Errores del destino Capítulo 7
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Capítulo 7

El antiguo coto

La helada había endurecido la tierra y dejado una costra blanca sobre las jaras.

El Antiguo Coto del Barranco llevaba años sin explotación estable.

La casa, cerrada y con varias ventanas tapiadas, solo servía de referencia para quienes conocían la sierra.

Aquel día la sociedad local había arrendado una batida extraordinaria de control: los jabalíes bajaban hasta los cultivos y la delegación había autorizado reducir la población antes de que terminara el invierno.

Los postores llegaron con la primera luz.

No había guardas residentes ni personal de la finca que ordenase el terreno; el maestro de sierra había recorrido la víspera los cortaderos practicables y descartado los que seguían bloqueados por maleza.

Distribuyó las armadas, recordó los límites de seguridad y mandó soltar las rehalas cuando el sol apenas empezaba a vencer la niebla del barranco.

El antiguo coto ocupaba algo más de tres mil hectáreas de laderas, barrancos y manchas de encina y roble.

En su extremo meridional, el terreno ascendía hasta un risco de más de setenta metros que dominaba toda la propiedad.

Llevaba diez años sin montearse y el jabalí se había multiplicado hasta convertirse en un problema para los pueblos próximos.

Los guardas hablaban de piaras capaces de arrasar durante una sola noche una parcela de maíz o de girasol.

También habían encontrado ejemplares con rasgos de cerdo doméstico y tamaños impropios de un jabalí puro.

Uno de ellos, según repetían en las tabernas, se había acercado a los trescientos kilos.

Nadie había podido pesarlo, pero en cada relato aumentaba de tamaño.

Aquellos animales no solo eran mayores. Algunos mostraban manchas claras, orejas caídas o cuerpos demasiado largos.

Los guardas temían que, si continuaban cruzándose con los cochinos domésticos que escapaban de las explotaciones, terminaran por alterar la población salvaje de la finca.

Para los agricultores, en cambio, importaba poco la pureza de los ejemplares: todos entraban de noche en los sembrados y dejaban tras de sí tallos rotos, surcos levantados y semanas de trabajo perdidas.

La peste porcina africana añadía una amenaza mucho más seria.

España llevaba años tratando de contenerla y, en la comarca, cualquier animal enfermo bastaba para desatar el miedo entre los ganaderos.

La autorización concedida para aquella jornada permitía abatir un número elevado de ejemplares.

Los guardas habían recomendado reducir más de la mitad de la población calculada y no perdonar a los animales de apariencia híbrida.

Querían disminuir los daños, limitar el contacto con las explotaciones cercanas y recuperar una población lo más parecida posible al jabalí de la zona.

Los postores distribuyeron a los cazadores en los pasos habituales.

Las armadas cerraron la mancha mientras los perreros llevaban las rehalas hasta los puntos de suelta.

La dirección se había elegido teniendo en cuenta el viento, la posición del sol y, por encima de todo, la seguridad de los puestos.

Si el terreno respondía como esperaban, los perros levantarían a los cochinos de sus encames y los empujarían hacia las líneas de tiro.

En las rehalas se mezclaban animales de funciones distintas.

Los más finos de nariz buscaban el rastro entre la hojarasca; los podencos recorrían la mancha con rapidez y los perros de agarre intervenían si un jabalí se revolvía y hacía frente a los demás.

Una vez sueltos, sin embargo, todos se dispersaban siguiendo voces y olores que los hombres apenas podían interpretar.

Esa era la teoría. En el monte, un jabalí podía romper por cualquier sitio, volverse contra los perros o permanecer inmóvil hasta que la rehala pasara a pocos metros.

Cuando todos ocuparon su lugar, una caracola anunció el comienzo.

Las ladras tardaron poco en repartirse por la ladera.

Los gritos de los perreros, el campanilleo de las colleras y algún disparo aislado rebotaron entre los barrancos, de modo que nadie habría sabido decir con certeza dónde estaba ocurriendo cada lance.

Julián había acudido invitado por Manolo, jefe de la cuadrilla y amigo suyo desde hacía muchos años.

A sus treinta y siete, era uno de los mejores tiradores del grupo.

Precisamente por eso Manolo le había pedido que renunciara al puesto y lo ayudase con los perros, cerrando por detrás la batida y recogiendo a los que se volvieran o se separasen de las rehalas.

Algunos cazadores llevaban días protestando porque Julián siempre regresaba con más piezas que los demás, como si su puntería fuese una ventaja concedida por el organizador.

A él no le había importado. Tampoco a su hijo Sergio. Con doce años, prefería andar entre los árboles, escuchar a los perros y descubrir rastros a permanecer cuatro horas quieto en un puesto.

Padre e hijo avanzaban por la parte ya batida, atentos a cualquier perro que regresara sobre sus pasos o hubiera perdido la rehala.

Llevaban más de dos horas caminando sin encontrar ninguno.

Procuraban hacer el menor ruido posible, aunque la hojarasca estaba tan seca que cada pisada producía un crujido.

Cuando una rama oculta se partía bajo una bota, los dos tenían la impresión de haber quebrantado una regla.

Julián caminaba siempre unos pasos por delante.

De vez en cuando se volvía para comprobar que Sergio lo seguía o le señalaba una huella en el barro, una cama reciente entre los helechos o la corteza de un árbol frotada por un macho.

A su hijo no le daba grandes explicaciones.

Le había enseñado a mirar el monte del mismo modo en que se aprende a escuchar a una persona: prestando atención antes de hablar.

Sergio empezaba a tener hambre. Había desayunado a las seis un vaso de leche caliente con cacao y varias magdalenas caseras, pero ya no quedaba nada de aquello en su estómago. El bocadillo que su abuela le había preparado pesaba dentro de la zurronera como si quisiera recordarle su existencia.

—Papá, ¿podemos parar un momento para comer? —preguntó en voz baja.

Julián sonrió. Él también tenía hambre, aunque habría podido esperar un poco más.

—En aquel tronco —respondió, señalando una encina enorme derribada años atrás—. Nos sentamos cinco minutos y seguimos.

Sergio se encaminó hacia allí sin abandonar la cautela.

En cuanto se sentó, sacó el bocadillo y rasgó el papel de aluminio.

Era de tortilla de atún, hecha con el huevo poco cuajado y metida entre dos trozos gruesos de pan.

El jugo había empapado parte de la miga. Solo con verlo se le hizo la boca agua.

Julián se sentó a su lado, pero se limitó a sacar una naranja.

—¿No vas a comerte el bocadillo?

—Todavía no. La naranja me refrescará. Si esto se alarga, luego podremos repartir el mío.

En una montería nunca se sabía a qué hora se terminaría. Podían sonar las caracolas a primera hora de la tarde o podían pasarse varias horas recogiendo perros.

Comieron sin prisa. A lo lejos estallaron tres disparos casi seguidos. Algún cochino debía de haber alcanzado las primeras posturas. Por una vez, a Julián no pareció importarle encontrarse lejos de los puestos.

Sergio terminó el bocadillo y estaba a punto de sacar una naranja cuando distinguió un perro a unos cien metros. Tenía el pelo largo y blanco y las orejas caídas.

—Mira, papá. ¿Aquel no es Lor?

Julián se incorporó. Poseía dos perros de rastro, pero aquella mañana solo había llevado a Lor. Lo había soltado más de una hora antes, después de que el animal tomara un rastro con tanta insistencia que resultó imposible retenerlo.

—Sí, es él.

Se llevó dos dedos a la boca y silbó. Lor alzó la cabeza, los reconoció y agitó la cola. Sin embargo, no regresó. Volvió a hundir el hocico entre las hojas y siguió mordiendo algo.

—Parece que está comiendo —dijo Sergio.

—O purgándose con hierba. Coge la traílla y ve a buscarlo. Tú ya has terminado y yo ni siquiera he empezado la naranja.

A Sergio le gustaba encargarse de los perros. Se aproximó a Lor, abrió el mosquetón de la traílla y lo enganchó a la argolla del collar. El animal se resistió a abandonar lo que había encontrado. Sergio tuvo que tirar de él hasta un roble cercano y sujetar allí la cuerda.

Regresó al lugar. Entre la hojarasca sobresalían un trapo azul y una forma redondeada, blanquecina, parecida a una piedra.

—¿Qué hay? —preguntó Julián desde el tronco.

—No lo sé. Parece ropa.

Apartó unas hojas con la punta de la bota. Apareció un trozo de tela vaquera.

Julián llegó a su lado mientras se comía el último gajo de la naranja.

—Son unos pantalones —dijo.

Sergio continuó observando. La prenda estaba extendida siguiendo una forma demasiado precisa. Un poco más arriba distinguió una camisa de franela a cuadros. Debajo de los pantalones asomaban dos botas cubiertas de tierra.

—También hay una camisa. Y botas.

—Alguien habrá tirado ropa vieja. Ya sabes cómo es la gente.

Julián se volvió hacia Lor. El perro tiraba de la traílla con todas sus fuerzas, empeñado en regresar.

—Papá…

Había algo en la disposición de aquellas prendas que no encajaba. La camisa, los pantalones y las botas no formaban un montón: ocupaban el lugar exacto de un cuerpo tendido. Del cinturón colgaba incluso una funda rígida de gafas.

—Papá, creo que hay un hombre dentro.

Julián volvió la cabeza.

Sergio miró la forma blanca que Lor había estado mordiendo. Ahora que había retirado las hojas, ya no parecía una piedra.

—¡Joder! Es un hueso. Creo que es la rodilla.

Julián recorrió en dos pasos la distancia que los separaba y lo sujetó por los hombros.

—Apártate.