Capítulo 7 #2
Lo obligó a retroceder y se inclinó sin tocar nada.
Bajo la ropa húmeda persistían zonas de tejido oscuro y desecado.
La descomposición no era uniforme: el tronco conservaba partes blandas protegidas por la chaqueta, mientras una pierna había quedado casi expuesta y presentaba pérdida extensa de tejido.
Había pequeños huesos desplazados, bordes roídos y jirones de tela enganchados en las zarzas.
La lluvia y los animales habían dispersado parte del conjunto, pero el olor seguía atrapado bajo las prendas.
El cadáver yacía boca arriba en el cauce; por encima del cuello no había nada.
—No tiene cabeza —murmuró.
—Ya la he buscado. ¿Por qué no está?
Julián levantó la vista hacia la pendiente. La torrentera descendía desde la parte alta de la ladera y las últimas tormentas habían dejado una línea de tierra oscura entre las piedras.
—El agua habrá arrastrado el cuerpo. La cabeza puede haberse quedado enganchada más arriba.
No sabía si aquella explicación era cierta, pero necesitaba ofrecérsela a su hijo y también a sí mismo.
Sergio permaneció inmóvil. Se esforzaba por no mirar, aunque sus ojos regresaban una y otra vez a las botas, al cinturón y al hueco donde debería estar la cabeza.
Hasta unos minutos antes, el monte había sido para él un lugar conocido.
Sabía distinguir los rastros, conocía los árboles y podía adivinar por los ladridos si los perros perseguían o tenían parada una res.
El cadáver alteró de pronto todo cuanto lo rodeaba.
Las hojas dejaron de ser una alfombra seca y se convirtieron en algo capaz de ocultar huesos.
Las torrenteras ya no eran simples cauces vacíos.
Incluso el silencio entre los disparos pareció adquirir una intención que antes no tenía.
—Tenemos que avisar —dijo Julián.
No llevaban ningún medio de comunicación. La casa de la finca quedaba lejos y los demás hombres se encontraban dispersos por tres mil hectáreas. Julián llenó los pulmones.
—¡Ayuda!
Su voz cruzó la ladera y regresó convertida en eco. Gritó otras cuatro veces hasta notar la garganta áspera.
Al cabo de un rato, alguien contestó.
—¿Qué pasa?
—Es Manolo —dijo Julián, aliviado—. ¡Manolo! ¡Hay un hombre muerto aquí!
Durante medio minuto no obtuvieron respuesta.
—¡Voy para allá! ¡Seguid dando voces para guiarme!
Julián gritó dos veces más. Unos diez minutos después escucharon ramas quebrándose ladera abajo. Manolo apareció entre los robles acompañado de Eduardo, el menor de sus dos hijos. Ambos llegaron jadeando.
—¿Dónde está? —preguntó Manolo.
Julián señaló la torrentera.
Manolo se aproximó con precaución. Al ver la ropa, soltó todo el aire que contenía.
—¡Joder, Julián! Casi me matas. Pensaba que le había dado un infarto a uno de los nuestros.
El alivio desapareció cuando distinguió los huesos.
—Este lleva aquí bastante tiempo.
—¿Qué hacemos? —preguntó Julián.
Manolo era de esa clase de hombres que actuaban antes de preguntarse si debían hacerlo. Se agachó junto al cadáver y metió dos dedos en el bolsillo trasero del pantalón.
—Primero vamos a saber quién es.
—No toques nada —le advirtió Julián.
Demasiado tarde. Manolo había sacado una cartera de cuero deformada por la humedad. La abrió. No encontró documento alguno, pero sí varios billetes doblados. Los extendió con cuidado y comenzó a contarlos.
—Cien mil pesetas.
Levantó la mirada hacia los otros tres.
—¿Quién coño se mete en el monte con cien mil pesetas en el bolsillo?
—¿Qué importa? Está muerto y tendrá una familia buscándolo.
—Claro que importa. Lleva una fortuna y nadie se la ha quitado. Pero la documentación no está. Si quien dejó esto aquí no quería el dinero, ¿por qué se llevó los papeles?
La observación hizo callar a Julián.
Manolo dejó la cartera donde la había encontrado. Después reparó en la funda sujeta al cinturón. La abrió y extrajo una montura dorada de la que todavía colgaban varios fragmentos de cristal.
—Y gafas de oro —dijo—. Este no era un cualquiera.
Se las acercó a la cara como si fuera a probárselas.
—¿Puedes tomártelo en serio de una vez? —espetó Julián.
Manolo bajó las manos. Durante un instante pareció avergonzado.
—Tienes razón.
—La cabeza no está —dijo Sergio, que no había hablado desde la llegada de los otros.
—Creemos que se quedó más arriba —añadió Julián.
Manolo observó el cauce.
—Edu, vuelve con los demás. Que uno te acerque en coche a la casa. Llama desde allí al puesto de la Guardia Civil y explícales dónde estamos. Después regresa con quien venga.
Eduardo miró a Sergio. Eran casi de la misma edad y debió de leer algo en su cara porque no hizo ninguna pregunta. Echó a correr ladera abajo.
—Vosotros quedaos aquí para que no se acerquen más perros —ordenó Manolo—. Yo voy a buscar la cabeza.
—¿No has oído lo que te acabo de decir? No deberíamos tocar nada.
—No voy a tocarla. Solo quiero saber dónde está.
Se marchó pendiente del suelo antes de que Julián pudiera impedírselo.
—¿Estás bien? —preguntó este a su hijo.
—Supongo.
Sergio trató de responder con indiferencia, pero tenía la boca seca y notaba el bocadillo detenido en el estómago.
—Si la encuentra, seguro que vuelve haciendo alguna barbaridad —dijo Julián.
Sergio hizo una mueca. Los dos conocían a Manolo. Buscaba una broma cuando estaba contento, cuando estaba nervioso y, sobre todo, cuando no sabía cómo comportarse.
Tardó cerca de veinte minutos en regresar. En la mano derecha llevaba una bolsa blanca; en la izquierda, varias avellanas silvestres. Partía las cáscaras con los dientes mientras descendía.
—Estaba más arriba, enganchada entre unas zarzas —anunció.
La bolsa se balanceaba a cada paso.
—¿La has metido ahí? —preguntó Julián, incrédulo.
—No iba a cogerla por una oreja.
Abrió la bolsa y mostró un cráneo al que aún permanecían adheridos algunos restos de piel y un mechón de cabello. Después se llevó otra avellana a la boca.
—¿Cómo puedes comer después de tocar eso?
—Estas estaban dentro de los ojos. Con el juguito tienen más sabor.
Manolo soltó una carcajada que no contagió a nadie. Sergio miró a su padre. Julián alzó las cejas, confirmando su predicción.
—No podéis decir que me he equivocado con lo del dinero — continuó Manolo, ya más serio—. Mirad la boca.
En la dentadura quedaban cuatro coronas de oro. La del primer molar superior izquierdo presentaba una pequeña reparación en forma de media luna, más clara que el resto del metal. En el lado derecho de la mandíbula se apreciaba, además, la línea irregular de una antigua fractura ya soldada.
—Entre los billetes, las gafas y las muelas, este debía de ser un marqués.
—Guarda eso y déjalo donde estaba —dijo Julián—. La Guardia Civil querrá verlo todo en su sitio.
—A este ya le da igual.
—A él sí. A quienes tengan que averiguar quién era, no.
Manolo dejó de sonreír. Por primera vez desde su llegada pareció comprender que cada objeto que tocaba podía ayudar a identificar al muerto.
Transcurrió más de una hora. Cuando al fin escucharon pasos, Eduardo apareció guiando a un hombre de unos cincuenta años.
El recién llegado vestía uniforme verde y llevaba el pelo completamente blanco.
Estaba sofocado, tenía el rostro enrojecido y varios arañazos recientes en las mejillas.
Había acudido desde el acto de la patrona y su ropa de gala no estaba pensada para trepar por una ladera cubierta de espinos.
Durante la espera, los cuatro habían permanecido alrededor de los restos sin saber dónde colocarse.
Si se alejaban, temían que regresara algún perro; si se acercaban, el olor y la visión de la ropa les obligaban a apartar la mirada.
Manolo había dejado de hacer chistes. Julián no soltó a su hijo, aunque Sergio insistió dos veces en que no necesitaba que lo vigilase.