Errores del destino Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Buenas tardes —saludó mientras recuperaba el aliento—. Soy el sargento García, comandante del puesto.

Julián le mostró el cadáver. El sargento se quedó unos segundos sin hablar. Después contempló la cartera abierta, las gafas fuera de la funda y la bolsa de plástico.

—Díganme que no han tocado nada.

Nadie respondió.

—Joder —murmuró—. ¿Quién ha encontrado el cuerpo?

Sergio levantó la mano con timidez.

—El perro lo encontró. Yo vi la ropa.

El sargento le dedicó una mirada breve y compasiva antes de dirigirse a los adultos.

—A partir de ahora, nadie toca nada. He avisado al juzgado de guardia, pero el juez, el secretario y el médico forense vienen de tres partidos distintos. Están de camino. Tardarán.

Manolo señaló el terreno.

—Por aquí no sube un coche.

—Ya me he dado cuenta.

El sargento recorrió la torrentera con la mirada. La pendiente era difícil incluso sin cargar peso. Se quitó la gorra, se secó la frente con la manga y pareció debatirse consigo mismo.

—Lo que voy a pedirles no debería pedirlo. El juez tendría que examinar el cadáver aquí antes de autorizar el levantamiento.

—Entonces esperaremos —dijo Julián.

—Si espera a que suban todos, se nos hace de noche. Y el médico no llegará hasta la finca antes de dos horas. —Volvió a mirar el cuerpo—. Está casi reducido a restos y ustedes ya han movido la mitad de las cosas. Bajaremos el cadáver hasta la explanada y yo haré constar que ha sido decisión mía.

—Cuente con nosotros —respondió Manolo de inmediato.

Julián lo miró sin ocultar su incredulidad.

—Sargento, ¿está seguro?

—No. Pero no puedo dejar a dos hombres aquí toda la noche custodiándolo y tampoco voy a permitir que los perros sigan arrancándole huesos. Yo bajaré delante para recibir al juez. Ustedes preparen una parihuela y no separen nada más.

Manolo ya buscaba dos varas rectas de avellano. Otros cazadores, advertidos por Eduardo, llegaron poco después. Con las varas, varias cuerdas y dos chaquetas confeccionaron una camilla rudimentaria.

—Vamos a llamar al marqués —dijo Manolo mientras comprobaba los nudos.

—Déjalo ya —le advirtió Julián.

Colocaron la parihuela junto al cuerpo. A la cuenta de tres, levantaron los restos con la ropa y los depositaron sobre las cuerdas.

Al moverlos, liberaron un olor dulzón y penetrante que había permanecido atrapado bajo las prendas y la hojarasca húmeda.

Los cuatro hombres se apartaron entre arcadas.

—¡Joder! —exclamó Manolo, tapándose la nariz—. De vivo no me dio trabajo, pero de muerto me va a estropear el día y puede que la semana.

El descenso se hizo eterno. Transportaban la parihuela con los brazos extendidos y la cara vuelta hacia otro lado.

Cada pocos metros tenían que detenerse para recuperar el aliento o cambiar de posición.

Sergio caminaba detrás, llevando a Lor sujeto con la traílla.

El perro no dejaba de mirar hacia la carga.

Cuando alcanzaron la explanada, casi todos los participantes en la montería se habían reunido junto a los vehículos.

Depositaban el cadáver en un extremo, lejos del grupo, cuando dos perros sueltos echaron a correr hacia él.

Uno se apartó al primer grito. El otro, un sabueso grande, enseñó los dientes y se resistió hasta que consiguieron alejarlo con una rama y sujetarlo por el collar.

La comitiva judicial llegó poco después. Del primer coche descendieron el juez de guardia y el secretario. El médico forense lo hizo del segundo acompañado de dos guardias civiles. El juez vestía traje y corbata y observó la parihuela antes incluso de saludar.

—¿Dónde apareció el cadáver? —preguntó.

Manolo señaló hacia la ladera.

—A más de una hora de camino.

—¿Y quién les ha dado permiso para levantarlo y traerlo hasta aquí?

Nadie contestó.

El sargento García se adelantó.

—Yo, señoría. Fue decisión mía.

El juez lo miró con una mezcla de furia y cansancio.

—Pues ya puede ir explicándome por qué ha decidido destruir el lugar del hallazgo antes de que lo examine el juzgado.

El sargento inclinó la cabeza y comenzó a responder en voz baja. Manolo aprovechó para apartarse con los demás.

La montería se dio por terminada. Los cazadores que aún estaban en sus puestos fueron recogidos y uno tras otro prestaron sus nombres para que la Guardia Civil pudiera localizarlos si el juzgado necesitaba tomarles declaración.

El forense se arrodilló junto a la parihuela mientras el secretario anotaba el estado de cada prenda y los objetos que Manolo había encontrado.

Cuando vio el dinero, las gafas y las coronas de oro, pidió que nadie volviera a utilizar el apodo de marqués delante de él.

Sergio y su padre tardaron semanas en olvidar el olor y casi el mismo tiempo en volver a probar la carne. Manolo no tuvo ninguno de aquellos problemas. Durante años contó la historia asegurando que su único error había sido no guardarse las cuatro muelas de oro del marqués.

Ninguno de ellos imaginó entonces que, tres décadas después, aquel coto tendría dueño, otro nombre y una casa levantada sobre sus ruinas; ni que volvería a reunir a varios hombres alrededor de un cadáver.