Capítulo 8
La casa
La primera luz se extendía sobre las laderas de la sierra de Guadalajara cuando Rodrigo Lazcano se acercó al ventanal.
Desde el salón-mirador de la planta superior, el terreno descendía en manchas de roble, encina y pinar hasta desaparecer bajo una franja de bruma.
A esas horas, la finca parecía no tener límites.
Diez años.
Rodrigo apoyó una mano en el cristal. Le costaba creer que hubiese transcurrido tanto tiempo desde que todo parecía más fácil.
Entonces aún pensaba que los problemas podían mantenerse separados: los negocios en un lado, los favores en otro y los secretos en un lugar al que nadie se atrevería a acercarse.
Después, las decisiones de unos habían obligado a intervenir a otros y la maquinaria había seguido avanzando hasta que ninguno de ellos conservó el control absoluto.
Se repetía que no era culpa suya. Lo hacía con tanta frecuencia que la frase había terminado por perder su significado.
A fin de cuentas, él no había matado a nadie.
Todavía.
Oyó abrirse la puerta y reconoció los pasos antes de volverse.
Carlos Carrillo entró en el salón con la camisa abotonada hasta el cuello y la expresión de quien llevaba despierto mucho más de lo razonable.
Era el más madrugador de sus invitados y también el único capaz de convertir una pregunta sobre el tiempo en un interrogatorio.
El rango de coronel de la Guardia Civil, el metro noventa de estatura y una mandíbula exageradamente ancha completaban una presencia que imponía incluso cuando permanecía en silencio.
—Buenos días, marqués. ¿Qué dice la sierra?
—Que la bruma levantará en una hora.
Carlos se situó junto a él y observó el valle.
—Tú eres quien conoce esto. Los demás no creo que estén en condiciones de distinguir la bruma de su propia resaca.
La cena se había prolongado hasta pasadas las tres entre coñac, ginebra, puros y una conversación que ninguno de ellos habría mantenido por teléfono.
La caza proporcionaba una buena razón para reunir en un mismo lugar a hombres que, por sus cargos y sus negocios, no debían dejar demasiadas citas compartidas en una agenda.
—Se recuperarán —dijo Rodrigo.
—El nuevo, Raúl, ¿a qué se dedica exactamente?
Rodrigo sonrió sin mirarlo.
—Ya te lo conté anoche.
—Me dijiste que era empresario.
—Fábricas textiles, seguros y algunas inversiones. Nada que vaya a poner en peligro la seguridad nacional.
—Eso lo decidiré yo.
Carlos hablaba en broma, pero Rodrigo sabía que la pregunta no lo era. Había memorizado cada dato que le proporcionó la víspera y quería comprobar si la respuesta cambiaba al repetirla.
—Raúl es de confianza —zanjó.
—La confianza no es una biografía.
—En esta casa tendrá que bastarte.
Carlos sostuvo su mirada durante un instante y aceptó el límite con una inclinación mínima de cabeza.
—Entonces habrá que tocar diana. Como esperemos mucho más, no llegaremos a los puestos antes de que despeje.
Salió del salón con el mismo paso decidido con el que entraba en un cuartel. Rodrigo permaneció unos segundos frente al paisaje y después descendió a la planta baja.
El comedor principal ocupaba buena parte del ala este.
Una mesa de nogal con capacidad para treinta personas presidía la estancia y dos troncos de encina ardían en la chimenea.
Marcial había encendido el fuego antes del amanecer para combatir el frío de la sierra, aunque al mediodía probablemente tendrían que abrir las ventanas.
Marga había preparado bollos suizos, bizcocho, galletas, tostadas, cereales, zumo de naranja, café y leche. El olor de la repostería recién hecha ocultaba el del humo y convertía aquel salón desmesurado en un lugar doméstico.
—Señor, ¿cree que tardarán mucho en bajar? —preguntó en cuanto vio entrar a Rodrigo—. Lo digo porque el café se va a enfriar.
—Marga, como vuelvas a llamarme señor, te despido.
Ella se llevó una mano al pecho, aunque conocía de sobra la amenaza.
—Como quiera, don Rodrigo.
Había pasado la vida convencida de que el respeto exigía mantener ciertas distancias y ni todos los años de confianza con Rodrigo habían conseguido que lo tratase de otro modo.
—Lo haces a propósito.
—No, señor. Quiero decir… no, don Rodrigo.
Rodrigo soltó una carcajada.
—No te preocupes por el café. Si bajan tarde, lo tomarán frío. Esto no es un hotel.
—¡Huy, no! Si hace falta, preparo otro. No hay nada más descortés que servir café recalentado.
—Como vas a hacer lo que quieras, no pienso discutir.
Marga sonrió satisfecha y regresó a la cocina. Rodrigo sentía por ella y por Marcial un afecto que no concedía con facilidad. Llevaban muchos años cuidando la finca y, en la práctica, conocían la casa mejor que él.
Carlos apareció poco después con un periódico bajo el brazo. Se sentó a la mesa y fue directamente a la sección de deportes, como si la política nacional no tuviera ninguna relación con los hombres que estaban a punto de desayunar allí.
—Buenos días, cabrones.
Martín Revuelta entró frotándose las manos. Era bajo, delgado y, a sus sesenta y cinco años, conservaba una energía que desconcertaba a quienes esperaban encontrar solemnidad en el secretario de Estado director del Centro Nacional de Inteligencia.
—¿Habéis dejado algo para los mayores?
—Café —respondió Carlos sin apartar la vista del diario.
—Es cuanto necesito para perdonaros la noche de ayer.
Martín se sirvió una taza y bebió el primer sorbo de pie. Los otros dos sabían que no tendría sentido hablarle hasta que la terminase.
El golpe acompasado de un bastón sobre el suelo anunció a Marcos Mendoza. Durante los tres últimos años había ascendido dentro de su partido con una rapidez que sorprendió incluso a quienes llevaban décadas preparando su carrera. Dos meses antes había sido nombrado ministro del Interior.
Avanzaba apoyado en un bastón de nogal rematado por una empuñadura redonda de marfil. La cojera era antigua y tan acusada que el bastón parecía una prolongación de su cuerpo.
—Señores, tengo la cabeza como si hubiera dormido dentro de una campana —dijo al llegar a la mesa—. Aquello que bebimos anoche debía de estar caducado.
—El que está caducado eres tú —replicó Martín—. Antes de ser ministro aguantabas mucho más.
—Antes de ser ministro no tenía que escuchar tus análisis a las dos de la mañana.
Marga entró con una jarra de agua. Marcos llenó un vaso, añadió una rodaja de limón y lo bebió casi de un trago.
—Parece que Raúl, además de ser el más joven y el nuevo, es también el que peor lleva una noche larga —dijo Carlos.
—Siento decepcionarlo, coronel.
Raúl apareció en el umbral vestido con un conjunto de caza tan impecable que parecía elegido para posar en un catálogo. No mostraba cansancio y su barba estaba perfectamente recortada.
—He hecho un par de llamadas antes de apagar el teléfono — dejó el móvil apagado sobre el aparador y se sirvió café.
Al levantar la taza con la mano izquierda, el puño de la camisa retrocedió lo suficiente para mostrar la pequeña cicatriz junto a la base del pulgar fruto de una pelea de hermanos adolescentes.
El reloj inteligente continuó encendido en su muñeca; la pantalla se iluminó un instante y volvió a oscurecerse—.
Quiero disfrutar del día sin que nadie me persiga por un problema en una fábrica.
—Eso sí es saber vivir —dijo Marcos—. Cuando salgamos de aquí, volveremos a ser personas importantes. Hasta entonces, intentemos no estropearlo.
Los escoltas que acompañaban a Marcos y a Martín se habían quedado en el pabellón de acceso, a casi tres kilómetros de la casa.
A Marcos le incomodaba tenerlos cerca durante sus fines de semana privados y había insistido en que el interior de la finca estaba protegido por el propietario, un coronel de la Guardia Civil y el propio director del CNI.
Carlos había calificado la decisión de temeraria.
Marcos le recordó que, por una vez, podía proteger él al ministro.
—Tengo ganas de ver cómo funciona lo de los aguardos —dijo Raúl mientras ocupaba una silla.
Martín dejó la taza en el plato.
—Rodrigo dijo anoche que nunca habías cazado.
—Nunca.
—¿Y vas a estrenarte con un rifle?
—No confundas no haber cazado con no saber disparar. Tengo las licencias, el seguro y llevo varios meses practicando en campo de tiro. Rodrigo se aseguró de todo antes de invitarme.
—Acertar a una diana y decidir si se dispara sobre un animal son cosas distintas.
—Por eso espero aprender de vosotros.
—¿Pero qué clase de padre has tenido para no llevarte de caza una sola vez?
Raúl dejó de sonreír.
—No conocí a mi padre, Martín.
El director del CNI quedó con la boca entreabierta.
—Joder. Lo siento. No pretendía…
Raúl mantuvo la expresión algo más de lo necesario y luego sonrió.
—Te estoy tomando el pelo. A mi padre no le gustaban las armas y en mi familia nunca hubo tradición cazadora.
Martín señaló al recién llegado con el índice.
—La madre que te parió. A mí no me hagas esas cosas, chaval.
—Donde las dan, las toman —sentenció Rodrigo con fingida gravedad—. Dale la mano y haced las paces.
—No necesito llegar tan lejos.
Martín se inclinó, no obstante, y estrechó la mano de Raúl.
—Bien jugado.
—Gracias. Francamente, estoy encantado de estar aquí.
Desayunaron sin prisa.
La salida no era una montería todavía faltaban semanas para el inicio del periodo general, sino una jornada de aguardos selectivos contemplados en el plan de gestión de la finca.
Los guardas habían detectado demasiados venados en una de las zonas y Rodrigo contaba con autorización para reducir la población antes de la apertura.
Ocuparían varios puestos separados y Marcial se encargaría de distribuirlos, comprobar la documentación y explicar a cada uno el campo de tiro.
Cuando terminaron, todos miraron a Rodrigo a la espera de que diese la orden.
—A mí solo me faltan los prismáticos —dijo—. Los he dejado en la habitación. El rifle y el resto del equipo están enfundados en el coche. ¿Tenéis todo preparado?
—Mi rifle está arriba —respondió Raúl—. Bajo en un momento.
El arma seguía en la habitación, parcialmente enfundada en su elaborada envoltura de cuero grueso negro, con el característico forro verde y suave en el interior.
—A mí estas botas me están destrozando —dijo Martín—. Sabía que no debía estrenarlas. Voy a por las viejas y os gano a los dos.
—Yo también tengo el rifle en la habitación —anunció Carlos—. Un hombre duerme cerca de sus armas.
—Un hombre inteligente se acuesta antes de las tres cuando al día siguiente va a manejar una —replicó Rodrigo.
Marcos golpeó una vez el suelo con el bastón. Antes de hablar, sujetó la empuñadura redonda y la giró hasta notar el tope de la rosca. Era un gesto antiguo, casi inconsciente, que repetía siempre antes de salir con el bastón.
—¿Soy el único que lo tiene todo listo? Para que luego digáis que los políticos no servimos para nada. Os espero en los coches y conduzco yo.
—Con esa pierna, conducirás cuando yo esté muerto —dijo Martín.
—Eso puede arreglarse.
Marcos se alejó entre risas. El sonido del bastón lo acompañó hasta el vestíbulo y cesó cuando el portalón se cerró tras él.
—Diez minutos —ordenó Rodrigo—. Quien no esté entonces en su coche se queda ayudando a Marga con la comida.
Raúl y Martín salieron hacia la escalera. Carlos terminó de doblar el periódico y los siguió. Rodrigo comprobó la hora antes de subir tras ellos.
Poco después, Marcial entró por la puerta principal y dejó abierto el portalón. Venía del patio con el rostro encendido y mascullaba algo que Marga no alcanzó a entender.
—No me lo puedo creer. Una cosa le mandé. Una sola.
—¿Qué te pasa?
—Tu hijo es lo que me pasa. Le dije anoche que repostase los coches y no lo ha hecho.
—Se quitó la gorra y la golpeó contra la pernera—.
Los tres depósitos están casi en reserva.
Ahora tendrán que esperar don Rodrigo, el señor Martín, el coronel y el propio ministro porque Sebas no ha sido capaz de hacer una cosa tan sencilla. Y la culpa será mía, como es natural.
—Sebas se ha levantado temprano. A las ocho ya no estaba en su habitación.
—Estará perdiendo el tiempo en las cuadras.
—O haciendo algún otro encargo. No sabes qué le habrá pedido don Rodrigo.
—Don Rodrigo no le pide nada porque sabe que no puede confiar en él. Debería estar aquí, acompañarnos y aprender el trabajo. Tiene un buen patrón, un sueldo decente y una casa. Podría tener la vida solucionada cuando nos jubilemos.
—El chico no quiere vivir aquí, Marcial. Quiere marcharse a la ciudad. Parece mentira que todavía no lo hayas…
El disparo la interrumpió.
El estruendo entró por el portalón abierto, golpeó las paredes del vestíbulo y se propagó por la caja de la escalera. Marga dejó caer el paño que llevaba en las manos. Marcial volvió la cabeza hacia el patio.
Durante un instante, ninguno de los dos se movió.
—Dios mío —susurró Marga.
Marcial cruzó la puerta. Dio tres pasos y se detuvo junto al borde del empedrado.
Frente a las antiguas cuadras, una salpicadura de sangre descendía por la pared encalada. En el banco de madera había un hombre desplomado, con el cuerpo torcido hacia un lado y el brazo izquierdo colgando entre las rodillas. La parte posterior de su cabeza había desaparecido.
Marcial intentó acercarse. No llegó a dar el primer paso. El patio se inclinó bajo sus pies y cayó al suelo antes de reconocer al muerto.