Capítulo 5 #2
Había abandonado el hábito y rechazaba buena parte de la doctrina que había recibido, pero seguía considerando la vida sagrada. No era una creencia razonada ni sometida a normas: formaba parte de él de una manera tan profunda que ni siquiera su ruptura con la orden había conseguido arrancársela.
—Lo he pensado, no creas —reconoció Luci—. Durante unos minutos, después de hablar con él, pensé que quizá sería la única salida. Pero no puedo hacerlo. No quiero. Tenerlo sola, en mi situación, sería…
No terminó la frase.
—Nuestros padres nos matarían —completó Carlos, más para demostrar que comprendía sus temores que porque creyera en la literalidad de sus palabras.
—Y ya sabes cómo es esto —añadió—. Una madre soltera encuentra trabas por todas partes. Si además se enteran de que hasta ahora eras una…
Se arrepintió de la frase antes de terminarla.
—¿Y solo por lo que opinen los demás no podré criar a mi propio hijo? —preguntó Luci—. Me verán como a una cualquiera. Como a una puta.
En su voz había desprecio, pero no hacia las mujeres a quienes la sociedad aplicaba aquella palabra.
Luci había atendido a muchas de ellas y conocía la dureza de sus vidas.
Su desprecio estaba dirigido contra quienes creían tener derecho a juzgarlas y contra el miedo que ese mismo juicio despertaba en ella.
Carlos no supo qué contestar. Si respondía que la opinión ajena no importaba, mentiría.
En la España de aquellos años, una madre soltera encontraba puertas cerradas, comentarios a sus espaldas y dificultades que a un hombre ni siquiera se le planteaban.
Pero tampoco estaba dispuesto a empujar a Luci hacia una decisión que podría atormentarla durante el resto de su vida.
—No será solo por lo que piensen los demás —dijo por fin—.
Tendrás que decidir qué vida quieres para ti y qué puedes ofrecerle al niño.
Si decides quedártelo, buscaremos la manera.
Y, si decides entregarlo, me ocuparé de que llegue a una familia que lo quiera y pueda cuidarlo.
Lo único que no voy a permitir es que tomes una decisión esta noche, asustada y con la cabeza destrozada.
Luci lo abrazó. Carlos la estrechó contra su pecho y apoyó la mejilla sobre su cabello. Los dos lloraron en silencio durante un largo rato.
La posibilidad de la adopción no les resultaba desconocida.
Las Misericordes de Jesús habían sido fundadas a comienzos del siglo XX para atender a mujeres desfavorecidas o desamparadas.
Con el paso de las décadas, la congregación se había extendido por España, América Latina y varios países africanos.
En Madrid poseía un convento en Hortaleza y acogía a muchachas embarazadas que carecían de familia, recursos o un lugar al que acudir.
Luci había tratado con muchas de ellas. Algunas llegaban expulsadas de sus casas; otras, ocultas por familias que preferían borrar durante unos meses la existencia de una hija antes que soportar la vergüenza de un embarazo.
Muchas decidían entregar al recién nacido nada más dar a luz.
Unas firmaban entre lágrimas. Otras aparentaban una indiferencia que a Luci siempre le había parecido una forma de protegerse del dolor.
Años atrás, la madre superiora de Madrid había alcanzado un acuerdo con el doctor De Palacios.
La religiosa buscaba un lugar seguro donde pudieran dar a luz sus niñas y el médico aceptó colaborar con la orden a cambio de disponer de no menos de diez hermanas trabajando de forma permanente como enfermeras o ATS en la policlínica.
De Palacios también se comprometió a encontrar familias de buena posición para los bebés cuyas madres renunciaran a ellos.
La madre superiora consideraba aquel pacto una obra de caridad.
El doctor asumía los partos, mantenía a las jóvenes alejadas de miradas indiscretas y garantizaba a los recién nacidos un hogar con recursos.
A cambio, la clínica contaba con personal formado, disciplinado y barato. Todos parecían ganar.
Luci era una de aquellas hermanas desde hacía tres años.
Conocía las habitaciones reservadas para las muchachas, los protocolos de discreción y el modo en que, tras la renuncia de sus madres, algunos bebés abandonaban la planta sin que ella llegara a conocer a las familias.
Nunca había formulado preguntas. Confiaba en la orden y también en De Palacios.
Por eso, cuando Carlos pensó en la adopción, la solución le pareció casi inmediata.
—¿Cómo podría hacerlo? —preguntó Luci después de separarse de él—. Quiero decir… si al final decido que es lo mejor.
—En tu caso será sencillo. Hablaré con De Palacios y él se ocupará de todo.
—No quiero que mis hermanas lo sepan.
—No tendrán por qué enterarse. El doctor conoce a mucha gente y sabe ser discreto.
Carlos confiaba en su jefe. Lo consideraba un hombre resolutivo, generoso con la orden y capaz de manejar las situaciones más delicadas sin causar un escándalo. La posibilidad de que utilizara aquel sistema con otros fines ni siquiera se le pasó por la cabeza.
—No sé si seré capaz cuando llegue el momento —dijo Luci.
—No tienes que saberlo esta noche.
—¿Y si después me arrepiento?
—Entonces tendremos que procurar que decidas con tiempo y estando completamente segura.
Esperaremos un par de días. Ahora estamos demasiado nerviosos los dos.
Dormirás, comerás algo y hablaremos con calma.
Si al final decides tenerlo contigo, te ayudaré.
Y, si decides entregarlo, yo mismo hablaré con el jefe.
Le pediré que lo organice sin que ninguna de las que hasta ahora han sido tus hermanas pueda atar cabos.
Luci asintió y volvió a cogerlo del brazo. Emprendieron el camino de regreso al coche sin hablar. Estaba agotada, pero ya no se sentía completamente sola.
Carlos, por su parte, creyó haber encontrado a la única persona capaz de proteger a su hermana y resolver el futuro del bebé sin destruir a la familia.
Acababa de decidir que, llegado el momento, confiarían en De Palacios.