Errores del destino Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Marta había desaparecido el 27 de agosto, embarazada y a punto de dar a luz.

Cuatro días después, el cadáver de un recién nacido apareció en la costa vizcaína.

El intervalo era suficiente para que ambas noticias estuviesen relacionadas, aunque entre Madrid y Arrigunaga hubiese más de cuatrocientos kilómetros.

No era una prueba, ni siquiera una coincidencia extraordinaria, pero resultaba imposible no verla cuando alguien se había tomado la molestia de enviar los recortes juntos.

—¿Eras tú el hijo de Marta? —pregunté, mirando la primera noticia.

Me sentí un poco estúpido hablándole a un trozo de periódico, pero trabajar solo termina produciendo esa clase de costumbres.

Antes de leer el último recorte, busqué el nombre completo de la desaparecida.

Los resultados eran escasos y casi todos repetían la misma información: heredera de una familia industrial, embarazada, desaparecida en agosto de 1983 y nunca localizada.

El apellido, sin embargo, conducía hasta una persona muy viva y muy conocida: Antonio Del Pozo Arriaga.

Era el hermano menor de Marta y el actual presidente del Grupo Del Pozo.

Varias informaciones económicas lo situaban entre las mayores fortunas de España.

Después de heredar el conglomerado fundado por su padre, había multiplicado su valor, lo había extendido por Europa, Latinoamérica y Estados Unidos y había sacado a bolsa la sociedad matriz, Del Pozo e Hijos, S.

A. Las crónicas empresariales lo describían como un filántropo, un gestor brillante y el digno continuador de una saga construida desde la nada.

La palabra «heredero» aparecía una y otra vez. «Único heredero», en algunas publicaciones.

Que los periódicos llamasen a Antonio «único heredero» no demostraba por sí solo que Marta hubiese sido declarada muerta.

Podían estar simplificando una realidad jurídica más compleja o referirse únicamente al control de la empresa.

Sin embargo, después de cuatro décadas sin noticias, lo más probable era que un juzgado hubiese declarado oficialmente su fallecimiento.

Aquel trámite no se producía de manera automática por el mero transcurso del tiempo.

Anoté que debía solicitar una certificación literal al Registro Civil y localizar, si existía, la resolución judicial correspondiente.

Después busqué a José Antonio Del Pozo Granados, el padre de ambos. Encontré su necrológica en un diario económico.

Fallece José Antonio Del Pozo, fundador del Grupo Del Pozo

El industrial madrileño José Antonio Del Pozo Granados ha fallecido después de una larga enfermedad que su familia mantuvo siempre dentro de la más estricta privacidad.

Del Pozo comenzó su trayectoria empresarial fabricando cajas de madera para el transporte de fruta, piezas y maquinaria.

Su visión de futuro lo llevó después a invertir en la transformación de plásticos a gran escala.

En la actualidad, el grupo produce envases alimentarios, bidones, embalajes, bolsas, componentes y materiales destinados a los sectores agrícola e industrial, y da empleo a miles de personas en varios países.

Fuentes próximas a la familia aseguran que la desaparición de su hija Marta, ocurrida en 1983, causó una profunda herida al empresario y agravó los problemas de salud que padeció durante sus últimos años. Su hijo Antonio asumirá la dirección del conglomerado.

Cerré la página y regresé a los recortes.

El retrato familiar era sencillo solo en apariencia: un empresario hecho a sí mismo, una hija embarazada que desaparecía sin dejar rastro y un hijo que, con los años, se convertía en único heredero y multiplicaba la fortuna paterna.

Eso no hacía culpable a nadie. La riqueza siempre genera sospechas fáciles y yo procuraba no enamorarme de una hipótesis antes de reunir hechos.

Aun así, comprendí por qué Gabriel había considerado importante aquella familia.

Me faltaba el tercer artículo.

El Correo

4 de mayo de 2010

Aumentan las denuncias por presuntas sustracciones de recién nacidos

Las investigaciones alcanzan a varias clínicas privadas y congregaciones religiosas.

Dos hermanas gemelas se encuentran por casualidad después de haber sido separadas al nacer

Hace dos años, una mujer vizcaína que se encontraba en Madrid por motivos de trabajo creyó estar contemplando su propio reflejo cuando vio a otra mujer en una estación de metro. El parecido físico era tan extraordinario que decidió acercarse a ella.

«Cuando me tocó el hombro y me giré, pensé que se trataba de una broma para la televisión.

Era como mirarme en un espejo. No solo teníamos la misma cara; llevábamos un corte de pelo parecido y vestíamos casi igual.

Cuando aquella desconocida, que hoy sé que es mi hermana, comenzó a hablarme, perdí el conocimiento», relata una de las gemelas.

Las dos mujeres habían sido adoptadas por familias diferentes y ninguna conocía la identidad de sus progenitores biológicos.

Las pruebas de ADN confirmaron que eran hermanas gemelas.

La investigación posterior permitió localizar a la mujer que las había dado a luz, quien siempre había creído que ambas murieron durante el parto.

«La religiosa que hacía de matrona me enseñó un bebé amoratado e inmóvil y se lo llevó enseguida. Me dijo: “Lo siento, hija. Las dos han nacido muertas. Ahora debes descansar porque estás muy débil”. Después me administraron algo y no recuerdo nada más», declaró la madre biológica a este periódico.

Los investigadores intentan determinar quién tramitó las dos adopciones y por qué las niñas fueron inscritas como hijas de matrimonios distintos.

Las asociaciones de afectados sostienen que el caso podría no ser aislado y reclaman que se revisen los archivos de clínicas y órdenes religiosas relacionadas con partos y adopciones durante las décadas anteriores.

Cuando terminé, dispuse los tres recortes en orden cronológico.

El primero hablaba de un recién nacido muerto en circunstancias inexplicables. El segundo, de una mujer embarazada desaparecida cuatro días antes. El tercero demostraba que, durante décadas, hubo madres a quienes se comunicó la muerte de sus hijos mientras esos niños acababan en otras familias.

No sabía qué relación exacta unía las tres historias. Tampoco sabía quién era Gabriel, por qué conservaba los recortes ni qué esperaba que encontrase cuarenta años después. Pero había enviado dos mil euros en efectivo, tres noticias cuidadosamente seleccionadas, varias fotografías y dos llaves.

En este trabajo hay casos rutinarios, casos divertidos y casos extraordinarios.

El de Gabriel pertenecía, sin ninguna duda, a la última categoría.

Y todavía no había mirado las fotografías ni probado las llaves.