unidas sobre el regazo.
Había acudido a casa de Martina buscando consejo y, después de contar lo ocurrido, deseó no haber abierto la boca.
Mientras el secreto había permanecido dentro de ella, todavía podía convencerse de que no era real.
Al escucharlo pronunciado ante otras personas, se había convertido en un hecho.
—Tienes que separarte de él —dijo Martina—. Lo sabes, ¿verdad?
Marta bajó la mirada.
—Mi padre no me lo permitiría.
—Tu padre no puede decidir eso por ti —replicó María.
—Puede hacerme la vida imposible. Para él, la familia está por encima de todo. De todo excepto de las apariencias.
—Pues que le den a las apariencias.
Martina lanzó a María una mirada de advertencia. Su amiga era incapaz de entrar con cuidado en ningún asunto, pero Marta la conocía desde hacía demasiados años para ofenderse.
—Si le cuentas a tu padre lo mismo que nos has contado — continuó María—, tendrá que entenderlo. Adora a Toni, sí, pero tú eres su hija.
—Precisamente por eso. Dirá que debo pensar en el niño, que una esposa no abandona a su marido por una sospecha, que los Del Pozo no ventilan sus problemas delante de un juez. Ya puedo oírlo.
Marta se llevó una mano al vientre. El bebé respondió con un movimiento leve bajo la tela y ella dejó la palma apoyada sobre aquel punto.
—Hace una semana creía que era feliz —dijo—. Tenía una casa, un marido que me quería y un hijo a punto de nacer. Ahora no sé si algo de eso era verdad.
—Era verdad para ti —respondió Martina—. No conviertas la mentira de otra persona en una culpa tuya.
—Ni siquiera sé si hubo una mentira. Solo los vi besarse.
—A tu marido y a otro hombre —recordó María.
—A un hombre que parecía mi marido.
Pronunciar aquella diferencia alivió a Marta durante un instante. Martina lo advirtió y se inclinó hacia ella.
—Vamos a empezar por el principio. ¿Estás segura de que era Toni?
—Lo estaba cuando ocurrió.
—¿Y ahora?
Marta no respondió.
María se sirvió limonada. El hielo había empezado a derretirse y dejó un reguero de agua sobre la mesa.
—Aunque fuera él, puedes dejarlo —dijo—. Desde hace dos años existe una ley que te permite separarte. Un amigo de mi padre es abogado y no habla de otra cosa. Dice que cada vez llegan más casos a su despacho.
—Separarse no es firmar un papel y volver a empezar — contestó Marta—.
Habría que demostrar lo ocurrido, enfrentarnos a nuestras familias, decidir qué pasa con la casa y esperar a que un juez resuelva sobre el niño.
Y después vendría el divorcio, si alguna vez llega.
Mi padre cree que esa ley es un ataque contra el matrimonio.
—Tu padre vive en la prehistoria.
—Mi padre es creyente.
—Nosotras también hemos ido a misa toda la vida y no por eso tienes que resignarte a compartir la cama con un hombre que desea a otros hombres.
—Baja la voz —pidió Martina.
María miró hacia la casa. Las puertas que comunicaban el salón con el jardín estaban abiertas y alguien del servicio podía cruzarlas en cualquier momento.
—No quiero que nadie se entere —dijo Marta—. Ni mi padre, ni mi madre, ni mi hermano. Mucho menos Toni. Os lo he contado porque necesitaba hablar con alguien, pero tenéis que prometérmelo.
—No saldrá de aquí —aseguró Martina.
María tardó un segundo más en responder.
—Por supuesto que no.
—Además, Toni me quiere —añadió Marta.
—¿Cómo puedes estar segura? —preguntó María.
—Porque me lo dice. Porque es atento conmigo, porque se preocupa por el embarazo y porque jamás me ha dado motivos para desconfiar de él hasta ahora.
—También puede quererte y mentirte.
La frase de Martina fue más dolorosa que cualquiera de las salidas de María. Marta levantó la vista hacia ella.
—No he dicho que lo haya hecho —aclaró Martina—. Solo que una cosa no impediría la otra.
—Yo no sabría vivir dentro de una mentira —murmuró Marta.
—Entonces habla con él.
—¿Y qué le digo? ¿Que lo vi besándose con un hombre en una calle? Me moriría de vergüenza antes de terminar la frase.
—La vergüenza debería sentirla él —intervino María—. Tú no has hecho nada.
—Tampoco sabemos lo que ha hecho Toni —insistió Martina—. Marta tiene razón en una cosa: antes de condenarlo, hay que
aclarar si realmente era él.
María bebió un largo trago y dejó el vaso sobre la mesa con demasiada fuerza.
—Era su cara. Su mujer sabrá reconocerlo mejor que nosotras.
—Eso es lo que no entiendo —dijo Marta—. Era él y, al mismo tiempo, había algo que no era suyo.
—¿Solo lo viste besar al otro? —preguntó Martina.
—Sí. Mi coche pasó junto a ellos. Yo iba detrás y el chófer no redujo la marcha. Fueron apenas segundos.
—¿Y de unos segundos has sacado todo esto? —María abrió las manos—. Puede que vieras mal.
—Estaba a pocos metros. Conozco la forma de su cara, sus hombros, la manera en que inclina la cabeza. Era igual que Toni.
—¿Lo viste llegar a casa después?
—Sí.
—¿Llevaba la misma ropa?
Marta negó con la cabeza.
—El hombre de la calle tenía una chaqueta de cuero negro, vaqueros muy ajustados y una camisa blanca. Toni llegó a casa con uno de sus trajes. Le pregunté dónde había estado y me dijo que había pasado la tarde en la editorial.
—Pudo cambiarse —sentenció María—. Los hombres que engañan a sus mujeres hacen esas cosas.
—O podía ser otra persona —dijo Martina.
Marta cerró los ojos un momento y recuperó la escena.
El coche avanzando despacio entre el tráfico.
Dos hombres junto a la acera. Uno de ellos apoyado contra la aleta de un automóvil.
El otro acercándose para besarlo. Recordaba la impresión antes que los detalles, como si el miedo hubiera ocupado en su memoria el lugar de las imágenes.
—El pelo también era diferente —dijo al fin—. Toni lo lleva siempre bien peinado, pero con naturalidad. Aquel hombre se lo había echado hacia atrás con tanta gomina que parecía otra persona. Tenía un aspecto más duro. Hasta caminaba de otra forma.
—Cada vez se parece menos a tu marido —observó Martina.
—La cara era la misma.
—¿Estás segura de que no te llamó la atención precisamente porque se parecía mucho a él?
—No lo sé.
María se inclinó sobre la mesa.
—Hay algo que no nos estás diciendo.
Marta la miró sorprendida.
—Llevas toda la tarde repitiendo que tenía la cara de Toni, pero también que había algo extraño en ella. ¿Qué era?
—Si lo supiera, ya os lo habría contado.
—¿Bigote? ¿Barba? ¿Una cicatriz?
—No.
—¿Gafas?
—Tampoco.
Martina dejó que María continuara enumerando posibilidades. Marta apartó la mirada y la fijó en la piscina. La superficie azul comenzó a desdibujarse hasta que, por un instante, volvió a ver al desconocido girando la cabeza después del beso.
No fue un recuerdo completo, sino un fogonazo de color.
—La mejilla —dijo.
Sus amigas callaron.
—¿Qué ocurría con la mejilla? —preguntó Martina.
—Tenía una mancha. Aquí.
Marta se tocó el pómulo izquierdo con dos dedos.
—Era roja y bastante grande. No parecía un golpe. Era como esas marcas con las que nace alguna gente.
—¿Un antojo? —preguntó María.
—Puede ser. No sé cómo se llama.
—¿Toni la tenía cuando llegó a casa? —Martina habló muy despacio, obligándola a pensar antes de responder.
Marta reconstruyó la llegada de su marido.
Lo había recibido en el vestíbulo, había esperado a que dejara el maletín y lo había observado mientras se quitaba la chaqueta.
Recordaba haber buscado en él alguna prueba del beso: una alteración en los labios, olor a colonia ajena, nerviosismo.
Si hubiese tenido aquella mancha, la habría visto.
—No —respondió—. Estoy segura de que no.
—Entonces no podía ser Toni —dijo María con alivio.
—Una marca así no aparece y desaparece en unas horas — añadió Martina—. A menos que estuviera pintada.
—¿Quién iba a pintarse algo así?
—Alguien que quisiera disfrazarse —aventuró María.
—Un disfraz intenta ocultar una cara, no llamar la atención sobre ella —replicó Martina.
Marta notó que el alivio se mezclaba con un miedo distinto. Si no era Toni, había visto a un desconocido idéntico a su marido. La explicación resultaba menos dolorosa, pero no más comprensible.
—¿Toni tiene hermanos? —preguntó María.
—No que él sepa. Creció en un orfanato y apenas conoce nada de sus padres.
—Entonces podría tener uno.
—Podría —admitió Martina—. Pero que sea posible no significa que sea la explicación.
—¿Y un gemelo? —María se animó con su propia idea—. Si los separaron al nacer, ninguno de los dos tendría por qué saberlo.
—Un hermano gemelo con una mancha de nacimiento — repitió Marta.
La hipótesis era extraordinaria, pero también era la primera que conseguía reunir las dos certezas que se disputaban su cabeza: el hombre tenía el rostro de Toni y, sin embargo, no podía ser él.
—Tendrás que preguntárselo —dijo Martina.
—¿Cómo? ¿Le digo que quizá tenga un gemelo porque he visto a su doble besándose con otro hombre?
—No esta noche —respondió Martina—. Espera a estar tranquila. Dile exactamente lo que viste y escucha su respuesta.
—Y fíjate bien en su cara cuando se lo cuentes —añadió María.
—Eso ayuda muchísimo.
Marta sonrió por primera vez desde que había llegado.
—¿Lo decís de verdad o solo queréis animarme?
—Te digo que hay una duda razonable —contestó Martina—. Nada más. No puedes romper tu matrimonio sin resolverla, pero tampoco puedes fingir que no ha ocurrido.
María alzó la mano derecha.
—Y yo digo que, sea un hermano, un doble o Toni disfrazado, no volverás a enfrentarte sola a esto.
Marta apoyó su mano sobre la de ella. Martina colocó la suya encima.
—Y ni una palabra a nadie —recordó Marta.
Las dos asintieron.
La conversación se deshizo poco a poco. Hablaron del embarazo, de la habitación que Marta y Toni habían preparado y de los nombres que todavía no habían conseguido elegir.
María hizo un par de comentarios absurdos para aliviar el ambiente y, cuando el sol comenzó a esconderse detrás de los árboles, la limonada se había calentado sin que llegaran a terminarla.
Marta miró el reloj y se sobresaltó.
—Se me ha hecho tardísimo.
—Llamo a casa para que te lleven —dijo Martina.
—No hace falta. Desde aquí hay menos de veinte minutos andando.
—Con ese calor y como estás…
—Ha refrescado. Además, necesito caminar y ordenar la cabeza antes de ver a Toni.
—Te acompañamos —propuso María—. Mi marido todavía tardará más de una hora en recogerme.
Marta negó con suavidad.
—Prefiero ir sola. Conozco el camino y aún queda luz. Os agradezco lo que habéis hecho. No sé qué habría decidido sin hablar con vosotras.
—Todavía no has decidido nada —le recordó Martina.
—He decidido que no voy a acusarlo hasta estar segura. Para hoy es suficiente.
Entraron en la casa para recoger su bolso. Antes de salir, Marta se detuvo frente al espejo del vestíbulo y se arregló el cabello con ambas manos. Durante unos segundos contempló su propio rostro como si también en él pudiera aparecer un detalle que lo cambiase todo.
Martina y María la acompañaron hasta la entrada de la finca. Se despidieron con dos besos y esperaron junto a la verja mientras Marta se alejaba por la acera. Caminaba despacio, con una mano sobre el vientre y el bolso colgado del hombro. Al llegar a la esquina, se volvió y alzó la mano.
Después giró a la izquierda y desapareció de su vista.
Aquella fue la última vez que Martina y María vieron a Marta Del Pozo.